viernes, 4 de agosto de 2017

La cooperativa


Qué pena. Participar en una cooperativa supone un ejercicio de confianza que no siempre todos están dispuestos a realizar. Porque la cooperativa no es un ente abstracto ni una organización anónima de la que nos podemos aprovechar. La cooperativa es la suma de los muchos productores individuales, esa es su fuerza. Una marca potente en sí misma que identifica riesgo y esfuerzo de partes iguales, que se defiende bien en el mercado gracias al aprecio del consumidor que entiende el beneficio colectivo y compartido.
Tampoco es una sociedad recreativa a la que vamos a pasarlo bien. La cooperativa es un instrumento para planificar cultivos, para empaquetar y sobre todo para comercializar. La economía de escala aporta valor y permite conseguir un mejor precio de venta. Porque el fin último es vender y cobrar, claro está, vender mucho, para que el volumen compense los costes fijos. La cooperativa hace de regulador y permite vender producto agrícola de manera continua, tal y como lo demanda el mercado. La única manera de ser proveedores fiables de las grandes superficies y las cadenas de supermercados que les importa poco el origen de la verdura o de la fruta, buscan precio, calidad y continuidad de suministro. Y eso se lo ofrecen los importadores, que ya se ocupan con eficacia de buscar de dónde traer cada cosa. O las cooperativas, si consiguieran organizar a sus agricultores.
La supervivencia de la cooperativa precisa confianza y respeto de los socios a unas normas básicas de funcionamiento. La tentación del dinero es muy grande y acecha en cada esquina: ¿por qué llevar mis tomates a la cooperativa si el gangochero me los paga de contado? Una decisión individual que perjudica a todos, también al pecador, que además de traicionar esa confianza no calcula que lo que saca de más lo acabará pagando por el otro lado. Porque los gangocheros, con menos costes, venden más barato, muchas veces sin declarar, botan el precio, obligan a la cooperativa a colocar incurriendo en pérdidas -tiene una estructura que pagar-, pérdidas que se reparten y se sufragan también a partes iguales. Qué pena: las cooperativas mueren asesinadas por sus socios desleales.
Sin canal para comercializar el agricultor se enfrenta solo al mercado. O atrapado en manos del gangochero -de sus propios intereses y de su manera poco ortodoxa de trabajar-, o bien enredado en atender su cultivo y buscar clientes, lanzar el córner y rematar a gol. El agricultor huérfano: solo para decidir qué plantar y cuándo, para presentar el producto en el embalaje adecuado, para el transporte, para la gestión comercial, para la venta, para facturar, para cobrar, para llevar los libros y liquidar los impuestos. Titánico esfuerzo. El agricultor de forma individual no puede garantizar continuidad de suministro ni variedad ni cantidad. Queda a la merced de la corriente: pequeño pez en un mercado competitivo y oscuro que alberga horrores. Y así, desconsolados, descubrimos que la cooperativa no era tan mala idea.
El presente. No volveremos a ver aquellas cooperativas con enormes almacenes ni tantísimo personal. El desarrollo tecnológico actual permite organizar productores y gestionar la comercialización de otra manera. Producciones ajustadas a la demanda de una agricultura moderna -la que podemos desarrollar en Canarias-, intensiva, de explotaciones de pequeño tamaño, con productos de alta calidad, fuera de temporada, exóticos. No solo vegetales sino también productos ganaderos y elaborados con carácter que incorporen el valor de nuestro acervo. Sistemas inteligentes que interactúan con el cliente final que ya no solo está en las Islas, sino también en Península y en Europa.
Nuevos escaparates on-line que ya funcionan capaces de exponer productos en mercados geográficos antes descartados que pedirán abastecerse en pequeñas partidas, que por fin son visibles y accesibles para un nuevo consumidor exigente. Una nueva oportunidad, distinta, mucho más rentable para agricultores profesionales que tendrán sus cosechas pre-compradas a un precio más atractivo, capaz de dinamizar nuestros campos y de atraer talento, iniciativa e inversión a nuestro agro.
Estos sistemas, este nuevo concepto de plataforma de comercialización, necesita también del compromiso y la confianza del agricultor, como individuo y como colectivo. La experiencia del pasado, ese fracaso del cooperativismo clásico, debe servir de enseñanza. No hablamos solo de innovación, de software y de procedimiento, sino de personas y de sus comportamientos responsables. La innovación nos traslada a un futuro deseable para el sector primario con mayor profesionalización, con protagonistas enfocados al negocio, al que se incorporen los jóvenes, donde la emprendiduría rural cobra especial sentido como nicho de generación de trabajo y de riqueza.

(Colaboración para el libro "Tejina 2017. Fiestas en honor a san Bartolomé", pág. 40)

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