domingo, 31 de enero de 2021

Voto infantil

No sé por qué los niños no votan. Porque no se enteran, me responderás sin pensarlo. Vale, puede ser, aunque en nuestro imperfecto sistema democrático “no enterarte” no es razón suficiente para limitar este derecho fundamental. Un asceta aislado en la montaña puede votar -si es español y mayor de edad- y abandona su vida contemplativa y se acerca a su colegio electoral. Si te olvidas de leer y escribir -o si nunca aprendiste- o no sabes qué es el PIB o no tienes ni idea de cómo se organiza la administración pública, puedes votar igualmente. Incluso si no recuerdas quién eres, también, basta enseñar el DNI al presidente de la mesa: nadie pide certificado de capacidad, nadie pregunta si sabes lo que haces y nadie verifica si aquello que eliges te conviene o te perjudica.


No sé por qué los niños no votan, no votan para elegir al legislativo o a las corporaciones locales, se entiende. Y no lo digo en broma. Un dilema propio del derecho natural que no domino. Para el consejo escolar del instituto un menor sí que vota y también puede ser elegido -esa experiencia sí que la tengo-, aunque no sirve para mucho, te permite participar, ayuda a inculcar el espíritu democrático y a reconocer esa extraña sensación de que alguien tiene la sartén por el mango. En definitiva, los niños no votan y el resto de la gente sí, y ya está. Que algún día lo pudieran hacer no está en la agenda y si lo estuviera sería imposible que tal iniciativa saliera adelante.

Si los niños votaran habría otras propuestas para las políticas fiscal y económica en los programas electorales y se pelearían por darle otro enfoque a la ley de la educación, estoy seguro, segurísimo. Si los niños votaran todos los partidos serían mucho más comedidos con los derechos adquiridos y las pensiones máximas a cargo de los impuestos. Una vida de trabajo y estrechez para el paraíso prometido de la jubilación que nos hemos podido permitir mientras la base de la pirámide era muy amplia. Si los niños votaran a esa temeridad macroeconómica ya le habrían puesto solución. Si los niños votaran -los niños de ahora- apostarían por vivir con más enfoque que nuestro terrible mantra del “cuando me jubile”, que mira que hemos sido pardillos, que “La fuga de Logan” ya sabemos cómo acaba.

Otro dilema, porque llega ese momento en que hay que elegir equipo: ¿cotizo y defiendo mi derecho o sigo erre que erre con la incitación al cambio? Me lo he currado -son muchos años cotizados- y ya veremos qué se les ocurre para sostener el circo aunque sea estadísticamente imposible. O luchar por otras opciones para dejar un mundo mejor para esos que no votan. No lo sé, porque esto último son palabras mayores, asunto de la alta política que es terriblemente compleja: toda esa inercia de millones de personas con sus derechos... y que votan. Estructura social que forma parte del legado de nuestra dictadura tecnócrata de cuarenta años a beneficio de inventario.

Cuando actúa la tecnocracia la cosa es (era) más fácil, como en una colonia de hormigas, que se discute menos y no vota nadie. En contraposición, la solidaridad es consustancial a la democracia, solidaridad que habrá que explicar porque sabemos cómo va pero no la practicamos: estamos entrenados en esa otra cultura. Luchar contra el viejo régimen, contra los gremios o contra la tutela del Estado al que se exige mantener el estatus, no solo garantizar lo básico. Un pequeño paso para el hombre (o la mujer), enorme para la sociedad.


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