domingo, 24 de mayo de 2020

La mano que mece la cuna


Protestar. No entiendo bien la manifestación de ayer con pitas y banderas en plan celebración de un campeonato de fútbol del que La Roja hubiera salido victoriosa. Una protesta en coche, de acuerdo, tabarra de primer orden, muy lucida y persistente -dieron varias vueltas al mismo circuito urbano-, organizada así por no desatender las obligaciones de distanciamiento social, digo yo, no pienses mal. En cualquier caso, un grupo de ciudadanos que ejerce el derecho constitucional al pataleo, perfecto. Como resido en el centro de la ciudad, nada que objetar distinto a mi opinión habitual respecto a cualquier otra expresión del desencanto popular: a ver si un día se llevan la protesta a la Avenida de los Príncipes, en la que seguro que vive mucha más gente a la que fastidiarle el día, y vamos alternando.

Dudas. De toda esta movida de himnos y banderas no sé qué me preocupa más, el hecho de que se apropien de los símbolos de la selección española para sus soflamas, las soflamas incendiarias en sí mismas o los vilipendios de sus detractores, insultos incluidos, nada coherentes con el respeto a las reglas del juego que intentan defender.

Cautela. Ya puestos a aguantar el peñazo un par de horas de un apacible sábado por la mañana, es una pena que los organizadores no hubieran puesto algo más de empeño en explicar exactamente qué es lo que reclaman. ¿Que el presidente Sánchez dimita cual chivo expiatorio? Un clásico, pero todavía no toca, restan aun varios años de legislatura. ¿Que se acabe ya el estado de alarma? Pues sí, a ver si termina de una pajolera vez, a ver si despertamos de esta pesadilla. A esa manifa me hubiera apuntado yo de buen grado, no con la bandera de España, que no sé dónde la metí después de la última Eurocopa, sino con la del CD Tenerife, que la tengo a mano. Aunque claro, ese despertar dependerá de cómo vaya la cosa porque ayer fallecieron 48 personas, que nos parecen pocas, pero sigue siendo una barbaridad. La amenaza del contagio se mantiene presente. De la misma manera que ahora denuncian que el confinamiento llegó tarde, que había que haberse puesto a fabricar mascarillas mucho antes y que ya está bien de estar metidos en casa, igualito, porfiarán después que el Gobierno fue un irresponsable si surgiera un repunte en estos próximos días, repunte además del que no estamos exentos.

Las reglas. Cuanto más jaleo, menos atención. Confieso que no veo tanto problema en que un grupo de ciudadanos chille lo que quiera. No estamos en la Alemania de los años 30 ni esa gente persigue instaurar en España un régimen represivo ni asesino. Muchas de sus ideas tienen un fondo retrógrado de autoritarismo que ni comparto ni me gusta pero, en cualquier caso, acepto el funcionamiento del sistema democrático. Aplicar la dictadura de la mayoría sería igual de malo que caer en brazos de la dictadura de la minoría. Atentos debemos estar todos -ellos también- porque ninguno sabemos qué mano mece la cuna ni de dónde viene la pasta ni qué fines persigue a largo plazo.

Prescripción. En las cuestiones mundanas los hilos de la marioneta se dejan entrever según y cómo les dé la luz. Ese plan general que satisface los intereses de determinado propietario y fastidia las pretendidas esperanzas de otro que se negó a vender antes de la exposición pública, ese sistema de gestión de residuos que no termina de autorizarse porque alguien ve peligrar su propia actividad o una ley que se propone modificar para permitir hacer negocios a determinado simpatizante. Para todo: transparencia.

domingo, 17 de mayo de 2020

Y si...

Y si estuviéramos en un escenario distinto al de la crisis que nos anuncian.

Y si la condición de islas se evidencia como una ventaja relevante para gestionar situaciones de pandemia.

Y si la coyuntura internacional post covid-19 situara a Canarias en una posición privilegiada por la posibilidad cierta de controlar la entrada de personas.

Y si la existencia de un potente sistema sanitario y la ausencia de vectores de contagio nos define como destino turístico único en nuestro entorno europeo.

Y si la posibilidad de hacer test rápidos a la salida de los vuelos en los aeropuertos de origen permite discriminar los turistas no contagiados de manera fiable.

Y si esos 15 millones de turistas no contagiados que nos hace falta para mantener la maquinaria a pleno rendimiento -equivalentes al 3,3% de la población de la UE- pudieran viajar a un destino seguro como Canarias.

Y si la cronificación de la epidemia del covid-19 o de alguna de sus mutaciones sigue afectando especialmente a las personas mayores.

Y si los cientos de miles de mayores que en Europa gozan de un alto poder adquisitivo eligieran Canarias para huir de la amenaza cierta de la pandemia.

Y si debido a la falta de competidores con similares condiciones de seguridad sanitaria los operadores turísticos en Canarias pudieran incrementar significativamente los precios de los servicios que prestan.

Y si el nuevo flujo de turistas y a la mayor disponibilidad económica permitiera a los trabajadores del sector turístico recuperar sus empleos y mejorar sus condiciones laborales.

Y si el repunte de la actividad turística atrae capital de otras partes del mundo para invertir en Canarias en la mejora y renovación de la planta hotelera, en construir nuevas residencias para personas mayores, en proyectos de ocio, en incrementar la capacidad asistencial, en atender un mercado interno con trabajadores con una mayor capacidad de consumo.

Y si el incremento de la actividad y la materialización de las inversiones permitiera disponer de más recursos públicos para terminar infraestructuras, reforzar el sistema sanitario y modernizar la educación.

Y si los operadores turísticos canarios en ese nuevo escenario no restrictivo se comprometieran con el sector primario local para el suministro de los alimentos y los vinos que ofrecen a sus clientes.

Y si la gastronomía en las Islas se convirtiera en el atractivo que debería ser con idéntico compromiso con el sector primario del que forma parte.

Y si los trabajadores del turismo que disfrutaran de esas nuevas condiciones laborales se implicaran también con el sector primario local para llenar su cesta la compra.

Y si el pago de un precio acorde a los costes de producción a los agricultores, ganaderos y pescadores y a la industria transformadora permitiera el desarrollo de un sector primario sólido, moderno, con mejores condiciones laborales, respetuoso con el medio ambiente y enfocado a la más alta calidad.

Y si esta rueda que empieza a girar -control de la epidemia, ventaja competitiva en el turismo, mejores precios, más infraestructuras, mejores servicios públicos y más consumo de producto local- terminara definitivamente con el paro.

Y si esta secuencia de efectos positivos -cero afectados por la pandemia, cero paro, mejores condiciones laborales, mejor asistencia sanitaria, mejor educación, alimentos de mayor calidad, más respeto por el medio ambiente- no fuera una entelequia sino la descripción de una realidad posible que mejorara sustancialmente el bienestar de las personas que vivimos en Canarias.

Y si nos ponemos serios, entendemos la importancia y cumplimos estrictamente con las medidas de cautela para salir del confinamiento.

El futuro no es esperar a ver qué pasa, el futuro es aquello que hagamos.

domingo, 10 de mayo de 2020

A todos se nos llena la boca de papas con mojo


Crecimiento infinito. La economía útil para las personas no va de dinero sino de que ese dinero se mueva, cambie de manos y genere riqueza. Si tus vecinos no tienen no podrán comprar aquello que vendas o aquellos servicios que prestes y, por tanto, sin ingresos, tú tampoco podrás hacer lo propio, pierden todos. Ese efecto no es tan directo -pensarás- vivimos en un mundo globalizado con sistemas de ajuste. Puede ser. En una sociedad de la escasez en perpetuo crecimiento tenía sentido. Hasta hace nada esos intercambios de eficiencia -yo soy mejor en la fabricación de ropa y tú eres mejor en el desarrollo de medicamentos- permitían el equilibrio exportación/importación alentado por la búsqueda de productividad, muy asimétrica, por cierto, en unas culturas mediante I+D y en otras con trabajadores explotados en condiciones de vergüenza. Ahora vivimos una realidad distinta, toca gestionar la abundancia, los excedentes, las altísimas capacidades de producir cualquier cosa. Pero la población no crecerá hasta el infinito, ¿una última generación en los países emergentes? Quizás, pero no creo que lleguemos a los 10.000 millones que auguraba apocalíptico el científico británico Stephen Emmott.

Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.

Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.

Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de quilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige un agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.

Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.

domingo, 3 de mayo de 2020

El precio de la cesta de la compra

Tractores a la calle. Nos queda lejísimos la convocatoria de aquellas manifestaciones de agricultores y ganaderos enfadados por la imposibilidad de vender sus productos a precios razonables. El miedo a la muerte lo eclipsa todo, por supuesto, y esta discusión quedó pendiente. El problema sigue ahí, ahora con agravantes. Aunque no a cero, las ventas de productos agrícolas han caído por el cierre de bares y restaurantes, el suspenso de la actividad turística y la contracción de la demanda por lógica prudencia del consumidor. El sector que antes se rebelaba y protestaba airadamente, ahora se muerde la lengua. La constante pérdida de renta agraria: reivindicación comprendida y compartida. Si hiciéramos una consulta popular gozaría del apoyo ciudadano por simpatía. Porque lo rural forma parte de nuestro acervo, nos es amable por su propia naturaleza, disfrutamos del paisaje cultivado, sinónimo de orden y riqueza ancestrales.

Renta. La mejora de la renta agraria no es asunto exclusivo de leyes. No hay legislación que pretenda intervenir en el mercado que no arme cierto estropicio aunque se promulgue cargada de buenas intenciones. El legislador se arriesga con la regulación de la cadena alimentaria que pretende que el contrato exista y que refleje los costes reales de producción -cuya concreción en la práctica presenta enormes dificultades técnicas- para que sirvan de base en la conformación del precio final al público. También prohíbe la “venta a pérdidas” y limita la utilización de promociones comerciales con productos frescos.

Condicionantes éticos. Sin tenerlos en cuenta los buenos propósitos no servirán de nada: imprescindible apelar al comportamiento responsable. Los productores que ofrezcan la máxima calidad y garanticen la seguridad alimentaria, la cadena de distribución que aplique el margen justo en cada eslabón, respete la trazabilidad y señale la procedencia y el consumidor que actúe cómo quiera con toda esa información… unos estaremos dispuestos a pagar más por algo bueno que no ha viajado por medio mundo y otros no; en ambos casos que podamos decidir con pleno conocimiento de causa.

Soberanía alimentaria. Un sector que en Canarias no llega al 1,6% del PIB, en estable retroceso. Una historia de monocultivos que nunca fueron suficiente para evitar la pobreza y la emigración. Y ahora, en el siglo XXI, sin renunciar a la exportación para equilibrar nuestra balanza comercial, entran en juego otras consideraciones. Hablamos del incremento del autoabastecimiento, vinculado a minimizar la importación de productos frescos, por lógica ambiental, social y económica. Procurar alimentos de proximidad y presumible alta calidad: tenemos 2,3 millones de residentes y número todavía indeterminado de turistas a los que dar de comer. Una iniciativa que creará riqueza y generará empleo.

AIEM. El debate está abierto respecto a la conveniencia de incluir determinados productos agrarios, ganaderos y pesqueros en este impuesto. Un arancel puro y duro que se aplica con la finalidad de encarecer lo que viene de fuera. A favor: con un coste mayor se reduce la diferencia de precio de venta, el producto local compite mejor e incrementa su producción, que es lo que se pretende. En contra: sube el precio de la cesta de la compra con graves implicaciones para las familias con menos recursos. Rompamos el círculo vicioso: somos pobres, no chuta la agricultura local porque no compite, no compite porque es más cara y necesitamos que funcione para salir de pobres. Lo veo claro, para avanzar en el autoabastecimiento establecer este arancel vendría de miedo. En un escenario de apuesta por la soberanía alimentaria, la subida de precios ocurrirá de cualquier manera al aplicar la ley de cadena alimentaria que evidenciará unos mayores costes de producción en las Islas. Tal cual.

domingo, 26 de abril de 2020

Teletrabajo, pues no

Vacaciones eternas. El teletrabajo estaba idealizado. Imagino que ya te habrás dado cuenta. Lo sufren los ciudadanos de este planeta confinados por mandato gubernamental y responsabilidad social que no se dedican a labores esenciales que requieren presencia física. Trabajar desde casa esta muy bien pero hasta cierto punto. “Sería distinto si pudiéramos salir para otras cosas” dirá quien planea ahorrar en el espacio de oficina para justificar una reducción de costes en su empresa. Abren el debate por interés de parte, aunque en realidad bien sabes que trabajar en casa es muy incómodo. Idealizado, como eso de estar de vacaciones todo el rato, que nos parece el estado perfecto y, si uno pudiera, sobrepasado el primer mes, se parecería más a estar en el paro, situación que no le gusta a nadie. “Yo podría estar todo el año de vacaciones” me refutará usted que se pasa toda la vida esperando jubilarse, pero observe y verá que un alto porcentaje no disfruta de ese nuevo estado aunque jamás lo confiese.

Productividad. Si viviéramos en unas casas de esas enormes como las que salen en las películas americanas, con jardín delantero y trasero, porche, garaje, canasta de baloncesto, amplia primera planta y enormes dormitorios en la segunda, pues no sé yo. La realidad española es otra para la inmensa mayoría. Tampoco creo yo que sea exclusivamente una cuestión de espacio, pero también... qué pereza tener que liberar la mesa del comedor para su uso principal además de la matraca con las conversaciones de tu pareja todo el día colgado al teléfono. En casa se escaquea uno menos que en la oficina no vayan a pensar y se dedica mucho más tiempo efectivo que el pactado y a cualquier hora: “ya que estoy, total, termino esto, que no hay nadie esperando a que llegue a casa”. Los números salen, seguro, hasta que entremos todos en barrena afectados por el desánimo.

Creatividad. Ni las grandes empresas tecnológicas han prescindido de los espacios comunes de contacto y podrían haberlo hecho hace muchos años. La opción del teletrabajo se ofrece como una ventaja según la situación personal específica de cada individuo pero no se prescinde del cuartel general ni de las delegaciones. El contacto entre las personas, la dinámica de equipo, el intercambio de ideas y el ambiente propicio generan conocimiento y condiciones para una acertada toma de decisiones. Separar los ámbitos -el laboral del familiar- ayuda al equilibrio entre los diferentes planos del desarrollo personal: cada uno introduce en nuestra efímera existencia diferentes elementos de motivación y felicidad.

Sensatez. Un hecho insólito que en estas latitudes la inmensa mayoría de la población esté aguantando metida en casa un par de meses. Un escenario habitual en el norte de Noruega, por ejemplo, tenlo en cuenta, tan estupendos no somos. En el mundo laboral algunas cosas sí que deben cambiar. Pero no será por un virus sino por el propio avance de la tecnología y la sensatez que acompaña inevitablemente a los nuevos tiempos: menos horas semanales presenciales, horarios más cómodos, conciliación real, calendario escolar compatible, ayuda efectiva a las familias que quieran tener hijos.

Incineración. Ahora bien, el virus sí que servirá para desenmascarar el mantra -repetido un millón de veces- de recicla, recicla, recicla y el anuncio precipitado de la inminente prohibición de los útiles de un solo uso. Manda la exigencia, por pura supervivencia, de evitar el contacto mediante mascarillas desechables, guantes y todo tipo de material de protección cuyos residuos deben ser destruidos. El reciclaje está bien en muchos casos, pero no con carácter universal, mucho ojo con asumir riesgos en esa manipulación.

domingo, 19 de abril de 2020

El manifiesto

Revolución. Me mola, dicho sin ironía ninguna. Para un revolucionario nato como yo el manifiesto anuncia la dimensión de la insurrección, mecha desencadenante que anticipa la toma de la calle y el emplazamiento de las barricadas. El manifiesto por definición debe estar dirigido a la opinión pública (si es que esta existe), proponer un plan plausible (no una mera formulación teórica) y defender ideas que puedan entenderse como novedosas respecto al sistema establecido. Para que tenga éxito resulta de vital importancia que sea entendido por un número suficiente de personas, que lo hagan suyo y que remueva conciencias para pasar de la insatisfacción a la acción, del “me gusta” a la huelga general.

Spam. En la era digital cualquier manifiesto es spam. En el caso improbable de que nos llegue alguno, ni lo abrimos, salvo que le tengamos aprecio personal a su autor, interés especial en el tema y nos pille extremadamente ociosos. Firmamos un “change.org” con un enunciado sugerente por solidaridad, nadie analiza nada, nada de nada. Porque en la era digital es dificilísimo mantener un debate constructivo dentro de los límites de la educación. El alejamiento social desinhibe la falta de respeto y toda discusión acaba en bloqueo o tenso silencio, cero consenso. Así es imposible arrancar una revolución.

Títeres. “Todo lo malo que nos ocurre es por la inacción del gobierno e imprevisión institucional”, “los políticos son unos inútiles” y todo eso. Y por si fuera poco, lo bueno nos sucede cuando actuamos en libertad al zafarnos de ese yugo. Vivimos en un país de entrenadores de fútbol y de ministros de economía. Eso de “lo que el presidente debería hacer ...” es sin duda el sintagma más pronunciado en este insufrible confinamiento. Y entonces el manifiesto pierde su condición rebelde y se convierte en elementales instrucciones de presunto obligado cumplimiento: el predicador pretende ocupar el puesto de ventrílocuo para manejar los hilos y que el político de turno siga dando la cara -que a mí me da la risa- para poder continuar con la leña al mono llegado el caso.

Reflexionar. Tantos días en casa y todavía no te has decidido a sacar los Legos o a desempolvar el Scalextric. Hazlo, por salud mental. O coge un libro, métele a los clásicos, que por algo son considerados como tales: Dostoievski si quieres profundizar en la inmundicia humana, Pérez Galdós para que te ayude a desdramatizar en estos momentos difíciles o El Quijote como enseñanza universal. El santo día en internet afecta, el algoritmo se encarga de retroalimentar tus propias paranoias. Buscar criterio es un fin en sí mismo. Buscar argumentos para sublevarnos de este cautiverio es inherente a la condición humana.

Opinar. Cada ámbito de la vida económica funciona según sus propios mecanismos, con unos principios generales -ética y legislación básica- y unos específicos. Cada rubro o sector maneja su propio lenguaje y sus propias normas no escritas que solo la experiencia ayuda a descifrar. Como simples consumidores, el comercio minorista se nos antoja un juego de niños -¿quién no montó su propio mercadillo de frutas de plastilina?- hasta que alguien nos hace entender que se trata de gestionar un stock, comprar y vender, con su complejidad en un ecosistema altamente competitivo. O como usuarios del sistema sanitario, nos puede resultar inexplicable tanta cautela en la gestión de esta crisis de salud pública que pretende evitar el colapso de la capacidad asistencial. El efecto Dunning-Kruger explica el comportamiento de quienes opinan de manera tajante sobre cualquier asunto sin tener conocimiento de causa. Afirman los expertos que aunque nuestra primera reacción sea refutar, no serviría de nada.

domingo, 12 de abril de 2020

Y después, qué

Nuevo mundo. Pues no. No amanecerá un nuevo mundo después de esta pandemia. Opinión que no se sustenta en evidencia científica alguna, mera especulación. Ejercicio de análisis que ni pretende ni conseguirá influir en lo que tenga que ocurrir. Misma economía de mercado, mismo estado de derecho y reforzado sistema de cobertura social. Y de propina múltiples evidencias respecto a las que un porcentaje de individuos tomará conciencia y otro no, que siempre hay quien no se da por aludido; la vida misma.

Primero lo positivo. Si es que se puede decir así. Ya lo habíamos demostrado cuando dejamos de fumar en los locales públicos de un día para otro. Los españoles somos muy quejicosos pero igualmente disciplinados, por mucho ruido que haga el nota del megáfono plantificado en cada esquina. La reclusión domiciliaria funciona por pura lógica. Solidaridad y estoica comprensión frente a la realidad que nos espera, que será terrible, aunque mucho menos terrible que sucumbir ante la jodida enfermedad.

Lo negativo. Las pérdidas humanas. Y nada se ha oído de los retrovirales ni de la vacuna que nos proteja del Covid-19 y de sus descendientes, seguimos sin estar seguros. Miedo como con el cáncer que aparece de repente y ya es demasiado tarde. O la impotencia con el Alzheimer que te sustrae de tu propio ser. O cuando a finales de los ochenta nos sorprendió el sida. Y no quiero ni imaginar cómo vivía la gente antes de que Fleming descubriera la penicilina. Aunque bien pensado con todas estas amenazas hemos llegado hasta aquí, con enormes incertidumbres pero con avances más que evidentes.

El día siguiente. Saldremos de casa. Saldremos con las medidas de protección que nos imponga la autoridad de salud pública, sin duda, y en masa. Anticípese, pida hora con su peluquero que andará muy ocupado, no se atreverá a dar cita concreta pero téngalo atado, que se presenta una importante punta de trabajo para este gremio. No así para los empresarios de otras actividades que procederán con suma cautela en ese primer momento, esperarán a que la rueda empiece a girar antes de reincorporar a sus trabajadores -hayan optado por el ERTE o por aplicar despidos-. Por tanto, una oportunidad para autónomos y microempresas en el comercio, el transporte y la hostelería que se enfrentarán a menor competencia inicial, un incremento de negocio que deben saber gestionar. Entre medio la administración pública se colapsará sin remedio cuando los plazos suspendidos vuelvan a correr. Y con todo, nuestro futuro en las Islas dependerá de según y cómo se organice los vuelos que traen a los turistas, se verifique los negativos antes de embarcar y se establezca protocolos infalibles en el caso de. Al permanecer libres de la epidemia, volvemos a estar en mejores condiciones que cualquier otro destino turístico competidor, presumiblemente con un pico en la demanda, y es que también los guiris llevan muchos meses de reclusión.

El otro día siguiente. Esta condena en prisión preventiva nos debe enseñar qué es lo realmente importante. Máximo respeto al personal sanitario por jugarse la vida por todos nosotros. Toda nuestra consideración para agricultores, ganaderos y pescadores que siguen en el tajo echándonos de comer. Y renueve la cocina, ni usted mismo entiende cómo pudo estar tantos años así, busque una casa mejor, más grande, que los chicos crecen, con un patio o con una terraza que haga más llevadero el próximo confinamiento y decídase, abandone de esa relación tóxica que no le lleva a ningún sitio, libérese y encuentre el amor, ya le digo yo que es la mejor manera de manejarse en una convivencia prolongada.

domingo, 5 de abril de 2020

La opinión pública murió


Golpe de estado. Mi amigo asustado por el cariz de las conversaciones de estos días en un par de grupos de whatsapp en los que participa, gente aparentemente normal, compañeros de trabajo, antiguos camaradas de estudios, familia, no sé bien. Asustado porque se incita sin tapujos a desmontar el sistema, todo muy apocalíptico. Culpables, culpables, los representantes elegidos en democracia son culpables, desollados en la vía pública, escarnio e imputación de responsabilidad por cada una de las muertes de ese jodido virus. Demolición, a cara descubierta, a las barricadas, a engendrar un nuevo orden. Mi amigo, asustado, no sale de su asombro: miedo puro y duro.

Descrédito. La exposición prolongada a las redes sociales -propia de este confinamiento- ofrece un panorama similar. El algoritmo muestra la denigración extrema al actual presidente del gobierno y a su equipo, con acusaciones gravísimas y todo tipo de insultos nada velados, un tratamiento mucho peor al que vivimos durante la última etapa de Rodríguez Zapatero, que ya es decir. Me pregunto si quienes se expresan con tal desparpajo, con tales exabruptos, con tanto desprecio e indignación, serían capaces de decírselo a la cara si tuvieran la oportunidad, al presidente Sánchez o a cualquier otro con el que mantuvieran algún desencuentro ideológico. Me pregunto también qué decisiones adoptarían esos mismos exaltados si sus pensamientos mesiánicos pudieran entrar en vigor tras pasar por la preceptiva publicación en el BOE. Porque soltar sapos por la boca es una cosa y tomar decisiones de obligado cumplimiento es otra muy distinta.

La trampa. En esos chats de treinta, cuarenta o cincuenta personas quienes vierten las ideas radicales son unos pocos, siempre los mismos, que comparten noticias sin contrastar, despotrican y aplacan con virulencia cualquier atisbo de iniciar un debate constructivo, esos que utilizan el insulto personal cuando escasean argumentos para refutar. Cada grupo gira sobre su eje con su propia dinámica: reinan quienes practican la verborrea, unos pocos que tratan de meter baza de vez en cuando y una inmensa mayoría de meros observadores: el rumor que pueda trascender no es ni por asomo la opinión del conjunto. En internet la interferencia es mucho mayor, orquestada con ayuda de la tecnología, pagada incluso. Descubrimos que se emplean miles, millones de perfiles falsos para difundir todo tipo de disparates con intencionalidad. Confieso que me cuesta encontrar la motivación para desperdigar determinadas mentiras, tendrá que ver con socavar la reputación de los protagonistas o con generar un estado de confusión general. Cuesta pensar que encierre un afán electoral, sería absurdo después de un par de largos años de incertidumbre, con un gobierno recién constituido y en una crisis sin precedentes que nadie en su sano juicio querría -por iniciativa propia- tener que gestionar.

Conspiración. Respecto a pretender la confusión generalizada entiendo que existen tantas explicaciones plausibles como admita nuestra imaginación. Desde provocar la caída de la bolsa para que alguien tome el control de una gran corporación a precio de saldo, hasta pretender canalizar grandes cantidades de dinero público hacia la industria farmacéutica. Desde conseguir que sea condonada la enorme deuda financiera que ahoga a determinado sector productivo hasta permitir que los Puyol eludan su entrada en prisión. Ni idea.

Nuevo orden. El concepto “opinión pública” ha muerto. Ese palpar el sentimiento colectivo a través de un chequeo aleatorio o mediante prescriptores formales o informales, resulta imposible de evaluar: demasiada información, no disponemos de la herramienta para extraer la verdad, si es que existe. Un nuevo orden: toma de decisiones políticas con absoluto pragmatismo y piel gruesa para la crítica. Y para la validación o censura, esperar a las urnas.

domingo, 29 de marzo de 2020

La culpa fue del cha-cha-chá

Culpable. Mi abuelo Espinosa hacía un cuento de cuando en Santa Cruz la vida giraba en torno a la actividad portuaria. Nunca supe si se trata de una historia real o si aquel detalle solo aportaba el contexto. Comenzaba con un barco que atraca y la adquisición de un mono. El satisfecho comprador se lo lleva a casa pero al día siguiente el mono muere. Desconsolado busca al vendedor y le reclama, se siente engañado, cree que le ha vendido un animal enfermo y le exige la devolución del dinero. El marino, hierático, le pregunta -¿y qué le diste de comer?-, -un plátano-, responde, -¡pues ya te lo cargaste!-, sentencia.

Pobreza y desigualdad. Precisamente de esto va esta pandemia, de monos y otros animales salvajes vivos con los que se comercia y que sirven de alimentación a una población pobre de solemnidad en esos países con abundantes selvas tropicales, una realidad tan lejana y tan cercana. Virus propios de todo tipo de especies que saltan a las personas, que mutan para adaptarse a un nuevo huésped que no está preparado para combatirlos. Un fenómeno que no es nuevo, antaño morían pequeñas comunidades sin que trascendiera, la familia y su entorno cercano. En este caso, la extremada facilidad para propagarse del COVID-19 y la globalización, provocan una pandemia de gigantescas proporciones e inciertas consecuencias. Sabemos que se transmite a mayor velocidad que la gripe y que esa característica lo hace especialmente peligroso, no para un individuo -que lo sufrirá según su estado de salud previo y la posibilidad de atención médica- sino para el conjunto de los ciudadanos al agregarse la demanda que colapsa el sistema sanitario. Confinamiento para detener la propagación, ese es el plan, mientras la ciencia trabaja a marchas forzadas para conseguir un retroviral y/o una vacuna que nos proteja del contagio.

Reenfoque. Hay que repensar este modelo de globalización, en eso estamos de acuerdo, capaz de mejorar el bienestar de la población mundial, que nos trae la enfermedad y paradójicamente también nos provee de los medios para combatirla. Ya había indicios de que la deslocalización industrial no fue una buena idea, ahora se constata. China quedaba tan lejos pero no lo está, confinar a 40 millones de personas en Wuham nos parecía una exageración pero no lo era. Ni caso al refranero: si las barbas de tu vecino ves cortar...

Llegó la epidemia y el Gobierno de España le dio un plátano. Es nuestra naturaleza -como nos descubrió Esopo-, no tenemos elección: buscamos culpables. El presidente Sánchez, desencajado en cada intervención pública, y su panel de expertos que ya no sabe qué decir. Los partidos de la oposición no pueden resistir mostrar cierto desacuerdo pero dan el apoyo, a regañadientes, reproche y resignación, todo muy medido, sin evaluar el efecto de esa conducta en la toma de decisiones por parte de sus adversarios políticos responsables de hacerlo. Con la perspectiva actual enjaular a mil turistas en el H10 Costa Adeje Palace fue una medida dificilísima que ahora nadie discute, en febrero sí... ha pasado un mes, solo un mes. Preocupante también la falta de cohesión de la Unión Europea para afrontar el trance cuando más falta hace, al menos una respuesta política, una mentirijilla piadosa, una llamada a la solidaridad.

Suerte. Que haya quien redacte y mande publicar reales decretos de obligado cumplimiento. En una catástrofe de esta magnitud, sin precedentes, -recordaremos con cariño la crisis del 2008- cualquiera otros responsables políticos cometerían idénticos errores o distintos errores con idénticas incertidumbres. Y sus oponentes responderían con similares ambages. Mejorar nuestra propia naturaleza es el reto.