domingo, 31 de mayo de 2020

Canarias


Libre. Comparto provocador cada 30 mayo el mismo articulín publicado hace diez años con el título “Viva Canarias libre” para conmemorar el día de nuestra autonomía. No falla, “no te veía yo a ti independentista”, me respondió ayer un buen amigo. Y es que tiene truco. Mi reflexión versa sobre un anhelo de libertad que poco tiene que ver con la soberanía. Incito a la lucha, sí, claro, esa es la idea, una revolución, coger la azada para romper la jaula, pero que requiere identificar primero el yugo que nos oprime. Y añado folclore: una Canarias libre de inmovilismo y desconfianza mutua, libre de golfos que aprovechan la política para subterfugios y contubernios, libre de quienes practican la economía sumergida y lo cuentan, de quienes cobran el paro y trabajan, de funcionarios sin espíritu de servicio público. Abogo por una Canarias que afronte el futuro de diferente manera.

Dependiente. Otro amigo conocedor de la historia de España -peninsular de la Meseta por identificar el sesgo- me decía que nunca entendió por qué Canarias no tomó la senda de la independencia a finales del XIX como territorio de ultramar, igual que Cuba y Puerto Rico, y que esa posibilidad sería en la actualidad mucho mejor aceptada por el resto de españoles que el ansiado proceso catalán. No sé yo. Quizás faltó un barco hundido y unos yanquis, o puede que en Canarias en aquella época estuvieran entretenidos en pelearse por cuál de las islas debería recibir los favores de la madre patria. Un “proyecto país” -término muy preciso acuñado por Rafael Mesa-, ese plan colectivo, en mi opinión, requiere encauzar muchas de las cuestiones que enumero en el párrafo anterior. Ese otro debate, el de decidir nuestro propio futuro, permanecerá en segundo plano mientras no colapse la UE o caiga un meteorito.

Constructo. La cohesión entre islas es una realidad. No por casualidad, por empeño. Al presidente Martín no lo entendían bien cuando apostaba por reforzar la movilidad interinsular, esas líneas de interés autonómico por tierra, mar y aire, desde la Punta de la Orchilla a Caleta de Sebo. Una verdadera autopista para ser “una tierra única”, como insistían con aquel eslogan apropiado por el nacionalismo. La isla como accidente geográfico es un constructo político contra el que debemos luchar. Era imprescindible conectarlas físicamente y eso ya casi está (a falta de Fonsalía y unos tramos del anillo insular). Más complejo será encajar el trasfondo emocional.

Tara. La política en Canarias está condicionada por el pecado original del pleito insular. El único acuerdo posible, la triple paridad, nos distanció años luz del principio democrático “una persona, un voto” y que la última reforma -triple paridad suavizada- solo matiza pero no corrige y mantiene, además, como árbitros a los vecinos de las islas no capitalinas: tremenda carga que exige muchísima responsabilidad. Como si un territorio (una isla) tuviese voluntad propia. Y constatado el irreconciliable resquemor ancestral que impide, según parece, a los empadronados en Tenerife proponer algo beneficioso o necesario para los residentes en Gran Canaria o viceversa. Una forma de pensar fruto del adoctrinamiento, por interés o estulticia, una tara colectiva, en cualquier caso, contra la que estamos obligados a luchar.

Hay esperanza. Sostuve durante años animadversión no disimulada que me llevó a preferir que la UD Las Palmas perdiera a que el CD Tenerife ganara, desde que mi equipo jugó como local en el Insular uno de sus partidos de Primera y fue abucheado por la afición amarilla. Me entero por un amigo que estuvo allí: en contra chillaban cuatro, la grada apoyó al equipo canario sin fisuras. Vivía engañado.


domingo, 24 de mayo de 2020

La mano que mece la cuna


Protestar. No entiendo bien la manifestación de ayer con pitas y banderas en plan celebración de un campeonato de fútbol del que La Roja hubiera salido victoriosa. Una protesta en coche, de acuerdo, tabarra de primer orden, muy lucida y persistente -dieron varias vueltas al mismo circuito urbano-, organizada así por no desatender las obligaciones de distanciamiento social, digo yo, no pienses mal. En cualquier caso, un grupo de ciudadanos que ejerce el derecho constitucional al pataleo, perfecto. Como resido en el centro de la ciudad, nada que objetar distinto a mi opinión habitual respecto a cualquier otra expresión del desencanto popular: a ver si un día se llevan la protesta a la Avenida de los Príncipes, en la que seguro que vive mucha más gente a la que fastidiarle el día, y vamos alternando.

Dudas. De toda esta movida de himnos y banderas no sé qué me preocupa más, el hecho de que se apropien de los símbolos de la selección española para sus soflamas, las soflamas incendiarias en sí mismas o los vilipendios de sus detractores, insultos incluidos, nada coherentes con el respeto a las reglas del juego que intentan defender.

Cautela. Ya puestos a aguantar el peñazo un par de horas de un apacible sábado por la mañana, es una pena que los organizadores no hubieran puesto algo más de empeño en explicar exactamente qué es lo que reclaman. ¿Que el presidente Sánchez dimita cual chivo expiatorio? Un clásico, pero todavía no toca, restan aun varios años de legislatura. ¿Que se acabe ya el estado de alarma? Pues sí, a ver si termina de una pajolera vez, a ver si despertamos de esta pesadilla. A esa manifa me hubiera apuntado yo de buen grado, no con la bandera de España, que no sé dónde la metí después de la última Eurocopa, sino con la del CD Tenerife, que la tengo a mano. Aunque claro, ese despertar dependerá de cómo vaya la cosa porque ayer fallecieron 48 personas, que nos parecen pocas, pero sigue siendo una barbaridad. La amenaza del contagio se mantiene presente. De la misma manera que ahora denuncian que el confinamiento llegó tarde, que había que haberse puesto a fabricar mascarillas mucho antes y que ya está bien de estar metidos en casa, igualito, porfiarán después que el Gobierno fue un irresponsable si surgiera un repunte en estos próximos días, repunte además del que no estamos exentos.

Las reglas. Cuanto más jaleo, menos atención. Confieso que no veo tanto problema en que un grupo de ciudadanos chille lo que quiera. No estamos en la Alemania de los años 30 ni esa gente persigue instaurar en España un régimen represivo ni asesino. Muchas de sus ideas tienen un fondo retrógrado de autoritarismo que ni comparto ni me gusta pero, en cualquier caso, acepto el funcionamiento del sistema democrático. Aplicar la dictadura de la mayoría sería igual de malo que caer en brazos de la dictadura de la minoría. Atentos debemos estar todos -ellos también- porque ninguno sabemos qué mano mece la cuna ni de dónde viene la pasta ni qué fines persigue a largo plazo.

Prescripción. En las cuestiones mundanas los hilos de la marioneta se dejan entrever según y cómo les dé la luz. Ese plan general que satisface los intereses de determinado propietario y fastidia las pretendidas esperanzas de otro que se negó a vender antes de la exposición pública, ese sistema de gestión de residuos que no termina de autorizarse porque alguien ve peligrar su propia actividad o una ley que se propone modificar para permitir hacer negocios a determinado simpatizante. Para todo: transparencia.

domingo, 17 de mayo de 2020

Y si...

Y si estuviéramos en un escenario distinto al de la crisis que nos anuncian.

Y si la condición de islas se evidencia como una ventaja relevante para gestionar situaciones de pandemia.

Y si la coyuntura internacional post covid-19 situara a Canarias en una posición privilegiada por la posibilidad cierta de controlar la entrada de personas.

Y si la existencia de un potente sistema sanitario y la ausencia de vectores de contagio nos define como destino turístico único en nuestro entorno europeo.

Y si la posibilidad de hacer test rápidos a la salida de los vuelos en los aeropuertos de origen permite discriminar los turistas no contagiados de manera fiable.

Y si esos 15 millones de turistas no contagiados que nos hace falta para mantener la maquinaria a pleno rendimiento -equivalentes al 3,3% de la población de la UE- pudieran viajar a un destino seguro como Canarias.

Y si la cronificación de la epidemia del covid-19 o de alguna de sus mutaciones sigue afectando especialmente a las personas mayores.

Y si los cientos de miles de mayores que en Europa gozan de un alto poder adquisitivo eligieran Canarias para huir de la amenaza cierta de la pandemia.

Y si debido a la falta de competidores con similares condiciones de seguridad sanitaria los operadores turísticos en Canarias pudieran incrementar significativamente los precios de los servicios que prestan.

Y si el nuevo flujo de turistas y a la mayor disponibilidad económica permitiera a los trabajadores del sector turístico recuperar sus empleos y mejorar sus condiciones laborales.

Y si el repunte de la actividad turística atrae capital de otras partes del mundo para invertir en Canarias en la mejora y renovación de la planta hotelera, en construir nuevas residencias para personas mayores, en proyectos de ocio, en incrementar la capacidad asistencial, en atender un mercado interno con trabajadores con una mayor capacidad de consumo.

Y si el incremento de la actividad y la materialización de las inversiones permitiera disponer de más recursos públicos para terminar infraestructuras, reforzar el sistema sanitario y modernizar la educación.

Y si los operadores turísticos canarios en ese nuevo escenario no restrictivo se comprometieran con el sector primario local para el suministro de los alimentos y los vinos que ofrecen a sus clientes.

Y si la gastronomía en las Islas se convirtiera en el atractivo que debería ser con idéntico compromiso con el sector primario del que forma parte.

Y si los trabajadores del turismo que disfrutaran de esas nuevas condiciones laborales se implicaran también con el sector primario local para llenar su cesta la compra.

Y si el pago de un precio acorde a los costes de producción a los agricultores, ganaderos y pescadores y a la industria transformadora permitiera el desarrollo de un sector primario sólido, moderno, con mejores condiciones laborales, respetuoso con el medio ambiente y enfocado a la más alta calidad.

Y si esta rueda que empieza a girar -control de la epidemia, ventaja competitiva en el turismo, mejores precios, más infraestructuras, mejores servicios públicos y más consumo de producto local- terminara definitivamente con el paro.

Y si esta secuencia de efectos positivos -cero afectados por la pandemia, cero paro, mejores condiciones laborales, mejor asistencia sanitaria, mejor educación, alimentos de mayor calidad, más respeto por el medio ambiente- no fuera una entelequia sino la descripción de una realidad posible que mejorara sustancialmente el bienestar de las personas que vivimos en Canarias.

Y si nos ponemos serios, entendemos la importancia y cumplimos estrictamente con las medidas de cautela para salir del confinamiento.

El futuro no es esperar a ver qué pasa, el futuro es aquello que hagamos.

domingo, 10 de mayo de 2020

A todos se nos llena la boca de papas con mojo


Crecimiento infinito. La economía útil para las personas no va de dinero sino de que ese dinero se mueva, cambie de manos y genere riqueza. Si tus vecinos no tienen no podrán comprar aquello que vendas o aquellos servicios que prestes y, por tanto, sin ingresos, tú tampoco podrás hacer lo propio, pierden todos. Ese efecto no es tan directo -pensarás- vivimos en un mundo globalizado con sistemas de ajuste. Puede ser. En una sociedad de la escasez en perpetuo crecimiento tenía sentido. Hasta hace nada esos intercambios de eficiencia -yo soy mejor en la fabricación de ropa y tú eres mejor en el desarrollo de medicamentos- permitían el equilibrio exportación/importación alentado por la búsqueda de productividad, muy asimétrica, por cierto, en unas culturas mediante I+D y en otras con trabajadores explotados en condiciones de vergüenza. Ahora vivimos una realidad distinta, toca gestionar la abundancia, los excedentes, las altísimas capacidades de producir cualquier cosa. Pero la población no crecerá hasta el infinito, ¿una última generación en los países emergentes? Quizás, pero no creo que lleguemos a los 10.000 millones que auguraba apocalíptico el científico británico Stephen Emmott.

Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.

Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.

Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de quilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige un agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.

Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.

domingo, 3 de mayo de 2020

El precio de la cesta de la compra

Tractores a la calle. Nos queda lejísimos la convocatoria de aquellas manifestaciones de agricultores y ganaderos enfadados por la imposibilidad de vender sus productos a precios razonables. El miedo a la muerte lo eclipsa todo, por supuesto, y esta discusión quedó pendiente. El problema sigue ahí, ahora con agravantes. Aunque no a cero, las ventas de productos agrícolas han caído por el cierre de bares y restaurantes, el suspenso de la actividad turística y la contracción de la demanda por lógica prudencia del consumidor. El sector que antes se rebelaba y protestaba airadamente, ahora se muerde la lengua. La constante pérdida de renta agraria: reivindicación comprendida y compartida. Si hiciéramos una consulta popular gozaría del apoyo ciudadano por simpatía. Porque lo rural forma parte de nuestro acervo, nos es amable por su propia naturaleza, disfrutamos del paisaje cultivado, sinónimo de orden y riqueza ancestrales.

Renta. La mejora de la renta agraria no es asunto exclusivo de leyes. No hay legislación que pretenda intervenir en el mercado que no arme cierto estropicio aunque se promulgue cargada de buenas intenciones. El legislador se arriesga con la regulación de la cadena alimentaria que pretende que el contrato exista y que refleje los costes reales de producción -cuya concreción en la práctica presenta enormes dificultades técnicas- para que sirvan de base en la conformación del precio final al público. También prohíbe la “venta a pérdidas” y limita la utilización de promociones comerciales con productos frescos.

Condicionantes éticos. Sin tenerlos en cuenta los buenos propósitos no servirán de nada: imprescindible apelar al comportamiento responsable. Los productores que ofrezcan la máxima calidad y garanticen la seguridad alimentaria, la cadena de distribución que aplique el margen justo en cada eslabón, respete la trazabilidad y señale la procedencia y el consumidor que actúe cómo quiera con toda esa información… unos estaremos dispuestos a pagar más por algo bueno que no ha viajado por medio mundo y otros no; en ambos casos que podamos decidir con pleno conocimiento de causa.

Soberanía alimentaria. Un sector que en Canarias no llega al 1,6% del PIB, en estable retroceso. Una historia de monocultivos que nunca fueron suficiente para evitar la pobreza y la emigración. Y ahora, en el siglo XXI, sin renunciar a la exportación para equilibrar nuestra balanza comercial, entran en juego otras consideraciones. Hablamos del incremento del autoabastecimiento, vinculado a minimizar la importación de productos frescos, por lógica ambiental, social y económica. Procurar alimentos de proximidad y presumible alta calidad: tenemos 2,3 millones de residentes y número todavía indeterminado de turistas a los que dar de comer. Una iniciativa que creará riqueza y generará empleo.

AIEM. El debate está abierto respecto a la conveniencia de incluir determinados productos agrarios, ganaderos y pesqueros en este impuesto. Un arancel puro y duro que se aplica con la finalidad de encarecer lo que viene de fuera. A favor: con un coste mayor se reduce la diferencia de precio de venta, el producto local compite mejor e incrementa su producción, que es lo que se pretende. En contra: sube el precio de la cesta de la compra con graves implicaciones para las familias con menos recursos. Rompamos el círculo vicioso: somos pobres, no chuta la agricultura local porque no compite, no compite porque es más cara y necesitamos que funcione para salir de pobres. Lo veo claro, para avanzar en el autoabastecimiento establecer este arancel vendría de miedo. En un escenario de apuesta por la soberanía alimentaria, la subida de precios ocurrirá de cualquier manera al aplicar la ley de cadena alimentaria que evidenciará unos mayores costes de producción en las Islas. Tal cual.