domingo, 11 de octubre de 2020

Economía colaborativa



Propósito. Cuando nos libramos de la tara las cosas funcionan. Cuando hay confianza. Cuando un grupo humano establece un propósito elevado y cada individuo se enfoca. Prueba y error porque la globalización y la economía competitiva del crecimiento infinito están bien para algunas cosas pero no para todo. Porque la ambición no trae la felicidad. Porque la ambición sin límites deja gente en la cuneta.

Realidad. Y no me refiero a una entelequia utópica: el movimiento cooperativo 2.0 ya está aquí. En Gran Canaria. Y funciona. Una cooperativa agraria con más de doscientos socios, con un puesto en el Merca, claro, para comercializar papas, frutas y hortalizas, y con una mini estructura administrativa que funciona de paraguas para el desarrollo de microproyectos distribuidos, iniciativas de los propios socios para agregar valor y generar empleo. Porque el producto primario permite una pequeña industria artesanal: la cooperativa hace las mini inversiones, solicita los registros sanitarios, pone su marca e incorpora trabajadores para la elaboración y la venta. Trabajadores que se retribuyen con un fijo y un variable, y cuando el total mensual llega a un nivel digno -establecido para todo el personal-, se incorpora a otra persona para atender el crecimiento. Porque el objetivo no es ganar mucho sino servir a la sociedad, el objetivo es poder dar esa nueva oportunidad laboral. Es la economía social que ya está aquí.

Ejemplo. Una cooperativa que no necesita de unas grandes instalaciones centralizadas sino que funciona con multitud de pequeñas superficies que cada socio pone a disposición. Los yogures de leche de cabra se elaboran en siete metros cuadrados de alpende transformado en sala blanca con la bendición de la inspección de sanidad, la mermelada de naranjas de Telde en otro, allí cerquita del cultivo, y así. La cooperativa Cosecha Directa es un ejemplo. El ejemplo que refuta a tanto agorero que pregona nuestras desgracias futuras por culpa de los de siempre. Este es el futuro para una sociedad mejor, avanzadilla de la economía colaborativa: personas que cooperan no que compiten.

Cambio. Un modelo frágil que está sujeto a múltiples amenazas, un camino tortuoso que requiere firmeza y convicción. Porque choca frontalmente contra una forma de hacer negocios que no ha tenido en cuenta estos principios. Porque hay escepticismo, porque a nuestra sociedad le cuesta aceptar esta nueva realidad, porque parece mentira. Un verdadero cambio de paradigma porque de repente entendemos que el precio de los alimentos no se establece solo con dinero sino que incluye el conjunto de beneficios que aporta ese valor distribuido entre la comunidad de la que el propio consumidor forma parte. Porque en la producción de alimentos entran en juego elementos muy importantes, desde nuestro acerbo cultural hasta esos paisajes de los que nos gusta disfrutar.

Esperanza. No hay que ser adivino para anticipar la que nos viene. Descubrir cosas positivas es más complejo, requiere reflexión optimista para formular la profecía. Me atrevo. Porque detrás del comportamiento cotidiano de la gente podemos identificar su motivación y su motivación obedece -quiero creer- a una nueva escala de valores consecuencia de este improbable 2020 de las narices. Cuando escuchamos a tantas personas que afirman que “disfrutan del ERTE” con sus sueldos mermados y sin ocupación cotidiana, podríamos caer en la tentación de clasificarlos a todos de vagos redomados. O preguntarnos qué mierda de trabajos ofrecemos, en qué ambientes tóxicos y con qué expectativas para que esa gran mayoría prefiera gandulear en casa. Quiero creer que la salud y el añorado contacto personal han relegado la ambición por el dinero a un segundo plano. Ambiente propicio para esto que ya está aquí.




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