sábado, 20 de abril de 2019

Sin prensa libre

Conocemos la teoría del cuarto poder. Tres contra uno, el legislativo, el ejecutivo y el judicial sujetos al escrutinio de la prensa. Equilibrio a través del autocontrol de quienes ostentan el mando en plaza por miedo a la denuncia pública, en este mundo cruel de moral disoluta: si no hubiera examen exhaustivo del comportamiento ni capacidad material de difundir las tropelías, imagínese la bacanal. Aunque me resisto a aceptar la corrupción como intrínseca de la condición humana, no restaré importancia a la imprescindible independencia de los medios para contar la verdad, toda la verdad, y para opinar a favor o en contra desde el respeto que merece cualquier posicionamiento ideológico o dogmático.

En la práctica este mecanismo no funciona bien ni nunca lo hizo: sucio dinero que todo lo pervierte. Porque la actividad periodística tiene un coste y el ejercicio de la política unas ganancias, efectivas o potenciales. El peculio entra en la ecuación. El supuesto equilibrio, mero espejismo, ni siquiera cuando los consumidores pagábamos el soporte y las empresas contrataban publicidad estuvimos libres del abuso de editores sin escrúpulos ni de la influencia del poder ni de sus mutuas confabulaciones. La prensa concebida como negocio, en manos del capital, con la exigencia de dar beneficios. Todos elementos de un modelo perverso e ineficaz para ejercer el control que pretende: ojo con publicar que tal cadena de supermercados vende ilegalmente a pérdidas porque es un importante anunciante, ojo con destapar que ese mismo holding cobró ayudas públicas contrarias a la libre competencia porque ambos empresa y administración son importantes anunciantes.

En la era digital el intrépido ciudadano no paga por la información, la hay a raudales, circula por internet de todos los colores. Y como necesitamos garantizar su veracidad, que la falsa es irrelevante, elegimos periódicos digitales de prestigio y reconocida solvencia. Y como no saben cómo retribuirse, nos inflan a publicidad emergente, muy incómoda y absolutamente insuficiente que deriva en despidos, trabajo precario, copia/pega y el uso indiscriminado de la nota de prensa. Cabeceras relegadas a ejercer de canal que transmite la información que elaboran otros: agencias, administraciones públicas y grandes corporaciones que pueden pagar profesionales. Noticias que se publican sin la mínima comprobación que exige la prudencia periodística, sin recursos para investigar ni para indagar en lo más cercano, para algo de crónica local.

El cuarto poder no existe como tal. De la información que nos llega no podemos garantizar su origen ni veracidad. Un ecosistema de empresarios, políticos y funcionarios que campan a sus anchas y dictan lo que leemos en prensa y escuchamos en la radio. A veces trasciende algún asunto, cuando surgen conflictos de interés entre quienes pelean por el poder, rivales que lavan sus diferencias en público para avanzar en la negociación. Brochazos de un lado y de otro, pero no se investiga/profundiza por falta de medios o por indicación expresa: una feroz huelga de empleados públicos que se desconvoca sin motivo aparente, un desvío de fondos, una supuesta irregularidad, cualquier hecho relevante del que nunca más se supo. Y trasiego de dinero que permite a la rueda seguir girando que nadie sabe muy bien en concepto de qué.

A la sociedad le interesa que haya prensa libre e independiente que investigue hasta las últimas consecuencias, que informe y que desmonte las noticias falsas. A la actividad económica y al empleo le interesa la trasparencia real. A la administración pública le interesa que se conozcan sus luces y sus sombras, combustible imprescindible para la mejora continua. Necesitamos prensa libre, profesional y que no sea un negocio. Vaya conclusión.

miércoles, 2 de enero de 2019

La verdad no interesa

No es cierto que la prensa sea el cuarto poder. Imposible, como actividad económica está sujeta a las reglas básicas del mercado y se debe a sus clientes que no siempre somos nosotros -lectores, oyentes, televidentes o internautas-, sufridos ciudadanos. Agravado por la coyuntura actual, en plena ebullición digital, sin un claro modelo de negocio, pagan más y mejor las administraciones públicas y el gran capital. En consecuencia, poco o nada del ansiado equilibrio: los medios de comunicación ni son capaces de controlar a los poderosos ni lo intentan con excesivo fervor por puro instinto de supervivencia. Realidad que se agrava en el ámbito local respecto a los hechos relevantes para la comunidad y la política doméstica.

La prensa libre como idea utópica, poco más, seamos realistas. Que la verdad circule con autonomía tiene potentes detractores entre quienes veneran (todavía) al Hobbes de “la información es poder” o entre quienes incumplen las normas en beneficio propio, por poner un par de ejemplos, complete usted la lista. Y es que la prensa libre, en su caso, crearía damnificados, claro está: todos los que aparezcan en esa relación, nada indefensos y con muchos recursos.

La verdad funciona a favor del interés general a largo plazo en pro del bienestar de las personas, para dotar de eficacia a la democracia, para crear las condiciones de la sana competencia, para castigar las malas conductas. Admitamos la mentirijilla piadosa ligada a la sinceridad gratuita, tan dañina, y contemos la verdad, todo son ventajas. La sociedad gana y el malandrín pierde. Verdad y transparencia. Que sea verdad y que se sepa.

Falta encontrar a ese alguien que cuente la verdad, que escuche a las fuentes, que investigue y contraste, que redacte con enfoque y comunique a través de los medios -medios hipotética e igualmente libres-, en definitiva, gente dispuesta al ejercicio del periodismo. De eso sí que hay, doy fe, con vocación, profesión y ganas. El reto: encontrar cómo remunerar ese trabajo y cómo pagar el soporte para abrir y mantener un canal capaz de llegar a muchas personas, a la tribu. Porque quien paga manda, con sus alternativas habituales: la venta de ejemplares, suscripciones y promociones, la publicidad, la recepción de subvenciones o ayudas de la administración pública, la colaboración de lobbies empresariales, partidos políticos y de otros grupos de presión. Las primeras -insuficientes- las paga el receptor y las demás el emisor.

En el mundo del internet-del-todo-gratis, póngale comillas, las noticias no se difunden por su relevancia ni como mecanismo de control ni para el fomento del sano juego democrático. Ni siquiera somos capaces de distinguir la verdad de la mentira. Circula información atómica, atomizada desde el terminal de cualquier desaprensivo en Moscú o en Guadalajara. Las “fake news”, el esperpento de la inocentada cotidiana, la manipulación intencionada de los algoritmos que muestran contenido en las redes sociales que nos convierten en víctimas de la tecnología. Antes estábamos en manos de los magnates de la prensa y ahora ni siquiera sabemos quién nos manipula.

En conclusión: 1) la verdad le conviene a la sociedad, como ente colectivo formada por individuos que conviven en un territorio, para dotarla de libertad y garantizar la democracia y 2) el coste de buscar la verdad, contrastarla, elaborar la información y difundirla no lo paga el ciudadano en el mundo del todo gratis ni debe sufragarse vía impuestos, en manos del poder político, ni vía patrocinio, condicionada por el poder económico. Cualquier alternativa se me antoja inviable. Pensé en una fundación independiente que reciba donaciones anónimas, pero requeriría de un patronato de voluntad inquebrantable y no me lo creo ni yo.