sábado, 20 de marzo de 2021

Trabajo en equipo

Minoría. La pandemia nos muestra la importancia relativa de unos pocos individuos que pasan de todo. Cómo la conducta irreverente de unos cuantos provoca enormes perjuicios al conjunto, incluido a ellos mismos. Mientras haya a quien echarle la culpa de los muertos, de las secuelas del jodido virus, del derrumbe de la actividad económica, de la ruina, del paro, de la desesperanza, de nuestro propio e insostenible estado de ánimo, permitimos, consentimos, sin escandalizarnos esos comportamientos. Qué importante no confundir el destinatario de nuestra repulsa porque a estas alturas de la película ya sabemos que ni el Gobierno ni la ministra Darias ni el doctor Simón son responsables de que todavía haya cientos de fallecidos y miles de contagiados diarios.

Súperpoderes. Se distiende las prohibiciones para tratar de hacer vida medio normal y unos cuantos descerebrados se saltan las tres reglas que hay que cumplir para evitar la transmisión. Basta un paseo por la ciudad, en cualquier terraza, para comprobar como siempre hay un grupito apelotonado de irreductibles bárbaros que está convencido de que los efluvios de la cerveza los protegen con más eficacia que una FFP2. Un grupito aquí y otro allá, entre una inmensa mayoría que solo intenta disfrutar del vermut, que acepta mantener la mascarilla y sentarse un poco más lejos de lo que la amistad requiere. Esos cabrones a los que envidiamos, que nos contagian entusiasmo, que abrazan sin pudor al amigote que se incorpora al aquelarre el cual, inmediatamente, prescinde de la mascarilla y apaga el cerebro cuando el camarero le sirve su primera garimba.

Despertar. A mí también me gustaría poder abrazar a mis amigos. Y a mi madre. A todos nos gustaría que acabe esta pesadilla. Pero no va a terminar hasta que esos cuatro majaderos dejen de tomarse este asunto al pitorreo.

Perseguir. Nada podemos hacer, pensarás, porque ni hay policía suficiente para multar a todos estos delincuentes ni parece que a nadie le importe mucho una sanción, ¿sacar al ejército a patrullar? Imagínate el panorama, las tanquetas por la calle, y después dirán indignados -esos cuatro mierdas- que el Estado nos oprime. Qué hacer, porque el hostelero ya tiene bastante con intentar colocar cuatro birras más con el año que lleva y no está para enfrentarse a sus propios clientes que no se sabe cómo reaccionarán ante un mínimo toque de atención. Y nosotros, al resto, ¿qué nos queda?, ¿quedarnos en casa a esperar por la vacuna?, pues vaya plan. También podríamos organizar patrullas vecinales, como en las películas americanas. Aunque esto no es América y ninguno tenemos el ánimo para meternos en semejante conflicto.

Insistir. Algo se podrá hacer. Porque bien pensado, situaciones de este tipo todos las hemos vivido, no tan dramáticas ni globales, pero todos tenemos alguna experiencia en algún grupo humano en el que una mayoría se implica y una minoría se aprovecha. En el mundo laboral es habitual que jefecillos sin escrúpulos implanten su ley, que favorezcan a sus amiguitos y que puteen y sobrecarguen de tareas al resto. ¿Cómo se corrige? Doctores tiene la Iglesia pero para estos casos hay pautas irrefutables: identificar el origen del problema (en la vía pública es más difícil), establecer protocolos de actuación (con la covid se ha hecho), definir y poner a disposición recursos necesarios y suficientes (que en las terrazas se reparta una mascarilla junto con el posavasos, podría ser), establecer unos mecanismos de control (una sirena que resuene con cada abrazo) e insistir, insistir, para que no quede otra que subirse al tren. También se puede patrocinar ir de cañas en Madrid, que allí no les importa.


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