domingo, 5 de abril de 2020

La opinión pública murió


Golpe de estado. Mi amigo asustado por el cariz de las conversaciones de estos días en un par de grupos de whatsapp en los que participa, gente aparentemente normal, compañeros de trabajo, antiguos camaradas de estudios, familia, no sé bien. Asustado porque se incita sin tapujos a desmontar el sistema, todo muy apocalíptico. Culpables, culpables, los representantes elegidos en democracia son culpables, desollados en la vía pública, escarnio e imputación de responsabilidad por cada una de las muertes de ese jodido virus. Demolición, a cara descubierta, a las barricadas, a engendrar un nuevo orden. Mi amigo, asustado, no sale de su asombro: miedo puro y duro.

Descrédito. La exposición prolongada a las redes sociales -propia de este confinamiento- ofrece un panorama similar. El algoritmo muestra la denigración extrema al actual presidente del gobierno y a su equipo, con acusaciones gravísimas y todo tipo de insultos nada velados, un tratamiento mucho peor al que vivimos durante la última etapa de Rodríguez Zapatero, que ya es decir. Me pregunto si quienes se expresan con tal desparpajo, con tales exabruptos, con tanto desprecio e indignación, serían capaces de decírselo a la cara si tuvieran la oportunidad, al presidente Sánchez o a cualquier otro con el que mantuvieran algún desencuentro ideológico. Me pregunto también qué decisiones adoptarían esos mismos exaltados si sus pensamientos mesiánicos pudieran entrar en vigor tras pasar por la preceptiva publicación en el BOE. Porque soltar sapos por la boca es una cosa y tomar decisiones de obligado cumplimiento es otra muy distinta.

La trampa. En esos chats de treinta, cuarenta o cincuenta personas quienes vierten las ideas radicales son unos pocos, siempre los mismos, que comparten noticias sin contrastar, despotrican y aplacan con virulencia cualquier atisbo de iniciar un debate constructivo, esos que utilizan el insulto personal cuando escasean argumentos para refutar. Cada grupo gira sobre su eje con su propia dinámica: reinan quienes practican la verborrea, unos pocos que tratan de meter baza de vez en cuando y una inmensa mayoría de meros observadores: el rumor que pueda trascender no es ni por asomo la opinión del conjunto. En internet la interferencia es mucho mayor, orquestada con ayuda de la tecnología, pagada incluso. Descubrimos que se emplean miles, millones de perfiles falsos para difundir todo tipo de disparates con intencionalidad. Confieso que me cuesta encontrar la motivación para desperdigar determinadas mentiras, tendrá que ver con socavar la reputación de los protagonistas o con generar un estado de confusión general. Cuesta pensar que encierre un afán electoral, sería absurdo después de un par de largos años de incertidumbre, con un gobierno recién constituido y en una crisis sin precedentes que nadie en su sano juicio querría -por iniciativa propia- tener que gestionar.

Conspiración. Respecto a pretender la confusión generalizada entiendo que existen tantas explicaciones plausibles como admita nuestra imaginación. Desde provocar la caída de la bolsa para que alguien tome el control de una gran corporación a precio de saldo, hasta pretender canalizar grandes cantidades de dinero público hacia la industria farmacéutica. Desde conseguir que sea condonada la enorme deuda financiera que ahoga a determinado sector productivo hasta permitir que los Puyol eludan su entrada en prisión. Ni idea.

Nuevo orden. El concepto “opinión pública” ha muerto. Ese palpar el sentimiento colectivo a través de un chequeo aleatorio o mediante prescriptores formales o informales, resulta imposible de evaluar: demasiada información, no disponemos de la herramienta para extraer la verdad, si es que existe. Un nuevo orden: toma de decisiones políticas con absoluto pragmatismo y piel gruesa para la crítica. Y para la validación o censura, esperar a las urnas.

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