sábado, 24 de abril de 2021

La política de los hechos

Elegir.
En el colegio elegíamos delegado de clase, un avance de aquella España de la libertad recién estrenada. Aprendíamos a designar a uno de nosotros como representante de todos. Como de pequeños somos muy prácticos y no había consecuencias, normalmente el más payasete acababa proclamado entre vítores. No sé si ahora ocurre lo mismo, a lo mejor la polarización trasciende a las aulas de primaria y la votación a delegado deriva en intensos debates sobre ideología propia o traída de casa. En cualquier caso, como dicen que la infancia determina nuestra vida adulta pues será por eso que nos gusta -o no nos molesta- determinado perfil de candidato que sabemos de antemano que no tiene nada que aportar. Es un hecho que nos enseñan a delegar desde muy pronto.

Acertar. Elegir para delegar, la esencia de la democracia. Elegimos representantes ante la imposibilidad técnica de alcanzar acuerdos colectivos respecto a cuestiones cotidianas que atañen a la sociedad. Delegamos en esos representantes la elaboración de las normas de convivencia y la toma de decisiones, grandes y pequeñas. Ser extrovertido o carismático dejan de ser características útiles cuando se trata de cosas serias con importantes repercusiones. Resulta habitual y frecuente arrepentirnos de nuestros políticos. La delegación ocurre en todos los niveles: en los diputados en Cortes delegamos el futuro de nuestras pensiones, en los parlamentarios autonómicos el funcionamiento de la sanidad, en los consejeros del cabildo cómo resolver los atascos en nuestras autopistas y en los concejales municipales la recogida de la basura.

Procrastinar. La inacción reiterada frente a cuestiones esenciales las transforma, evolucionan como los Pokemon, cambian de categoría: de asunto a resolver, a incómoda contrariedad hasta terminar como grave problema cuya resolución trasciende el plazo temporal de una legislatura. Nos ha parecido normal y aceptable, por ejemplo, que los coches invadan el espacio público en nuestros barrios y que las aceras tengan medio metro por las que resulta imposible pasear, un modelo que no es casual, decisiones de personas reales con nombre y apellido -en Santa Cruz alcaldes de una misma formación política durante décadas-. El resultado catastrófico demuestra ineptitud sobrevenida o la defensa de intereses inconfesables. Revertir la situación obliga a proyectar aparcamientos subterráneos, redefinir la movilidad, ampliar el espacio para el peatón, incorporar arbolado y mobiliario urbano, buscar el dinero y ejecutar las obras.

Supervisar. En el mundo de los negocios el empresario crece cuando delega. Las organizaciones funcionan cuando el proceso de delegación se realiza correctamente, no basta con nombrar a alguien para determinadas funciones, requiere de ese procedimiento, cuya eficacia distingue a unas entidades de otras. El trabajo en equipo ocurre cuando todos aceptan las reglas del juego, qué se delega, quién es el responsable, cómo ha de desarrollarse esa tarea, con qué medios, en qué plazos, como primera fase ineludible. Pero no es suficiente, también necesita que se fije un sistema de supervisión de las tareas encomendadas, una pauta y unos indicadores. Y el tercer paso, el más importante, es que esa supervisión se realice, que la persona en la que se delega perciba que aquello que hace es importante para el propósito de la organización, que interesa, que se quiere saber cómo va, que es trascendente.

Comunicar. Para aportar a la política hay que tener ideas respecto a cómo resolver problemas complejos, la simpatía puede que sume, en todo caso, a la habilidad para involucrar a los implicados en la solución: a los adversarios políticos para que no la saboteen, a los funcionarios para que la encajen en el procedimiento administrativo y a los ciudadanos para que entiendan el por qué y el cómo.


sábado, 20 de marzo de 2021

Trabajo en equipo

Minoría. La pandemia nos muestra la importancia relativa de unos pocos individuos que pasan de todo. Cómo la conducta irreverente de unos cuantos provoca enormes perjuicios al conjunto, incluido a ellos mismos. Mientras haya a quien echarle la culpa de los muertos, de las secuelas del jodido virus, del derrumbe de la actividad económica, de la ruina, del paro, de la desesperanza, de nuestro propio e insostenible estado de ánimo, permitimos, consentimos, sin escandalizarnos esos comportamientos. Qué importante no confundir el destinatario de nuestra repulsa porque a estas alturas de la película ya sabemos que ni el Gobierno ni la ministra Darias ni el doctor Simón son responsables de que todavía haya cientos de fallecidos y miles de contagiados diarios.

Súperpoderes. Se distiende las prohibiciones para tratar de hacer vida medio normal y unos cuantos descerebrados se saltan las tres reglas que hay que cumplir para evitar la transmisión. Basta un paseo por la ciudad, en cualquier terraza, para comprobar como siempre hay un grupito apelotonado de irreductibles bárbaros que está convencido de que los efluvios de la cerveza los protegen con más eficacia que una FFP2. Un grupito aquí y otro allá, entre una inmensa mayoría que solo intenta disfrutar del vermut, que acepta mantener la mascarilla y sentarse un poco más lejos de lo que la amistad requiere. Esos cabrones a los que envidiamos, que nos contagian entusiasmo, que abrazan sin pudor al amigote que se incorpora al aquelarre el cual, inmediatamente, prescinde de la mascarilla y apaga el cerebro cuando el camarero le sirve su primera garimba.

Despertar. A mí también me gustaría poder abrazar a mis amigos. Y a mi madre. A todos nos gustaría que acabe esta pesadilla. Pero no va a terminar hasta que esos cuatro majaderos dejen de tomarse este asunto al pitorreo.

Perseguir. Nada podemos hacer, pensarás, porque ni hay policía suficiente para multar a todos estos delincuentes ni parece que a nadie le importe mucho una sanción, ¿sacar al ejército a patrullar? Imagínate el panorama, las tanquetas por la calle, y después dirán indignados -esos cuatro mierdas- que el Estado nos oprime. Qué hacer, porque el hostelero ya tiene bastante con intentar colocar cuatro birras más con el año que lleva y no está para enfrentarse a sus propios clientes que no se sabe cómo reaccionarán ante un mínimo toque de atención. Y nosotros, al resto, ¿qué nos queda?, ¿quedarnos en casa a esperar por la vacuna?, pues vaya plan. También podríamos organizar patrullas vecinales, como en las películas americanas. Aunque esto no es América y ninguno tenemos el ánimo para meternos en semejante conflicto.

Insistir. Algo se podrá hacer. Porque bien pensado, situaciones de este tipo todos las hemos vivido, no tan dramáticas ni globales, pero todos tenemos alguna experiencia en algún grupo humano en el que una mayoría se implica y una minoría se aprovecha. En el mundo laboral es habitual que jefecillos sin escrúpulos implanten su ley, que favorezcan a sus amiguitos y que puteen y sobrecarguen de tareas al resto. ¿Cómo se corrige? Doctores tiene la Iglesia pero para estos casos hay pautas irrefutables: identificar el origen del problema (en la vía pública es más difícil), establecer protocolos de actuación (con la covid se ha hecho), definir y poner a disposición recursos necesarios y suficientes (que en las terrazas se reparta una mascarilla junto con el posavasos, podría ser), establecer unos mecanismos de control (una sirena que resuene con cada abrazo) e insistir, insistir, para que no quede otra que subirse al tren. También se puede patrocinar ir de cañas en Madrid, que allí no les importa.


sábado, 27 de febrero de 2021

Inversión pública para volar

Crítica.
Para una compañía aérea de vuelos chárter para traer turistas. Por qué no. Un negocio que se sabe cómo funciona y que produce enormes ingresos a empresas alemanas, británicas o irlandesas que acarrean los clientes a nuestros hoteles. No parece descabellado que empresarios turísticos tomen la iniciativa para ofertar un número de plazas acorde con la capacidad de su negocio. No parece un disparate que sean los propios hoteleros quienes inviertan en arrendar aviones, contratar tripulaciones y organizar rutas con los países emisores. Si hubiera empresas canarias que desarrollaran esa actividad, con esa sensibilidad, bastaría un buen acuerdo en vez de liarse la manta a la cabeza. Pero no es el caso. No hay que ser muy avispado para identificar en los grandes titulares de prensa de días atrás -con airados reproches a la colaboración propuesta por el Gobierno de Canarias- algo que no era información objetiva: alguien se ve amenazado y contraataca... ya sabemos la sensibilidad de la política frente a la crítica.

Empuje. Los emprendedores nos gustan. Son de esa raza que piensa fuera del tiesto, son quienes introducen innovación en la economía, quienes ofrecen nuevos servicios o nuevos productos. La sociedad admira, protege y ayuda a los emprendedores. La administración pública y la empresa privada, los grandes fondos de inversión y los padres que apoyan la inventiva de sus cachorros. Aunque no es lo mismo un chaval con una buena idea y mucho empuje, que un grupo de empresarios que plantea una nueva línea de negocio. Emprendedores ambos, eso sí, que canalizan inversión financiera a la economía real para crear empleo. El dinero entra en las empresas como fondos propios en su capital social, que se retribuye del éxito de la actividad, en su caso, o como préstamo, aunque esa fórmula exige garantías y tiene riesgo por partida doble. Un mundo de incertidumbre. 

Política. Habrá detractores a utilizar dinero público para los emprendedores, de hecho hay quienes porfían de la mera existencia de los impuestos porque piensan que la iniciativa privada sería capaz de resolver todas las cuestiones que permiten alcanzar/mantener el bienestar para el conjunto de la sociedad con mayor eficiencia. Es una cuestión política. Para emprender, con dinero público se invierte en formación y asesoramiento, en intereses de la financiación y se dan subvenciones de las que muchas acaban a fondo perdido en proyectos que fracasan. En otros ámbitos se invierte dinero público en la educación de toda la población, en dotarnos de un sistema sanitario de cobertura universal, en infraestructuras de transporte y de todo tipo, en el 75% del precio de los billetes para los residentes, en fin, más o menos tenemos claro que el modelo socialdemócrata funciona.

Compromiso. Una sociedad pública de participaciones industriales es siempre buena idea, no deja de ser una herramienta muy potente y muy directa de incentivar la actividad empresarial. En Canarias SODECAN es la empresa de la comunidad autónoma que tiene atribuidas tales funciones. Y puede suscribir parte del capital social para la financiación de una nueva actividad, lo que le permite formar parte de los órganos de gobierno de la mercantil en la que invierte. No es una subvención mucha-suerte-y-haga-usted-lo-que-pueda sino que obliga a la Administración a intervenir en la toma de decisiones. No hay mejor fórmula para defender el dinero público invertido.

Reinversión. No hay garantía de éxito, en efecto, se asume riesgo. Por tanto hay que conocer la solvencia de los promotores de la idea y estudiar la viabilidad teórica de la actividad propuesta. Si funciona y está pactada la compra de la participación pública, se recupera el dinero y vuelta a empezar.

domingo, 31 de enero de 2021

Voto infantil

No sé por qué los niños no votan. Porque no se enteran, me responderás sin pensarlo. Vale, puede ser, aunque en nuestro imperfecto sistema democrático “no enterarte” no es razón suficiente para limitar este derecho fundamental. Un asceta aislado en la montaña puede votar -si es español y mayor de edad- y abandona su vida contemplativa y se acerca a su colegio electoral. Si te olvidas de leer y escribir -o si nunca aprendiste- o no sabes qué es el PIB o no tienes ni idea de cómo se organiza la administración pública, puedes votar igualmente. Incluso si no recuerdas quién eres, también, basta enseñar el DNI al presidente de la mesa: nadie pide certificado de capacidad, nadie pregunta si sabes lo que haces y nadie verifica si aquello que eliges te conviene o te perjudica.


No sé por qué los niños no votan, no votan para elegir al legislativo o a las corporaciones locales, se entiende. Y no lo digo en broma. Un dilema propio del derecho natural que no domino. Para el consejo escolar del instituto un menor sí que vota y también puede ser elegido -esa experiencia sí que la tengo-, aunque no sirve para mucho, te permite participar, ayuda a inculcar el espíritu democrático y a reconocer esa extraña sensación de que alguien tiene la sartén por el mango. En definitiva, los niños no votan y el resto de la gente sí, y ya está. Que algún día lo pudieran hacer no está en la agenda y si lo estuviera sería imposible que tal iniciativa saliera adelante.

Si los niños votaran habría otras propuestas para las políticas fiscal y económica en los programas electorales y se pelearían por darle otro enfoque a la ley de la educación, estoy seguro, segurísimo. Si los niños votaran todos los partidos serían mucho más comedidos con los derechos adquiridos y las pensiones máximas a cargo de los impuestos. Una vida de trabajo y estrechez para el paraíso prometido de la jubilación que nos hemos podido permitir mientras la base de la pirámide era muy amplia. Si los niños votaran a esa temeridad macroeconómica ya le habrían puesto solución. Si los niños votaran -los niños de ahora- apostarían por vivir con más enfoque que nuestro terrible mantra del “cuando me jubile”, que mira que hemos sido pardillos, que “La fuga de Logan” ya sabemos cómo acaba.

Otro dilema, porque llega ese momento en que hay que elegir equipo: ¿cotizo y defiendo mi derecho o sigo erre que erre con la incitación al cambio? Me lo he currado -son muchos años cotizados- y ya veremos qué se les ocurre para sostener el circo aunque sea estadísticamente imposible. O luchar por otras opciones para dejar un mundo mejor para esos que no votan. No lo sé, porque esto último son palabras mayores, asunto de la alta política que es terriblemente compleja: toda esa inercia de millones de personas con sus derechos... y que votan. Estructura social que forma parte del legado de nuestra dictadura tecnócrata de cuarenta años a beneficio de inventario.

Cuando actúa la tecnocracia la cosa es (era) más fácil, como en una colonia de hormigas, que se discute menos y no vota nadie. En contraposición, la solidaridad es consustancial a la democracia, solidaridad que habrá que explicar porque sabemos cómo va pero no la practicamos: estamos entrenados en esa otra cultura. Luchar contra el viejo régimen, contra los gremios o contra la tutela del Estado al que se exige mantener el estatus, no solo garantizar lo básico. Un pequeño paso para el hombre (o la mujer), enorme para la sociedad.


domingo, 3 de enero de 2021

Siempre se ha hecho así

-Qué está usted haciendo -le pregunta.
-¿No lo ve? - responde con impaciencia-. Estoy cortando este árbol.
-¡Se le ve exhausto! ¿Cuánto tiempo hace que está en ello?
- Más de cinco horas y estoy molido. Esto no es sencillo.
-¿Por qué no hace una pausa durante unos minutos para afilar la sierra? -pregunta-. Estoy seguro de que cortaría mucho más rápido.
-No tengo tiempo para afilar la sierra -dice el hombre enfáticamente-. Estoy demasiado ocupado aserrando.

 Stephen R. Covey, 1989


Dimitir.
Hay cierta confusión entre gestión de lo público y acción política. Porque lo que ocurre en el ámbito de las administraciones no siempre atañe a los representantes electos. No vivimos en una democracia cualificada y cualquiera que sepa leer puede presentarse. Además, que haya trascendido, nadie comprueba si el candidato entiende lo que lee ni tampoco creo que alguien verifique si efectivamente maneja tal formación básica. La Administración Pública funciona porque hay funcionarios: primera perogrullada de 2021, permítame que lo recuerde dada nuestra avidez histórica por acabar con nuestras penurias pidiendo la dimisión de quien más asome la cabeza. Nos olvidamos de que los problemas se enfrentan de otra manera y de que aquí no dimite ni dios.

Evolucionar. Del presupuesto de ayuntamientos, cabildos y autonomías el noventa y largo por ciento está comprometido desde el ejercicio anterior. Pequeñísimo margen para dedicar dinero a cosas nuevas que -al mínimo despiste- se convierten en obligación para el año siguiente. Acometer mejoras en la gestión pública requiere reformular lo que ya existe y tal iniciativa es mucho más fácil de sugerir que de llevar a efecto. En el mundo de la empresa eso pasa constantemente, pensará usted, las empresas evolucionan, ofrecen nuevos productos y servicios: las que se adaptan se mantienen y las que se alejan de las necesidades de sus clientes desaparecen.

Comparar. Solo sirve para caer en la trampa porque las entidades públicas no cierran por muy ineficaces que sean. Ya lo intentó sin éxito el PP en 2013 con su aplastante mayoría absoluta mediante el fomento de la fusión de municipios que no sirvió para nada. Promulgar leyes sí que está reservado para la política, en este caso con efecto práctico igual a cero. ¿Se ha preguntado por qué? 

Motivar. Mordido el anzuelo, sigamos. Un empresario o un equipo directivo plantea innovación en su organización porque no le queda otra. Si no actúan malo, si fracasan malo también. Los trabajadores aceptarán las novedades con mayor o menor agrado, aunque imperará el espíritu de supervivencia. Para los palos en las ruedas -que siempre hay beligerantes- implicación en los procesos, más retribución o nuevas atribuciones de responsabilidades, y si no colabora se expide el pasaporte. Cuesta vencer la inercia de seguir con aquello que “siempre se ha hecho así”. Quién gobierna lo público puede decidir una reorganización por necesaria y derivar dinero a contratar expertos para redefinir procesos, eso sí, pero no dispone de esas u otras herramientas para la motivación del personal. 

Procrastinar. Tiene poco castigo. ¿Que se incrementa la carga de trabajo?, se busca recursos, ¿que se retrasa la resolución de algún trámite?, idéntica solución en el mejor de los casos. Hay cierta resignación respecto a la operativa pública española. Y es de entender porque meterse en harina implica mucho riesgo, siempre genera conflicto y el promotor de los cambios se expone a la crítica interna y externa, más intensa en fases iniciales, crítica a la que hay que estar dispuesto. En cualquier caso, la política precisa de la gestión del sistema público para mejorar la vida de las personas, cuando ese es su propósito. Procede asumir el riesgo.