domingo, 2 de agosto de 2020

Quién habla de fin del modelo

Desengaño. El desarrollo del turismo en Canarias no obedece a la implantación de un modelo. Nadie elaboró un plan en 1960 que expusiera las razones que justificaran la urbanización de millones de metros cuadrados de costa ni la construcción de cientos de hoteles ni de miles de apartamentos. Y si alguien lo hubiera hecho nadie le habría hecho caso. No, no hay modelo. Hay una actividad económica que ha salido razonablemente bien. Y toda actividad económica, su esencia, se sustenta en una idea competitiva y en una inversión de capital, no hay más. Si se gana dinero, es decir, si esa inversión es retribuida con generosidad, como es el caso, habrá más inversión y más actividad, mecanismo que funciona por sí solo hasta el infinito, hasta que colapsa, que así de estúpida es la ambición humana. Por eso conviene regular los sectores muy boyantes, para paliar ese fenómeno autodestructivo, proteger a los jugadores que apostaron primero y no agotar los recursos.

Interconexión. El turismo triunfa en Canarias porque en Europa llueve y hace frío. Y por otro montón de cosas, claro. La propia dinámica innovación/competencia/inversión hace sostenible esta fuente de riqueza. Una potente maquinaria que no solo nos atañe como destino sino que también involucra a nuestros visitantes -para quienes unas vacaciones son algo muy importante- y a las aerolíneas y a los fabricantes de aviones, y a los restaurantes, a los pescadores y los viticultores, y así, un suma y sigue de elementos interconectados.

Seguir vivos. No es frecuente que un sector económico pare en seco. Ocurre en una guerra, aunque en tal caso toda la economía se ve comprometida o como consecuencia de una impredecible desgracia natural, un terremoto, un huracán o una erupción volcánica, con similares consecuencias. La posibilidad de una guerra nos queda lejos, en eso hemos avanzado. A los fenómenos extremos siempre estaremos expuestos que tocarán cuando toquen. Pero tenemos una pandemia. Y el sector turístico se detiene por lógica aristotélica, por no ayudar a propagar aquello que estamos obligados a erradicar. Porque hay muertos, muchos, una desgracia, un horror. Nos enfrentamos a una situación complicada, muy complicada, pero solo quienes seguimos vivos.

Oportunidad. Sigo optimista, sostengo lo que escribí en mayo: y si nuestra condición de islas ofrece una ventaja relevante para gestionar situaciones de pandemia... Ese debe ser nuestro empeño, ser estrictos para contener la transmisión y disponer de los recursos en caso de. Con un fin: para que vuelvan los turistas. Sí claro, cuanto antes, y que vengan muchos, cuantos más mejor, y es que la inversión está hecha, los hoteles están preparados y las playas limpias. Y detrás esos cientos de miles de trabajadores pendientes de su porvenir, sustentados por los ERTEs -¿hasta cuándo?- y temblando con las noticias del próximo telediario. Su futuro y el nuestro depende de lo que hagamos, de nuestra propia conducta responsable aquí y de lo que hagan esas personas prototuristas en sus propios países. Porque desesperados estamos todos.

Reinventarme. En las distopías apocalípticas de las series de Netflix ocurren estás cosas. Y quién dice que no podría pasar que el turismo llegue a su fin por sanitariamente inseguro o por la quiebra masiva de los operadores... Los grandes cruceros convertidos en bloques de apartamentos flotantes para cubrir la demanda de vivienda de los miles de trabajadores desplazados por los despidos, hoteles reconvertidos en residencias para mayores y las gallinas que ponían los huevos del bufet libre que sirven de alimento a los cocodrilos del zoológico que ya nadie visita. Cuando abandone este género me atreveré con un guion, una mejor manera de ganarme la vida.

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