domingo, 29 de marzo de 2020

La culpa fue del cha-cha-chá

Culpable. Mi abuelo Espinosa hacía un cuento de cuando en Santa Cruz la vida giraba en torno a la actividad portuaria. Nunca supe si se trata de una historia real o si aquel detalle solo aportaba el contexto. Comenzaba con un barco que atraca y la adquisición de un mono. El satisfecho comprador se lo lleva a casa pero al día siguiente el mono muere. Desconsolado busca al vendedor y le reclama, se siente engañado, cree que le ha vendido un animal enfermo y le exige la devolución del dinero. El marino, hierático, le pregunta -¿y qué le diste de comer?-, -un plátano-, responde, -¡pues ya te lo cargaste!-, sentencia.

Pobreza y desigualdad. Precisamente de esto va esta pandemia, de monos y otros animales salvajes vivos con los que se comercia y que sirven de alimentación a una población pobre de solemnidad en esos países con abundantes selvas tropicales, una realidad tan lejana y tan cercana. Virus propios de todo tipo de especies que saltan a las personas, que mutan para adaptarse a un nuevo huésped que no está preparado para combatirlos. Un fenómeno que no es nuevo, antaño morían pequeñas comunidades sin que trascendiera, la familia y su entorno cercano. En este caso, la extremada facilidad para propagarse del COVID-19 y la globalización, provocan una pandemia de gigantescas proporciones e inciertas consecuencias. Sabemos que se transmite a mayor velocidad que la gripe y que esa característica lo hace especialmente peligroso, no para un individuo -que lo sufrirá según su estado de salud previo y la posibilidad de atención médica- sino para el conjunto de los ciudadanos al agregarse la demanda que colapsa el sistema sanitario. Confinamiento para detener la propagación, ese es el plan, mientras la ciencia trabaja a marchas forzadas para conseguir un retroviral y/o una vacuna que nos proteja del contagio.

Reenfoque. Hay que repensar este modelo de globalización, en eso estamos de acuerdo, capaz de mejorar el bienestar de la población mundial, que nos trae la enfermedad y paradójicamente también nos provee de los medios para combatirla. Ya había indicios de que la deslocalización industrial no fue una buena idea, ahora se constata. China quedaba tan lejos pero no lo está, confinar a 40 millones de personas en Wuham nos parecía una exageración pero no lo era. Ni caso al refranero: si las barbas de tu vecino ves cortar...

Llegó la epidemia y el Gobierno de España le dio un plátano. Es nuestra naturaleza -como nos descubrió Esopo-, no tenemos elección: buscamos culpables. El presidente Sánchez, desencajado en cada intervención pública, y su panel de expertos que ya no sabe qué decir. Los partidos de la oposición no pueden resistir mostrar cierto desacuerdo pero dan el apoyo, a regañadientes, reproche y resignación, todo muy medido, sin evaluar el efecto de esa conducta en la toma de decisiones por parte de sus adversarios políticos responsables de hacerlo. Con la perspectiva actual enjaular a mil turistas en el H10 Costa Adeje Palace fue una medida dificilísima que ahora nadie discute, en febrero sí... ha pasado un mes, solo un mes. Preocupante también la falta de cohesión de la Unión Europea para afrontar el trance cuando más falta hace, al menos una respuesta política, una mentirijilla piadosa, una llamada a la solidaridad.

Suerte. Que haya quien redacte y mande publicar reales decretos de obligado cumplimiento. En una catástrofe de esta magnitud, sin precedentes, -recordaremos con cariño la crisis del 2008- cualquiera otros responsables políticos cometerían idénticos errores o distintos errores con idénticas incertidumbres. Y sus oponentes responderían con similares ambages. Mejorar nuestra propia naturaleza es el reto.


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