domingo, 20 de septiembre de 2020

Turismo y nueva normalidad

Tres normas. No era cómo imaginamos. Se trataba de hacer vida más o menos normal sujeta a ciertas restricciones para impedir la dispersión masiva del jodido virus. No nos enteramos. Afirmar que los españoles somos poco disciplinados no es del todo cierto: el confinamiento se aplicó con extraordinario compromiso. Pero quizás el entusiasmo y las ganas de verano impidieron estar atentos a las explicaciones de los expertos que hablaron de “nueva normalidad” pudiendo haber dicho “vuelta a la normalidad”. Bien sencillo cumplir tres normas de convivencia social: mascarilla, distancia y limpieza. Ni siquiera se propuso impedir el contagio a toda costa -que parece algo inevitable- sino proteger a las personas de riesgo y que la infección se produzca de forma escalonada para no colapsar los hospitales de nuevo.

Resignación. Y aquí estamos. Con el turismo a cero y todo lo que ello significa. En Canarias vamos derechitos a un colapso económico sin precedentes, a una catástrofe social de cientos de miles aferrados a un magro subsidio mientras la Unión Europea no nos deje tirados, que no lo hará, pero ¡vaya futuro!

Enfoque. Traer turistas claro. Aunque trabajar en la “seguridad sanitaria” del destino como reclamo presenta múltiples debilidades. Necesitamos indicadores que permitan objetivar cuan segura es Canarias, ratios respecto al número de contagios, de hospitalizados o de fallecidos que oscilan de un día para otro y que no reflejan la situación en los hoteles ni en las zonas turísticas sino en nuestras aglomeraciones urbanas que nada tienen que ver con la actividad que se pretende proteger. La apuesta por la seguridad y los PCR abre un frente diplomático necesario pero de final impredecible como se constata. Y además, sin tener en cuenta su fiabilidad -un problema conocido que subyace-, ¿cuál sería la finalidad de los PCR masivos?, ¿una cuarentena?

Control. Aceptar la nueva normalidad exige admitir también que no hay forma humana de escapar de la pandemia. Dejar de insistir en “seguridad sanitaria” -una entelequia imposible de demostrar- y apostar por “medidas de control” tan estrictas que permiten disfrutar de unas vacaciones en Canarias con mayor garantía que en casa en cualquiera de los países de origen. El esfuerzo en promoción sería mucho más eficaz si centráramos el mensaje en la altísima capacidad que tiene el sector turístico en Canarias para aplicar las medidas de control de la enfermedad. Y hacerlo, claro, que no depende de terceros sino de la voluntad propia. Imágenes de habitaciones que son desinfectadas a diario, distancia de seguridad entre las hamacas en los jardines para disfrutar del sol, entrada a la piscina por turnos (el cloro es un potente desinfectante universal), parcelas en las playas, separación de mesas en restaurantes y terrazas para pasar unos días inolvidables, sin ocio nocturno pero con actividad al aire libre, y todo el mundo con su mascarilla.

Respuesta. Y por supuesto que Canarias garantiza solucionar cualquier incidencia, por supuesto, igual que a los residentes y, si se quiere, con más mimo: ¿que a usted amado turista le dan unas décimas de fiebre?, pues se activa el protocolo, llamada a los servicios médicos, PCR, confinamiento preventivo y cuarentena si fuera necesaria, que para eso están los seguros que la propia Consejería de Turismo contrató con muy atinado criterio. Una cuarentena de las mil y una noches, mucho mejor que en su oscuro y húmedo apartamento de Londres. Y un tratamiento hospitalario de primer orden si se da el caso que los síntomas se agravan. Medidas de control, hacer la vida confortable y actuar con diligencia en caso de necesidad, cuestiones que no están sujetas a la irresponsabilidad de cuatro descerebrados.


(Maquinita para desinfectar, por si alguien tiene dudas)





lunes, 7 de septiembre de 2020

Internet vence al sistema educativo


Reto. Cada cual emplea el tiempo de sus vacaciones a lo que le apetece dentro de sus posibilidades. Mi padre las dedicaba a la pesca de caña desde el muellito de La Ballena, en Ten-Bel, dos aficiones en una: método y paciencia para preparar el aparejo y la carnada, y después más paciencia para alimentar peces, uno a uno, con boya y sedal. A mí me gusta leer en vacaciones. Preferiría viajar pero el verano es mala época. Además de devorar las novedades aclamadas por la crítica -que generalmente aciertan- me impongo enfrentar un clásico: “El Quijote”, en La Gomera, hace tiempo ya, un verano para cada parte, Dostoievski, Joyce, Galdós, Dumas, Quevedo o “Las mil y una noches”, verdaderamente fascinante. Este año atípico no he tenido vacaciones y no he cumplido mi reto. Solo lectura frugal de fin de semana y más bien poca.

Consuelo. Un pésimo post este que no cumple con los cánones de internet que exige el tema principal en las primeras frases, palabras clave, reiteración. No ya para conseguir la atención del lector -un premio inalcanzable para la inmensa mayoría de los textos- sino para que sea indexado por los buscadores. Esa última afirmación no me la creo: te encuentran si pagas, un modelo de negocio que está bien claro. Con mucha suerte, a unas decenas de internautas les llegará el enlace y alguno curioseará antes de seguir navegando en el océano de estímulos que inunda su dispositivo a la velocidad de la luz. “Pablo con perogrulladas sobre las vacaciones...” pensará quien me conozca si conseguí acertar con un título provocador, interés efímero por sobreexposición que tampoco consuela. La prensa muere por empacho de su consumidor objetivo y falta de rigor, sostengo, enfermedad causada por déficit de ingresos y exceso de oferta, aunque ese es otro tema.

Inversión. Explicaba que dedico las vacaciones a leer. Un proceso complejo que requiere que alguien tenga algo que contar y que lo escriba de manera ordenada, otro que detecte que esa historia vale la pena, que certifique que está bien escrita y que la publique, en su caso, y un tercero que invierta parte de su cruel existencia a leerlo, acción que implica cierta dedicación exclusiva. Entendemos muy pronto -gracias a nuestro eficaz sistema educativo- que leer nunca es pérdida de tiempo, que ordena el pensamiento y que ayuda a adquirir una idea distinta del mundo y de las personas, realidad o ficción, vistas y explicadas desde diferentes ángulos. Vale, no es cierto, tal importancia no es de dominio público. Otro gallo cantaría si la gente dedicara a leer novelas la mitad del tiempo que malgastamos en mirar bobadas en internet. Y me incluyo.

Confianza. Quien escribe aspira a tener lectores. Yo también y hago mal, porque ser leído es consecuencia de escribir bien algo interesante o que toque fibra. El propósito en su sitio, nunca en terreno propio. Y como hay tantísimo nos dejamos recomendar por un prescriptor que comparte, comparte como examen de confianza. El editor de un medio elige quién publica y qué publica, y con esa decisión fija la línea editorial que pretende vender a sus potenciales clientes.

Justicia. Democracia imperfecta internet que prescinde del editor y presenta al debate la pluma frente a la mandarria, reflexiones entulladas bajo toneladas de exabruptos, expuestas y comparadas como si una orquesta sinfónica fuera equiparable a un pito de murga. En Canarias reivindicamos a grandes periodistas de antes como García Ramos pero permitimos el ataque furibundo a Santiago Gil y tantos otros escritores vilipendiados por quienes no se detienen siquiera a leer cualquiera de sus escritos. Imperdonable.