sábado, 22 de agosto de 2020

Todas las mentiras aspiran a ser verdades


Reputación. Con los últimos artículos de mi padre me pasa igual que con el Ulises de Joyce. Me entenderá quien se haya enfrentado a la archiconocida e inexpugnable obra del escritor irlandés. No por su estilo sino porque el autor no se preocupa por describir o contextualizar los lugares o los personajes del Dublín de la época, como si la hubiera escrito para sí mismo. Mi padre, de memoria prodigiosa y observador de su tiempo, no fue muy prolífico en el ensayo aunque practicó con generosidad el género epistolar con una prosa elaborada, meticulosa e inteligente. Citaba con devoción a Torrente Ballester cuando sentenció aquello de que la reputación de la verdad es tan pura que todas las mentiras aspiran a ser verdades.

Remordimiento. Me decía Julio, estimado amigo, desde la perspectiva de haber vivido algunos años más que yo, que el gran problema de las mentiras no es que se descubran sino que uno sea capaz de llevar esa carga consigo mismo. Una enseñanza que mantengo presente, mentir no es uno de mis múltiples defectos. Pasado el tiempo constato, sin embargo, que esa máxima le importa bien poco a determinadas personas con las que te tropiezas en este mundo cruel, que mienten y no sufren. Remordimiento cero, encuentran justificación de todos los colores y se manejan estupendamente en un ecosistema de mentiras y medias verdades, expertos en usarlas en beneficio propio.

Consecuencias. Mentiras que atacan a la reputación ajena sin pudor, que enturbian las relaciones sociales y que retrasan la resolución de los problemas. Mentiras a partir de las cuales otras personas condicionan su conducta y toman decisiones, mentiras que abusan de la buena fe, que persiguen un fin -no siempre evidente- sin importar el campo que arrasan a su paso. Y también las mentiras de dominio público que nadie se atreve a refutar por miedo a las mentiras, precisamente, porque se aprende rápido que mentir es un no parar y el miedo a más mentiras, bien fundado, nos condiciona a ser prudentes para evitar que nos salpiquen o nos empapen, esas u otras mentiras.

Lírica. La discusión esta semana versó sobre cómo debíamos calificar determinados hechos, si se trata de mentiras intolerables y éticamente reprochables que habría que destapar con valentía o si nos encontramos ante medias verdades cuya existencia resulta admisible, incluso deseable, por el bien que reportan, real o presuntamente. El análisis de los grises siempre deriva en un dilema irresoluble porque cada individuo transita por este planeta con su propia escala de valores. Podemos estar de acuerdo en que las ‘mentirijillas piadosas’ ayudan en la convivencia y están socialmente aceptadas, y la mayoría coincidiremos en evitar las ‘verdades gratuitas’ frente a un comedido silencio por idéntico razonamiento. ¿Se puede estar un poco muerto? Desde un enfoque poético, sí, claro, “vivo sin vivir en mí...”, respecto al estado fisiológico hay mayor consenso. ¿La verdad admite interpretación? Y tanto, c’est la vie.

Hermenéutica. Tan arraigado está mentir que hasta las injurias y las calumnias leves -atentar contra el prestigio personal o atribuir hechos falsos- están despenalizadas de facto en la aplicación del código penal. Tan habitual que hemos desarrollado inmunidad social, tan presente que toda verdad goza de presunción de falsedad. En la política con promesas irrealizables y por miedo a asumir las consecuencias impredecibles de destapar determinadas verdades incómodas que se descubren en el ejercicio del gobierno. En el mundo laboral por miedo al despido, a que te endosen la responsabilidad o a perder tu status quo. Conclusiones confieso que me resultan molestas. Y entiendo suicida esa cruzada. Sin embargo, sí que sería un propósito válido tratar mitigar sus implicaciones.


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