sábado, 17 de febrero de 2018

La guagüita de la solidaridad

Magia. Ya sé cómo acabar con las colas de la TF-5, el atasco en el acceso a Los Cristianos o la saturación de la terminal del Aeropuerto Tenerife Sur. Y no me he vuelto loco. La solución está en el PP, el llamado "presupuesto participativo", la gestión política que devuelve la democracia a la gente, el mecanismo que evita que "el elegido, en lugar de representar, sustituya al votante", como señaló Olívio Dutra, exalcalde de la ciudad de Porto Alegre, al principio de los noventa. Mark Stevenson, un intrépido periodista británico, viajó hasta el sur de Brasil el año pasado y entrevistó a este y a otros pioneros para entender cómo funciona el sistema después de casi tres décadas, el de los "presupuestos participativos", copiado ya por muchas administraciones públicas, incluidas la ciudad de Nueva York y nuestra querida Santa Cruz. Y se me encendió la luz.

Contexto. Detalla Stevenson el caso de Belo Horizonte, un conglomerado urbano de varios millones de personas, muchas de las cuales viven en un entorno precario y con grandes deficiencias en servicios básicos. Describe cómo el ayuntamiento calcula para cada ejercicio el "Índice de Calidad de Vida Urbana" de cada barrio, a partir de múltiples indicadores como la facilidad o no para acceder a la educación, la vivienda o la sanidad, las comunicaciones o la delincuencia. Detectado dónde hace más falta, el consistorio elabora una primera lista de actuaciones que somete al debate ciudadano. Nótese que una herramienta de este tipo introduce objetividad en las decisiones políticas, pura tecnocracia pensará usted, pues no; veremos cómo ayuda a afianzar la democracia.

El cenit. Esa primera relación, junto a las propias que surgen de la participación popular, se discuten, unos proyectos se eligen y otros se descartan. Como siempre hay restricción presupuestaria, las iniciativas seleccionadas compiten entre sí y finalmente solo se ejecutan las que más apoyo reciben de entre los propios participantes. Y en este punto es cuando el proceso democrático alcanza su cenit, simple e implacable, porque para culminar la selección todos se suben a una guagua y recorren uno a uno todos los barrios en donde cada promotor explica el porqué y el para qué de su propuesta. Lejos de insistir con egoísmo en inversiones que les beneficiarían directamente, las personas normales, por lo general, se pliegan a la evidencia y ceden prioridad cuando constatan que alguno de los problemas que se pretende resolver es mucho más acuciante que el defendido. Dos al precio de uno: democracia y solidaridad.

A la guagua. Imagínese las posibilidades que tiene el método. Que el presidente del Cabildo de Gran Canaria sostiene que la carretera de La Aldea exige el mismo esfuerzo presupuestario que el cierre del anillo insular de Tenerife, pues lo montamos en la guagua y lo llevamos al Puerto de la Cruz -a él y a todos los vecinos de San Nicolás-, los invitamos al Loro Parque, a un helado y a pasar la noche, y los traemos de vuelta a coger el barco a primera hora para que disfruten en compañía de los miles de conductores durante las varias horas de caravana. Que en las Cortes no entienden la necesidad de dotar y cumplir el convenio de carreteras con Canarias, pues a la guagua -a sus señorías y todos los vecinos de Zamora- por la Autovía Ruta de la Plata primero y después de amanecida por Acentejo, por comparar.

Empatía. Y así con todo: mostrar el abandono. Participación ciudadana y responsabilidad colectiva, ni populismo ni neoliberalismo, se acabó la política convencional. Una nueva (vieja) forma de prosperar: corregir primero lo que está peor.

(Publicado en el periódico El Día el 17 de febrero de 2018)

sábado, 3 de febrero de 2018

La nieve del Teide

Experiencia única. De pequeño subimos un par de veces a ver la nieve en el Seat 1430 de mi padre, forrados con varias capas porque no teníamos verdadera ropa de abrigo. En realidad nunca vimos mucho más que algo de hielo acumulado en las zonas de sombra. Ya de mayor, un día nos deslizamos por las laderas nevadas cerca de El Portillo y algunos años después, una mañana de Reyes, con mi primo Eduardo, llegamos cerca de Izaña a ver nevar. Recuerdo también algún nevero junto al sendero del Pico Viejo y poco más; hasta ahí llegaba mi experiencia con el blanco elemento en el Parque Nacional. Pero en una ocasión, alojados en el Parador de Las Cañadas, cayó una nevada tremenda, como la de esta semana, y nos quedamos aislados. El paseo sobre la nieve virgen fue impresionante; el silencio, indescriptible. Bien equipados, bajamos a las Siete Cañadas, pasamos por el sanatorio hasta la base del Teide sin cruzarnos con nadie, sin escuchar un coche, solo viento y nieve, solos como exploradores en la Antártida. Una vivencia excepcional.

Ahora. Las carreteras a la cumbre están cerradas. Somos muchos, no estamos preparados para circular (ni sabemos) en estas condiciones de hielo y nieve, no abunda la sensatez ni las autoridades pueden garantizar la seguridad de los ciudadanos que desean pisar el manto blanco. La prohibición es lógica. Y la activación del "Operativo de nevadas" cuando se pueda, para permitir el acceso ordenado y sin riesgo. Pues eso, paciencia.

Pagar. Con extremada prudencia propone el Cabildo la introducción de servicios de pago en Las Cañadas, esté nevado o luzca el sol. Me parece lo propio. En todos los parques nacionales del mundo -admítame esta generalización no corroborada- se paga por la visita, no solo para abonar la prestación de actividades concretas, sino para rentabilizar el patrimonio natural en sí mismo. Los espacios naturales como fuente de riqueza, sostenible e inagotable. Garantía de satisfacción por el dinero desembolsado fuera de toda duda, además, porque el espectáculo no defrauda ni a la primera ni a la quinta sesión. "Pero a mí que no me cobren, que soy tinerfeño, ¡de pura cepa!", alegará usted para tratar de ahorrarse cuatro euros, aunque no encuentro argumento convincente que justifique por qué no debe pagar por disfrutar, si le apetece, de esta maravilla geológica. Los niños gratis, propongo: obligada excursión escolar para enseñarles a querer el planeta en el que viven y que recibirán en herencia a beneficio de inventario.

Racionalidad. Esto del medioambiente ya no está de moda. A la gente, cuando le preguntan en las encuestas, le importa un pepino. En comparación con el paro juvenil, las listas de espera en la sanidad o las colas de la TF5, aquello que ocurra con las tabaibas y los cardones ha perdido todo el interés. Tiene sentido, hemos asumido (por imposición) la protección de la mitad de nuestro territorio después de treinta años de aprobada la ley. Las iniciativas ambientales pierden componente emocional para ser tratadas de forma racional, problemas que se resuelven ahora con planteamientos técnicos. Avanzamos. Bienvenida cualquier propuesta que ponga en valor nuestros atractivos naturales, genere riqueza y requiera utilizar menos recursos públicos.

Profeta. Año de nieves, año de ya se sabe. Vaticinaba en esta misma columna que bastaba hacer creer que las cosas van bien para que pareciera que van bien, profecía autocumplida. En realidad, la vida sigue más o menos igual; piénselo: los indicadores socio-económicos no han mejorado sustancialmente ni el bienestar de las personas ni se han resuelto nuestros problemas estructurales. Y el turismo en máximos históricos, menos mal, pero no da para más.


(Publicado en el periódico El Día el 3 de febrero de 2018)