lunes, 7 de septiembre de 2020

Internet vence al sistema educativo


Reto. Cada cual emplea el tiempo de sus vacaciones a lo que le apetece dentro de sus posibilidades. Mi padre las dedicaba a la pesca de caña desde el muellito de La Ballena, en Ten-Bel, dos aficiones en una: método y paciencia para preparar el aparejo y la carnada, y después más paciencia para alimentar peces, uno a uno, con boya y sedal. A mí me gusta leer en vacaciones. Preferiría viajar pero el verano es mala época. Además de devorar las novedades aclamadas por la crítica -que generalmente aciertan- me impongo enfrentar un clásico: “El Quijote”, en La Gomera, hace tiempo ya, un verano para cada parte, Dostoievski, Joyce, Galdós, Dumas, Quevedo o “Las mil y una noches”, verdaderamente fascinante. Este año atípico no he tenido vacaciones y no he cumplido mi reto. Solo lectura frugal de fin de semana y más bien poca.

Consuelo. Un pésimo post este que no cumple con los cánones de internet que exige el tema principal en las primeras frases, palabras clave, reiteración. No ya para conseguir la atención del lector -un premio inalcanzable para la inmensa mayoría de los textos- sino para que sea indexado por los buscadores. Esa última afirmación no me la creo: te encuentran si pagas, un modelo de negocio que está bien claro. Con mucha suerte, a unas decenas de internautas les llegará el enlace y alguno curioseará antes de seguir navegando en el océano de estímulos que inunda su dispositivo a la velocidad de la luz. “Pablo con perogrulladas sobre las vacaciones...” pensará quien me conozca si conseguí acertar con un título provocador, interés efímero por sobreexposición que tampoco consuela. La prensa muere por empacho de su consumidor objetivo y falta de rigor, sostengo, enfermedad causada por déficit de ingresos y exceso de oferta, aunque ese es otro tema.

Inversión. Explicaba que dedico las vacaciones a leer. Un proceso complejo que requiere que alguien tenga algo que contar y que lo escriba de manera ordenada, otro que detecte que esa historia vale la pena, que certifique que está bien escrita y que la publique, en su caso, y un tercero que invierta parte de su cruel existencia a leerlo, acción que implica cierta dedicación exclusiva. Entendemos muy pronto -gracias a nuestro eficaz sistema educativo- que leer nunca es pérdida de tiempo, que ordena el pensamiento y que ayuda a adquirir una idea distinta del mundo y de las personas, realidad o ficción, vistas y explicadas desde diferentes ángulos. Vale, no es cierto, tal importancia no es de dominio público. Otro gallo cantaría si la gente dedicara a leer novelas la mitad del tiempo que malgastamos en mirar bobadas en internet. Y me incluyo.

Confianza. Quien escribe aspira a tener lectores. Yo también y hago mal, porque ser leído es consecuencia de escribir bien algo interesante o que toque fibra. El propósito en su sitio, nunca en terreno propio. Y como hay tantísimo nos dejamos recomendar por un prescriptor que comparte, comparte como examen de confianza. El editor de un medio elige quién publica y qué publica, y con esa decisión fija la línea editorial que pretende vender a sus potenciales clientes.

Justicia. Democracia imperfecta internet que prescinde del editor y presenta al debate la pluma frente a la mandarria, reflexiones entulladas bajo toneladas de exabruptos, expuestas y comparadas como si una orquesta sinfónica fuera equiparable a un pito de murga. En Canarias reivindicamos a grandes periodistas de antes como García Ramos pero permitimos el ataque furibundo a Santiago Gil y tantos otros escritores vilipendiados por quienes no se detienen siquiera a leer cualquiera de sus escritos. Imperdonable.


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