sábado, 15 de mayo de 2021

15M, diez años de revolución

El 15M supuso un antes y un después en mi activismo político. Llevaba años en la brega y resultó que no estaba solo con la matraca: cientos de miles de españoles hartos de un sistema inoperante al que hicimos culpable de aquella crisis profunda. La revolución pacífica del 15M en contraposición a la “primavera árabe” contemporánea en aquel convulso 2011. Nuestros vecinos del norte de África luchaban por la libertad, la democracia y la igualdad de oportunidades, y nosotros por recuperar la eficacia social de esos mismos derechos. Una revolución sin líderes, sin estrategia concreta, sin reivindicaciones más allá de la regeneración de un sistema de partidos obsoleto, decimonónico, endogámico, más preocupados todos en tumbar al oponente que en tratar de mejorar la calidad de vida de las personas. ¿Seguimos igual?

Enorme confusión: –¿Qué quieren? –Que las cosas cambien. –Pero, ¿qué piden? –Pues solo eso, que las cosas cambien. –Pero, ¿quiénes son? –El pueblo, la gente. –Pero, ¿quién manda? –No manda nadie, no es un movimiento político, individuos que despertaron de su letargo. Y nadie aportó soluciones reales, no hubo consenso ni debate productivo ni un manifiesto con el todos pudiéramos haber estado de acuerdo. El estruendo fue una queja, una queja monumental de proyectos de vida truncados, desesperación y desesperanza. Participaron pero el germen del 15M no lo componían ni adolescentes manipulados ni agitadores políticos ni anarquistas con intención de demoler el sistema. Fueron –fuimos– los damnificados: la manifestación pública y generalizada del hartazgo.

Aquello fue un estrepitoso fracaso. No sirvió para nada. Ese mismo 2011 el gobierno socialista de Zapatero –chivo expiatorio/expurgatorio, injustamente vilipendiado hasta el infinito– convocó elecciones anticipadas y con ellas la mayoría absolutísima de M. Rajoy. La democracia funciona –ley del péndulo– tantas ganas de cambio que el votante de a pie votó a la derecha en masa para constatar el fin de una era, la ineptitud, la procrastinación infinita, el derrocamiento del bipartidismo, que tanto cuesta y que todavía tratamos de digerir. De ahí a 2015 con muchos nuevos actores, la moción de censura de 2018 (qué falta de respeto), la repetición electoral, los diecinueve (19) partidos en el Congreso –tela marinera– para llegar a un gobierno de coalición.

Después del 15M y durante aquella legislatura perdida del PP me radicalicé, lo confieso, ahí está la hemeroteca. Aquel pasotismo infernal en la política nacional, subyugada España a los bancos alemanes y aquel perpetuo clientelismo en la política local, con aquellas mañas de una CC que funcionaba como sociedad mercantil en beneficio de sus accionistas. Surgió Podemos con la voluntad de acaparar el espíritu de la Spanish Revolution hasta que afloró su naturaleza radical y se convirtió en casta. Ciudadanos conquistó España desde Cataluña con una propuesta socialdemócrata liberal y fue traicionado por su propio jefe de filas: habitaba un rancio conservador en él. Ganó Carmena. Implosionó en la prórroga el PSOE para reinventarse una vez más. Nació Vox para darle pábulo a los radicales que añoran algo y ahí sigue el PP, nada que contar del PP: Díaz Ayuso lo dice todo. Ah, y también sobreviven los nacionalistas, aunque mandan menos cuando las mayorías ejercen como tales.

Nos guste o no, la cosa ha cambiado. Parecía imposible derrocar al régimen polarizado y al chantaje nacionalista y estamos en ello. Aunque no nos hemos librado (todavía) de la oposición gritona y destructiva, ya no le hace gracia a nadie, más bien asusta, un Abascal dando voces en la tribuna. Los gobiernos de coalición, obligados a entenderse, a aportar para construir cada uno desde su espacio ideológico. Me equivoqué, el 15M no fracasó, le falta tiempo.

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