domingo, 19 de abril de 2020

El manifiesto

Revolución. Me mola, dicho sin ironía ninguna. Para un revolucionario nato como yo el manifiesto anuncia la dimensión de la insurrección, mecha desencadenante que anticipa la toma de la calle y el emplazamiento de las barricadas. El manifiesto por definición debe estar dirigido a la opinión pública (si es que esta existe), proponer un plan plausible (no una mera formulación teórica) y defender ideas que puedan entenderse como novedosas respecto al sistema establecido. Para que tenga éxito resulta de vital importancia que sea entendido por un número suficiente de personas, que lo hagan suyo y que remueva conciencias para pasar de la insatisfacción a la acción, del “me gusta” a la huelga general.

Spam. En la era digital cualquier manifiesto es spam. En el caso improbable de que nos llegue alguno, ni lo abrimos, salvo que le tengamos aprecio personal a su autor, interés especial en el tema y nos pille extremadamente ociosos. Firmamos un “change.org” con un enunciado sugerente por solidaridad, nadie analiza nada, nada de nada. Porque en la era digital es dificilísimo mantener un debate constructivo dentro de los límites de la educación. El alejamiento social desinhibe la falta de respeto y toda discusión acaba en bloqueo o tenso silencio, cero consenso. Así es imposible arrancar una revolución.

Títeres. “Todo lo malo que nos ocurre es por la inacción del gobierno e imprevisión institucional”, “los políticos son unos inútiles” y todo eso. Y por si fuera poco, lo bueno nos sucede cuando actuamos en libertad al zafarnos de ese yugo. Vivimos en un país de entrenadores de fútbol y de ministros de economía. Eso de “lo que el presidente debería hacer ...” es sin duda el sintagma más pronunciado en este insufrible confinamiento. Y entonces el manifiesto pierde su condición rebelde y se convierte en elementales instrucciones de presunto obligado cumplimiento: el predicador pretende ocupar el puesto de ventrílocuo para manejar los hilos y que el político de turno siga dando la cara -que a mí me da la risa- para poder continuar con la leña al mono llegado el caso.

Reflexionar. Tantos días en casa y todavía no te has decidido a sacar los Legos o a desempolvar el Scalextric. Hazlo, por salud mental. O coge un libro, métele a los clásicos, que por algo son considerados como tales: Dostoievski si quieres profundizar en la inmundicia humana, Pérez Galdós para que te ayude a desdramatizar en estos momentos difíciles o El Quijote como enseñanza universal. El santo día en internet afecta, el algoritmo se encarga de retroalimentar tus propias paranoias. Buscar criterio es un fin en sí mismo. Buscar argumentos para sublevarnos de este cautiverio es inherente a la condición humana.

Opinar. Cada ámbito de la vida económica funciona según sus propios mecanismos, con unos principios generales -ética y legislación básica- y unos específicos. Cada rubro o sector maneja su propio lenguaje y sus propias normas no escritas que solo la experiencia ayuda a descifrar. Como simples consumidores, el comercio minorista se nos antoja un juego de niños -¿quién no montó su propio mercadillo de frutas de plastilina?- hasta que alguien nos hace entender que se trata de gestionar un stock, comprar y vender, con su complejidad en un ecosistema altamente competitivo. O como usuarios del sistema sanitario, nos puede resultar inexplicable tanta cautela en la gestión de esta crisis de salud pública que pretende evitar el colapso de la capacidad asistencial. El efecto Dunning-Kruger explica el comportamiento de quienes opinan de manera tajante sobre cualquier asunto sin tener conocimiento de causa. Afirman los expertos que aunque nuestra primera reacción sea refutar, no serviría de nada.

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