sábado, 20 de enero de 2018

La política del futuro

Acechan. Mi hijo busca en su móvil información sobre la última novedad tecnológica y al día
siguiente en mi muro de Facebook aparece publicidad de ese mismo aparato. Asusta. Compartimos un mismo paquete familiar de telefonía y acceso a internet, pero cada uno tiene su propio dispositivo. No sé cómo lo hacen, magia potagia. Imagino que un experto nos dirá que son las "cookies" o simples líneas de código que derivan información -con destino publicitario- que nosotros mismos habremos autorizado al aceptar las condiciones de uso del navegador o de las redes sociales. Nos vigilan a todas horas, a cada paso, a cada "click". Profético George Orwell con el Gran Hermano de su novela "1984". La tecnología al servicio de la imaginación o viceversa. Fascinante.

Vender. Se quedó corto Orwell. No sería en 1984 sino treinta años después; además, no hay personas que espían detrás de la pantalla, sino potentísimos algoritmos; no requiere confidentes, nos chivamos nosotros solos; no persigue censurar nuestra conducta, sino identificar qué nos interesa, y no se limita a investigar qué hacemos, sino también dónde estamos. La diferencia más relevante entre estos sistemas de vigilancia universal, el literario y el cibernético, el ficticio y el real, versa sobre su última motivación. En el primero, escrito al principio de la guerra fría, el autor propone la búsqueda del poder en sí mismo, el poder absoluto, la dominación mediante el control de la libertad individual. En esto de ahora, sin embargo, la finalidad parece mucho más peregrina: somos meros consumidores en potencia. Otra forma de dictadura, pensará usted, patrocinada por las grandes multinacionales que dominan el mundo. En cualquier caso, acceder a internet es una decisión voluntaria y activar los datos en el móvil, también. Nos sometemos al "ojo que todo ve" por pura conveniencia, porque nos facilita la vida y de qué manera.

Avanzamos. De aquel futuro "Mad-Max" nada de nada. La gente cada vez vive mejor, en Europa y en Botsuana; mejor no significa bien del todo, pero evidencia el avance. Ni siquiera el cambio climático acabará con la especie a corto ni a medio plazo. Que esos grados de más dañan ecosistemas es una evidencia catastrófica, sin duda, pero no se evalúa el efecto positivo sobre la agricultura, la de verdad, la de las grandes extensiones continentales, la que da de comer a la humanidad. No se deje convencer por quienes predican el Apocalipsis: no habrá falta de alimentos ni de petróleo ni de otras fuentes de energía ni, por tanto, de agua. Permanezco fiel al título de esta columna.

Innovar. Sin grandes conflictos mientras sepamos canalizar nuestro tiempo libre hacia el ocio y la cultura, hacia el bienestar como fin en sí mismo; trabajaremos menos porque no hará falta, porque la tecnología lo permite. El reto de la política moderna, la política de verdad, pasa por aceptar esa nueva realidad, proponer y establecer nuevos mecanismos para la recaudación de impuestos, la cohesión social, la prestación de servicios públicos y la consolidación de derechos.

Más debate. En esto soy menos optimista. Hace falta más sustancia gris, más intercambio constructivo, más discrepancia enriquecedora. Poca fe, porque crear una nueva forma de gestión política es incompatible con nuestro actual sistema de partidos, con su núcleo duro, sus "ideas fuerza", su adoctrinamiento y sus fotogénicos actores que siguen el guion. El patinazo de la diputada de Ciudadanos de esta semana, "que los perros sean personas", sic, preguntada sobre la igualdad de género, y que nadie (ni siquiera su propio grupo parlamentario) exija que devuelva el acta, confirma esta última reflexión. El futuro necesita de la Revolución... ¡de la gente lista!


(Publicado en ele periódico El Día el 20 de enero de 2018)

sábado, 6 de enero de 2018

Nacionalismo periférico

Del pasado. Los términos utilizados recientemente por el profesor, y diputado nacionalista, Juan Manuel García Ramos para analizar la coyuntura política en las Islas nos devuelven al siglo XX. Viejos dogmas que nadie se atreve a cuestionar: desarrollismo, sostenibilidad, superpoblación, consumo irresponsable de territorio, ultraperiferia, deterioro ecológico, reorientación del modelo productivo. Todo muy antiguo y catastrófico. El sistema económico supeditado a la aplicación de planes de acción formulados desde la administración pública, a reencontrar la agricultura y a potenciar la industria para rebajar nuestra dependencia del turismo. Doctrina que ha sustentado la acción política de los últimos veinte o treinta años, y que ha condicionado la producción legislativa autonómica y nuestras relaciones con Madrid, con Europa y con el resto del mundo. Filosofía que tuvo su momento estelar en 2003, con aquella manifestación masiva contra las torres de alta tensión que pretendían pasar por Vilaflor, instaladas finalmente junto a la TF-1 para gloria de sus promotores.

Del presente. Poco que objetar a la insistencia de un señor mayor, preparado y gran orador, coherente con su propia forma de pensar. Preocupante, sin embargo, que no se refute tales paradigmas, constatada su ineficacia por lo ocurrido con el paso del tiempo y felizmente superados por la globalización y la nueva era digital, fenómenos propios de estos últimos años que tienen y tendrán consecuencias directas sobre el funcionamiento de la economía y el bienestar de las personas. Ningún partido político, ninguno, ni los que venían a darle la vuelta al calcetín, ni el suyo propio ni sus coaligados hablan de ideología. La política actual renuncia a ella, se limita a gestionar un presupuesto, comportamiento que tiene el recorrido que tiene. Nada de sangre nueva -con espíritu crítico, inteligencia y ganas- que plantee nuevos argumentos acordes a nuestro tiempo. Si la hubiera, no se escucha, y es urgente que se manifieste.

Diagnóstico. Pensará usted que este inicio de año me ha nublado las entendederas, que nos tienen fritos a todas horas con todas esas ideologías enfrentadas entre sí: las izquierdas contra las derechas, los nacionalistas y los independentistas contra los unionistas, los antisistema contra todos, etcétera. Y puede que tenga parte de razón, pero solo parte, porque los bandos existen, es cierto, como jugadores del Risk que se atacan lanzando los dados. Poco más, porque con total seguridad ni los afiliados ni los candidatos tienen claro cuáles son las ideas fundamentales sobre las que se construye el proyecto político que defienden. Y hace falta. Ese es mi diagnóstico sobre el estado de la política española: la falta de ideología, la ausencia de voluntad e ideas para dejar la superficie y bucear hasta el fondo de los problemas reales de las personas; el fin último de todo este circo. Discrepará conmigo de nuevo, seguro, aunque no piense que me olvido de la corrupción ni de la endogamia ni de la falta de democracia interna, que, en el fondo, son consecuencia de esa ausencia de ideales y, por tanto, de valores.

Del futuro. La situación político-social de Cataluña brinda la oportunidad estratégica de hablar de ideología. Sobre todo a los partidos moderados periféricos, incluido el canario, que abrazaron el nacionalismo para distinguirse, que usan la marca para identificarse como partido local que defiende los intereses de los nativos. Una oportunidad única para alejarse del movimiento independentista y reivindicar cercanía, comprensión de las circunstancias propias, capacidad de decisión y posibilidad cierta de poder presionar para conseguir más, más dinero de los Presupuestos Generales del Estado, se entiende. Parar a afilar la sierra, como recomienda Stephen Covey, renovar el mensaje.

Del cielo. Llueve, al fin, regalo de los Reyes Magos.