sábado, 19 de agosto de 2017

Cuánto loco suelto

Terrible. No entiendo cuál es el triunfo que consigue la causa yihadista con la muerte de paseantes anónimos ni quién se alegra ni dónde ni por qué. Quiero pensar que son cuatro desalmados que se han creado un modo de vida a base de comerle el coco a gente sin corazón capaz de seguir tan macabras instrucciones en Niza, Londres o Barcelona. Una mafia que, como todas, fundamenta su negocio en el terror. Además de la contundencia policial debería trascender cuál es el negocio de esos cuatro que manejan los hilos, si se trata de venta de armas, tráfico de drogas o pura extorsión. Sin halo espiritual ni fin trascendente habría menos voluntarios dispuestos al sacrificio para cometer la tropelía.

Fobia. Entiendo la animadversión de los vecinos en ciertas ciudades tomadas por los turistas. La entiendo cuando el piso de enfrente, en tu rellano, lo dedican al alquiler vacacional y es ocupado habitual y reiteradamente por bien nutridos anglosajones, aficionados a beber y a la música electrónica. También la entiendo cuando la subida de precios desplaza a los residentes en el clímax del mercado inmobiliario, tan ávido de beneficios y siempre dispuesto a escuchar al mejor postor. Mas tiene solución: para luchar contra el desorden en la convivencia hay ordenanzas y para evitar que te echen del barrio de tus amores la vivienda en propiedad nunca fue mala idea.

Qué derecho. No entiendo, sin embargo, que la fobia desemboque en vandalismo o en molestar a los viandantes, sean turistas o no. Impresionado, confieso, con los mal encarados que hicieron una sólida cadena humana en una concurridísima playa de Cataluña que impedía a los veraneantes introducir sus tostados cuerpos en las aguas del Mediterráneo. Imagine a la guardia civil en la obligación de desalojar a los manifestantes (no les pagan lo suficiente) y a estos, en defensa de su reivindicación, invocando la transgresión de no sabemos qué derecho fundamental.

Aprovechar. Con esto de las microalgas me acordé de Rajoy en el Mundial de Sudáfrica en 2010*: la recién proclamada campeona felicitada por un presidente aturdido, "qué majos sois", vino a declarar ante las cámaras a una nación en crisis profunda, acostumbrada a perder en todo desde la batalla de Trafalgar. Me lamentaba entonces de la oportunidad desaprovechada por nuestro inane primer ministro de apelar a la humildad, el trabajo en equipo, la perseverancia y todas esas cualidades de la Roja cruciales para haber llegado a lo más alto, oportunidad para arengar al ciudadano a intentar lo propio para levantar un país deprimido en lo económico y en lo moral.

Microesas. Sean fenómeno natural o artificial, las colonias de cianobacterias han puesto de actualidad los vertidos de aguas residuales al mar. Un problema postergado por la opinión pública y por las autoridades competentes en favor de otros asuntos vaya usted a saber por qué. Eso tiene el sano ejercicio de la política que, al establecer prioridades por la limitación de recursos, deja pendientes cuestiones importantes. Regenerar el agua es una obligación legal, un compromiso medioambiental inexcusable y ahora, además, urgente. Porque lanzar al mar agua cargada de materia orgánica tiene efectos negativos, claro, y contraviene la teoría de la dilución infinita, felizmente superada. Decía que me acordé de Rajoy porque la versión oficial podría haber sostenido que las microalgas prosperan cuando la gente orina en el agua, como el reactivo aquel que teñía de rojo la piscina, ¿se acuerda? Imagine las consecuencias en cadena: todo el mundo aguantando las ganas y los de Costas desconcertados, obligados por la presión a permitir la instalación de baños que den servicio a nuestras playas; falta picardía.


[* esa anécdota de Rajoy ocurrió después de la final de la Eurocopa de 2012 en Kiev]

sábado, 5 de agosto de 2017

La ficción aumentada

Descubrir. Acostumbro a comentar con usted esas cosas que ocurren a nuestro alrededor que carecen del mínimo sentido común. Me encanta revelar "puntos ciegos" tal y como los describe el escritor libanés Amin Maalouf, esos matices de la realidad que la sociedad no es capaz de ver, injusticias y dogmas de fe que una vez superados nos avergüenzan porque destapan el abuso, la estupidez o ambas conductas tan frecuentes. La desconsideración de las leyes hacia las mujeres, por ejemplo, a las que hace apenas cuarenta años no permitían abrir una simple cuenta bancaria o el empleo masivo de la energía atómica sin sopesar sus riesgos reales, inherentes y persistentes -vaya enseñanza Chernóbil o Fukushima, qué necesidad-. Cuántos otros tan cerca de saltar por los aires como la práctica masiva de la economía sumergida o la insistencia en los nacionalismos con sus predecibles consecuencias de conflicto e insolidaridad.

Distinguir. La revolución de los dispositivos móviles, qué pasada, y sobre todo la capacidad y velocidad de las redes de datos que permiten ver vídeos que se descargan sobre la marcha o participar en complejas partidas multijugador. Fantástico, aunque no confundamos la herramienta. Las cinco pulgadas de nuestro "smartphone" están muy bien para chatear en WhatsApp y para las bobadas del Rubius, pero se quedan cortas para el último estreno de Marvel. Si no existiera el cine veríamos las películas de acción en el telefonillo, de acuerdo, pero no es el caso. Que el cine es caro, dirán en su descargo quienes sacan chepa y entrenan presbicia. Y es verdad, puede que sea caro -las cotufas especialmente-, cuestión de oferta y demanda quiero entender, y es que los cines están vacíos a pesar del espectáculo insuperable, la emoción, la música envolvente y la pantalla gigante que nos sumerge sin escapatoria en la ficción.

Sentir. No hay color, no es lo mismo reproducir la lista de Spotify que ver a U2 en el Olímpico de Barcelona. El rock no solo se oye, empapa.

Liberar. Que en la ciudad de San Francisco se ponga de moda ir al gimnasio a caminar en la cinta con vistas al océano Pacífico está muy bien, permite quemar estrés y contemplar la bruma; invento del hombre blanco al oeste de las Rocosas. Que en Santa Cruz emulemos al gringo tiene otro nombre: no habrá ramblas, avenidas, parques y playa para caminar sobre el terreno a la sombra de los laureles de Indias o bajo el sol primaveral. Que nos tragamos el humo de los coches, dirán en su defensa quienes han hecho la inversión en la maquinita. Y también llevan razón. He ahí otro punto ciego: la ciudad organizada para los coches, para que aparquen y circulen, en vez de considerar a las personas. Un asunto inaplazable para las próximas décadas: más espacio para caminar, menos humo y más vida en la calle. No tengo remedio, me sale el rejo, y eso que me propuse no hablar de política.

Disfrutar. Que en la vieja Italia añoren el Adriático de finales del verano lo podemos entender, qué maravilla. Que nos quieran vender un jacuzzi como experiencia sublime, en fin, habrá gente que no ha experimentado la espuma de nuestro mar en la batiente. La corriente nos arrastra al ámbito privado para contemplar el mundo; reivindico participar en él. Interactuar en las redes sociales es el presente, pero sin olvidar cómo entablar conversación en el bar. Somos seres relacionales que disfrutamos con la interacción en directo. Téngalo presente. En nada la tecnología permitirá producir alimentos para todos y los robots acapararán el trabajo manual: solo nos quedará el ocio. Quién lo diría.

(Publicado en el periódico El Día el 5 de agosto de 2017)

viernes, 4 de agosto de 2017

La cooperativa


Qué pena. Participar en una cooperativa supone un ejercicio de confianza que no siempre todos están dispuestos a realizar. Porque la cooperativa no es un ente abstracto ni una organización anónima de la que nos podemos aprovechar. La cooperativa es la suma de los muchos productores individuales, esa es su fuerza. Una marca potente en sí misma que identifica riesgo y esfuerzo de partes iguales, que se defiende bien en el mercado gracias al aprecio del consumidor que entiende el beneficio colectivo y compartido.
Tampoco es una sociedad recreativa a la que vamos a pasarlo bien. La cooperativa es un instrumento para planificar cultivos, para empaquetar y sobre todo para comercializar. La economía de escala aporta valor y permite conseguir un mejor precio de venta. Porque el fin último es vender y cobrar, claro está, vender mucho, para que el volumen compense los costes fijos. La cooperativa hace de regulador y permite vender producto agrícola de manera continua, tal y como lo demanda el mercado. La única manera de ser proveedores fiables de las grandes superficies y las cadenas de supermercados que les importa poco el origen de la verdura o de la fruta, buscan precio, calidad y continuidad de suministro. Y eso se lo ofrecen los importadores, que ya se ocupan con eficacia de buscar de dónde traer cada cosa. O las cooperativas, si consiguieran organizar a sus agricultores.
La supervivencia de la cooperativa precisa confianza y respeto de los socios a unas normas básicas de funcionamiento. La tentación del dinero es muy grande y acecha en cada esquina: ¿por qué llevar mis tomates a la cooperativa si el gangochero me los paga de contado? Una decisión individual que perjudica a todos, también al pecador, que además de traicionar esa confianza no calcula que lo que saca de más lo acabará pagando por el otro lado. Porque los gangocheros, con menos costes, venden más barato, muchas veces sin declarar, botan el precio, obligan a la cooperativa a colocar incurriendo en pérdidas -tiene una estructura que pagar-, pérdidas que se reparten y se sufragan también a partes iguales. Qué pena: las cooperativas mueren asesinadas por sus socios desleales.
Sin canal para comercializar el agricultor se enfrenta solo al mercado. O atrapado en manos del gangochero -de sus propios intereses y de su manera poco ortodoxa de trabajar-, o bien enredado en atender su cultivo y buscar clientes, lanzar el córner y rematar a gol. El agricultor huérfano: solo para decidir qué plantar y cuándo, para presentar el producto en el embalaje adecuado, para el transporte, para la gestión comercial, para la venta, para facturar, para cobrar, para llevar los libros y liquidar los impuestos. Titánico esfuerzo. El agricultor de forma individual no puede garantizar continuidad de suministro ni variedad ni cantidad. Queda a la merced de la corriente: pequeño pez en un mercado competitivo y oscuro que alberga horrores. Y así, desconsolados, descubrimos que la cooperativa no era tan mala idea.
El presente. No volveremos a ver aquellas cooperativas con enormes almacenes ni tantísimo personal. El desarrollo tecnológico actual permite organizar productores y gestionar la comercialización de otra manera. Producciones ajustadas a la demanda de una agricultura moderna -la que podemos desarrollar en Canarias-, intensiva, de explotaciones de pequeño tamaño, con productos de alta calidad, fuera de temporada, exóticos. No solo vegetales sino también productos ganaderos y elaborados con carácter que incorporen el valor de nuestro acervo. Sistemas inteligentes que interactúan con el cliente final que ya no solo está en las Islas, sino también en Península y en Europa.
Nuevos escaparates on-line que ya funcionan capaces de exponer productos en mercados geográficos antes descartados que pedirán abastecerse en pequeñas partidas, que por fin son visibles y accesibles para un nuevo consumidor exigente. Una nueva oportunidad, distinta, mucho más rentable para agricultores profesionales que tendrán sus cosechas pre-compradas a un precio más atractivo, capaz de dinamizar nuestros campos y de atraer talento, iniciativa e inversión a nuestro agro.
Estos sistemas, este nuevo concepto de plataforma de comercialización, necesita también del compromiso y la confianza del agricultor, como individuo y como colectivo. La experiencia del pasado, ese fracaso del cooperativismo clásico, debe servir de enseñanza. No hablamos solo de innovación, de software y de procedimiento, sino de personas y de sus comportamientos responsables. La innovación nos traslada a un futuro deseable para el sector primario con mayor profesionalización, con protagonistas enfocados al negocio, al que se incorporen los jóvenes, donde la emprendiduría rural cobra especial sentido como nicho de generación de trabajo y de riqueza.

(Colaboración para el libro "Tejina 2017. Fiestas en honor a san Bartolomé", pág. 40)