sábado, 3 de marzo de 2018

Inquietante

Susto. Adivine quién se beneficia del actual revuelo con las pensiones. Quién está detrás de las
movilizaciones, de la indignación por ese 0,25% de mísera subida, quién gana y quién pierde al enfoguetar a nuestros desocupados mayores. Asustar a la gente, tremendo, el truco del almendruco de la política más rancia, estrategia electoral de los partidos de la renovación (vaya) que pretenden enfrentar a los jubilados contra el PP. Agitación callejera y asalto al poder. Inquietante que surta el efecto pretendido. La mecha muy corta y la mollera muy dura, pero no se deje engañar, porque las pensiones públicas no están en peligro mientras sobreviva el imperio de la ley, funcione el Banco Central Europeo y no caiga un meteorito de grandes dimensiones.

Indignación. Que le congelan el retiro, pues qué pena, qué dura es la vida. Pero modere la queja porque cobrar, usted cobra, puntualmente y todos los meses, su derecho adquirido sin discusión. Y como en España las pensiones no son una estafa piramidal usted no reembolsa de lo que aportó en su momento ni tampoco le pagan solo con lo que cotizamos los trabajadores actuales. El dinero sale de la caja única del Estado, que eso de la "hucha de las pensiones" no es más que otra engañifa, como las pulseras magnéticas o la homeopatía. Le sugiero que afloje el pistón con la reivindicación porque los sueldos de ahora no son los de antes, la población activa decrece, el paro sigue por las nubes, convivimos con el subempleo y los falsos autónomos, además nos inflan a impuestos para pagar su pensión, precisamente. Inquietante la falta de empatía de los puretas, su incapacidad de identificarse con los demás, para entendernos.

Previsión. Algo habrá que hacer a largo plazo con este asunto, subir las mínimas para garantizar cierta dignidad, limitar las máximas para compensar y aflojar los impuestos al trabajo que tienen tan poco sentido. De esto no se habla, ni de volver a fomentar la compra de vivienda propia como vehículo de ahorro, aunque solo sea para vivir dentro y para eludir los perversos efectos del alquiler vacacional. Y que cada cual se complemente la jubilación como le dé la gana. Inquietante que nadie prevea dejar escrito cómo quiere que se gestione su dinero y su patrimonio para ser atendido en la vejez cuando sobrevenga la dependencia, lotería de la que llevamos la mitad de los números.

Devoción. Esas personas bien vestidas y de buenos modales, con carteles portátiles y expositores, en cualquier esquina de la ciudad. No interactúan con los transeúntes, solo nos observan con avidez. Muy inquietante.

Suplicio. Entiendo que nos sorprenda un atasco puntual como consecuencia de un accidente, por ejemplo, pues te fastidias. Me cuesta aceptar, sin embargo, que haya quienes se chupan la caravana a diario durante veinte años. Algo tiene el agua cuando la bendicen y algo tendrá el Valle de La Orotava que justifica el tiempo perdido por tantas personas cada mañana. Debe ser que como vivo en Santa Cruz (fíjese) me estoy perdiendo por tolete una experiencia vital insuperable: imposible comparar el monótono amanecer sobre la mar atlántica frente a la excepcional puesta de sol del otro lado de la dorsal. O puede que, ciego de amor, no perciba las carencias del área metropolitana, inhóspita, sin bienestar real, sin calidad de vida suficiente para competir por esas horas perdidas en la carretera. Hay suelo, vivienda libre, transporte público, comercio, servicios básicos de primer orden. Inquietante que cambiar de residencia no se plantee siquiera como opción para dejar de sufrir las colas infinitas, solución simple, ecológica e inmediata, típica del optimista nato.

(Publicado en el periódico El Día el 3 de marzo de 2018)

sábado, 17 de febrero de 2018

La guagüita de la solidaridad

Magia. Ya sé cómo acabar con las colas de la TF-5, el atasco en el acceso a Los Cristianos o la saturación de la terminal del Aeropuerto Tenerife Sur. Y no me he vuelto loco. La solución está en el PP, el llamado "presupuesto participativo", la gestión política que devuelve la democracia a la gente, el mecanismo que evita que "el elegido, en lugar de representar, sustituya al votante", como señaló Olívio Dutra, exalcalde de la ciudad de Porto Alegre, al principio de los noventa. Mark Stevenson, un intrépido periodista británico, viajó hasta el sur de Brasil el año pasado y entrevistó a este y a otros pioneros para entender cómo funciona el sistema después de casi tres décadas, el de los "presupuestos participativos", copiado ya por muchas administraciones públicas, incluidas la ciudad de Nueva York y nuestra querida Santa Cruz. Y se me encendió la luz.

Contexto. Detalla Stevenson el caso de Belo Horizonte, un conglomerado urbano de varios millones de personas, muchas de las cuales viven en un entorno precario y con grandes deficiencias en servicios básicos. Describe cómo el ayuntamiento calcula para cada ejercicio el "Índice de Calidad de Vida Urbana" de cada barrio, a partir de múltiples indicadores como la facilidad o no para acceder a la educación, la vivienda o la sanidad, las comunicaciones o la delincuencia. Detectado dónde hace más falta, el consistorio elabora una primera lista de actuaciones que somete al debate ciudadano. Nótese que una herramienta de este tipo introduce objetividad en las decisiones políticas, pura tecnocracia pensará usted, pues no; veremos cómo ayuda a afianzar la democracia.

El cenit. Esa primera relación, junto a las propias que surgen de la participación popular, se discuten, unos proyectos se eligen y otros se descartan. Como siempre hay restricción presupuestaria, las iniciativas seleccionadas compiten entre sí y finalmente solo se ejecutan las que más apoyo reciben de entre los propios participantes. Y en este punto es cuando el proceso democrático alcanza su cenit, simple e implacable, porque para culminar la selección todos se suben a una guagua y recorren uno a uno todos los barrios en donde cada promotor explica el porqué y el para qué de su propuesta. Lejos de insistir con egoísmo en inversiones que les beneficiarían directamente, las personas normales, por lo general, se pliegan a la evidencia y ceden prioridad cuando constatan que alguno de los problemas que se pretende resolver es mucho más acuciante que el defendido. Dos al precio de uno: democracia y solidaridad.

A la guagua. Imagínese las posibilidades que tiene el método. Que el presidente del Cabildo de Gran Canaria sostiene que la carretera de La Aldea exige el mismo esfuerzo presupuestario que el cierre del anillo insular de Tenerife, pues lo montamos en la guagua y lo llevamos al Puerto de la Cruz -a él y a todos los vecinos de San Nicolás-, los invitamos al Loro Parque, a un helado y a pasar la noche, y los traemos de vuelta a coger el barco a primera hora para que disfruten en compañía de los miles de conductores durante las varias horas de caravana. Que en las Cortes no entienden la necesidad de dotar y cumplir el convenio de carreteras con Canarias, pues a la guagua -a sus señorías y todos los vecinos de Zamora- por la Autovía Ruta de la Plata primero y después de amanecida por Acentejo, por comparar.

Empatía. Y así con todo: mostrar el abandono. Participación ciudadana y responsabilidad colectiva, ni populismo ni neoliberalismo, se acabó la política convencional. Una nueva (vieja) forma de prosperar: corregir primero lo que está peor.

(Publicado en el periódico El Día el 17 de febrero de 2018)

sábado, 3 de febrero de 2018

La nieve del Teide

Experiencia única. De pequeño subimos un par de veces a ver la nieve en el Seat 1430 de mi padre, forrados con varias capas porque no teníamos verdadera ropa de abrigo. En realidad nunca vimos mucho más que algo de hielo acumulado en las zonas de sombra. Ya de mayor, un día nos deslizamos por las laderas nevadas cerca de El Portillo y algunos años después, una mañana de Reyes, con mi primo Eduardo, llegamos cerca de Izaña a ver nevar. Recuerdo también algún nevero junto al sendero del Pico Viejo y poco más; hasta ahí llegaba mi experiencia con el blanco elemento en el Parque Nacional. Pero en una ocasión, alojados en el Parador de Las Cañadas, cayó una nevada tremenda, como la de esta semana, y nos quedamos aislados. El paseo sobre la nieve virgen fue impresionante; el silencio, indescriptible. Bien equipados, bajamos a las Siete Cañadas, pasamos por el sanatorio hasta la base del Teide sin cruzarnos con nadie, sin escuchar un coche, solo viento y nieve, solos como exploradores en la Antártida. Una vivencia excepcional.

Ahora. Las carreteras a la cumbre están cerradas. Somos muchos, no estamos preparados para circular (ni sabemos) en estas condiciones de hielo y nieve, no abunda la sensatez ni las autoridades pueden garantizar la seguridad de los ciudadanos que desean pisar el manto blanco. La prohibición es lógica. Y la activación del "Operativo de nevadas" cuando se pueda, para permitir el acceso ordenado y sin riesgo. Pues eso, paciencia.

Pagar. Con extremada prudencia propone el Cabildo la introducción de servicios de pago en Las Cañadas, esté nevado o luzca el sol. Me parece lo propio. En todos los parques nacionales del mundo -admítame esta generalización no corroborada- se paga por la visita, no solo para abonar la prestación de actividades concretas, sino para rentabilizar el patrimonio natural en sí mismo. Los espacios naturales como fuente de riqueza, sostenible e inagotable. Garantía de satisfacción por el dinero desembolsado fuera de toda duda, además, porque el espectáculo no defrauda ni a la primera ni a la quinta sesión. "Pero a mí que no me cobren, que soy tinerfeño, ¡de pura cepa!", alegará usted para tratar de ahorrarse cuatro euros, aunque no encuentro argumento convincente que justifique por qué no debe pagar por disfrutar, si le apetece, de esta maravilla geológica. Los niños gratis, propongo: obligada excursión escolar para enseñarles a querer el planeta en el que viven y que recibirán en herencia a beneficio de inventario.

Racionalidad. Esto del medioambiente ya no está de moda. A la gente, cuando le preguntan en las encuestas, le importa un pepino. En comparación con el paro juvenil, las listas de espera en la sanidad o las colas de la TF5, aquello que ocurra con las tabaibas y los cardones ha perdido todo el interés. Tiene sentido, hemos asumido (por imposición) la protección de la mitad de nuestro territorio después de treinta años de aprobada la ley. Las iniciativas ambientales pierden componente emocional para ser tratadas de forma racional, problemas que se resuelven ahora con planteamientos técnicos. Avanzamos. Bienvenida cualquier propuesta que ponga en valor nuestros atractivos naturales, genere riqueza y requiera utilizar menos recursos públicos.

Profeta. Año de nieves, año de ya se sabe. Vaticinaba en esta misma columna que bastaba hacer creer que las cosas van bien para que pareciera que van bien, profecía autocumplida. En realidad, la vida sigue más o menos igual; piénselo: los indicadores socio-económicos no han mejorado sustancialmente ni el bienestar de las personas ni se han resuelto nuestros problemas estructurales. Y el turismo en máximos históricos, menos mal, pero no da para más.


(Publicado en el periódico El Día el 3 de febrero de 2018)

sábado, 20 de enero de 2018

La política del futuro

Acechan. Mi hijo busca en su móvil información sobre la última novedad tecnológica y al día
siguiente en mi muro de Facebook aparece publicidad de ese mismo aparato. Asusta. Compartimos un mismo paquete familiar de telefonía y acceso a internet, pero cada uno tiene su propio dispositivo. No sé cómo lo hacen, magia potagia. Imagino que un experto nos dirá que son las "cookies" o simples líneas de código que derivan información -con destino publicitario- que nosotros mismos habremos autorizado al aceptar las condiciones de uso del navegador o de las redes sociales. Nos vigilan a todas horas, a cada paso, a cada "click". Profético George Orwell con el Gran Hermano de su novela "1984". La tecnología al servicio de la imaginación o viceversa. Fascinante.

Vender. Se quedó corto Orwell. No sería en 1984 sino treinta años después; además, no hay personas que espían detrás de la pantalla, sino potentísimos algoritmos; no requiere confidentes, nos chivamos nosotros solos; no persigue censurar nuestra conducta, sino identificar qué nos interesa, y no se limita a investigar qué hacemos, sino también dónde estamos. La diferencia más relevante entre estos sistemas de vigilancia universal, el literario y el cibernético, el ficticio y el real, versa sobre su última motivación. En el primero, escrito al principio de la guerra fría, el autor propone la búsqueda del poder en sí mismo, el poder absoluto, la dominación mediante el control de la libertad individual. En esto de ahora, sin embargo, la finalidad parece mucho más peregrina: somos meros consumidores en potencia. Otra forma de dictadura, pensará usted, patrocinada por las grandes multinacionales que dominan el mundo. En cualquier caso, acceder a internet es una decisión voluntaria y activar los datos en el móvil, también. Nos sometemos al "ojo que todo ve" por pura conveniencia, porque nos facilita la vida y de qué manera.

Avanzamos. De aquel futuro "Mad-Max" nada de nada. La gente cada vez vive mejor, en Europa y en Botsuana; mejor no significa bien del todo, pero evidencia el avance. Ni siquiera el cambio climático acabará con la especie a corto ni a medio plazo. Que esos grados de más dañan ecosistemas es una evidencia catastrófica, sin duda, pero no se evalúa el efecto positivo sobre la agricultura, la de verdad, la de las grandes extensiones continentales, la que da de comer a la humanidad. No se deje convencer por quienes predican el Apocalipsis: no habrá falta de alimentos ni de petróleo ni de otras fuentes de energía ni, por tanto, de agua. Permanezco fiel al título de esta columna.

Innovar. Sin grandes conflictos mientras sepamos canalizar nuestro tiempo libre hacia el ocio y la cultura, hacia el bienestar como fin en sí mismo; trabajaremos menos porque no hará falta, porque la tecnología lo permite. El reto de la política moderna, la política de verdad, pasa por aceptar esa nueva realidad, proponer y establecer nuevos mecanismos para la recaudación de impuestos, la cohesión social, la prestación de servicios públicos y la consolidación de derechos.

Más debate. En esto soy menos optimista. Hace falta más sustancia gris, más intercambio constructivo, más discrepancia enriquecedora. Poca fe, porque crear una nueva forma de gestión política es incompatible con nuestro actual sistema de partidos, con su núcleo duro, sus "ideas fuerza", su adoctrinamiento y sus fotogénicos actores que siguen el guion. El patinazo de la diputada de Ciudadanos de esta semana, "que los perros sean personas", sic, preguntada sobre la igualdad de género, y que nadie (ni siquiera su propio grupo parlamentario) exija que devuelva el acta, confirma esta última reflexión. El futuro necesita de la Revolución... ¡de la gente lista!


(Publicado en ele periódico El Día el 20 de enero de 2018)

sábado, 6 de enero de 2018

Nacionalismo periférico

Del pasado. Los términos utilizados recientemente por el profesor, y diputado nacionalista, Juan Manuel García Ramos para analizar la coyuntura política en las Islas nos devuelven al siglo XX. Viejos dogmas que nadie se atreve a cuestionar: desarrollismo, sostenibilidad, superpoblación, consumo irresponsable de territorio, ultraperiferia, deterioro ecológico, reorientación del modelo productivo. Todo muy antiguo y catastrófico. El sistema económico supeditado a la aplicación de planes de acción formulados desde la administración pública, a reencontrar la agricultura y a potenciar la industria para rebajar nuestra dependencia del turismo. Doctrina que ha sustentado la acción política de los últimos veinte o treinta años, y que ha condicionado la producción legislativa autonómica y nuestras relaciones con Madrid, con Europa y con el resto del mundo. Filosofía que tuvo su momento estelar en 2003, con aquella manifestación masiva contra las torres de alta tensión que pretendían pasar por Vilaflor, instaladas finalmente junto a la TF-1 para gloria de sus promotores.

Del presente. Poco que objetar a la insistencia de un señor mayor, preparado y gran orador, coherente con su propia forma de pensar. Preocupante, sin embargo, que no se refute tales paradigmas, constatada su ineficacia por lo ocurrido con el paso del tiempo y felizmente superados por la globalización y la nueva era digital, fenómenos propios de estos últimos años que tienen y tendrán consecuencias directas sobre el funcionamiento de la economía y el bienestar de las personas. Ningún partido político, ninguno, ni los que venían a darle la vuelta al calcetín, ni el suyo propio ni sus coaligados hablan de ideología. La política actual renuncia a ella, se limita a gestionar un presupuesto, comportamiento que tiene el recorrido que tiene. Nada de sangre nueva -con espíritu crítico, inteligencia y ganas- que plantee nuevos argumentos acordes a nuestro tiempo. Si la hubiera, no se escucha, y es urgente que se manifieste.

Diagnóstico. Pensará usted que este inicio de año me ha nublado las entendederas, que nos tienen fritos a todas horas con todas esas ideologías enfrentadas entre sí: las izquierdas contra las derechas, los nacionalistas y los independentistas contra los unionistas, los antisistema contra todos, etcétera. Y puede que tenga parte de razón, pero solo parte, porque los bandos existen, es cierto, como jugadores del Risk que se atacan lanzando los dados. Poco más, porque con total seguridad ni los afiliados ni los candidatos tienen claro cuáles son las ideas fundamentales sobre las que se construye el proyecto político que defienden. Y hace falta. Ese es mi diagnóstico sobre el estado de la política española: la falta de ideología, la ausencia de voluntad e ideas para dejar la superficie y bucear hasta el fondo de los problemas reales de las personas; el fin último de todo este circo. Discrepará conmigo de nuevo, seguro, aunque no piense que me olvido de la corrupción ni de la endogamia ni de la falta de democracia interna, que, en el fondo, son consecuencia de esa ausencia de ideales y, por tanto, de valores.

Del futuro. La situación político-social de Cataluña brinda la oportunidad estratégica de hablar de ideología. Sobre todo a los partidos moderados periféricos, incluido el canario, que abrazaron el nacionalismo para distinguirse, que usan la marca para identificarse como partido local que defiende los intereses de los nativos. Una oportunidad única para alejarse del movimiento independentista y reivindicar cercanía, comprensión de las circunstancias propias, capacidad de decisión y posibilidad cierta de poder presionar para conseguir más, más dinero de los Presupuestos Generales del Estado, se entiende. Parar a afilar la sierra, como recomienda Stephen Covey, renovar el mensaje.

Del cielo. Llueve, al fin, regalo de los Reyes Magos.