domingo, 23 de julio de 2017

Nosotros íbamos a Ten-Bel

El club. En Ten-Bel aprendí a nadar, montar en bicicleta y andar en pandilla; esas cosas que no se
olvidan. Un sitio de veraneo de verdad. Repetíamos. Libertad total con una rutina en evolución constate: desde pequeñitos hasta adultos, fueron muchos años, todos los veranos. Éramos tribu. Por la mañana a La Ballena, por la tarde a la piscina a Géminis, a Frontera o a Maravilla. Nos movíamos por todo aquello como peces en el agua. El ping-pong que servía de excusa para romper el hielo. El mar. Madrugar para salir a correr. Mi padre en el muellito con la caña de pescar, su gorra y una mano atrás. Y las olas... Podríamos hacer un club quienes, como a mí, al recordar la felicidad de aquellos momentos, nos embarga cierta nostalgia treinta años después. Me atreví y fuimos con los niños hace doce; estuvo bien, curiosa experiencia, aunque afloraba ya cierta decadencia. Dicen que ahora el abandono es total, qué pena; no he vuelto.

El negocio. De cómo funcionaba el modelo no entendía nada, claro, me contaron después. Ten-Bel nació como una lucrativa operación inmobiliaria bien organizada para un sólido proyecto turístico. Los apartamentos se vendieron desde el principio a inversores particulares, uno a uno, casi todos belgas, por una pequeña fortuna de la época. Los promotores explotaban y con los beneficios se pagaba el mantenimiento de piscinas, jardines y zonas comunes; gran negocio y bien financiado. No sé cómo se retribuía al propietario ni cómo podía disfrutarlo para su uso privado ni si el acuerdo de compra-venta incluía el compromiso de aprovechamiento y sus condiciones; quizás alguien pueda aportar luz en este extremo. Un caso de estudio, sin duda, para una escuela de negocios o para la Cátedra de Turismo, que permitirá esclarecer el origen del problema actual, aprender y evitar que vuelva a ocurrir en cualquier otro sitio.

La solución. Lo que ocurrió se puede intuir: con el paso del tiempo, a medida que los propietarios dedicaron sus apartamentos al uso particular, al alquiler vacacional o al residencial -fenómeno paulatino e imparable-, la actividad turística pierde fuelle hasta que deja de ser rentable y desaparece. Y entonces, sin recursos extra, son los dueños quienes deben hacerse cargo de todo. Y ya se sabe lo complejo de las comunidades de propietarios. Lo difícil que debe ser manejar "esta, nuestra comunidad" en tantos idiomas, con herederos perdidos por Europa, con residentes y turistas, para sufragar unos gastos muy altos tan poco habituales por la propia naturaleza de la urbanización. Ahí está el reto para el futuro, que alguien lidere, ponga orden y haga cumplir la ley de la propiedad horizontal (de la que soy fan, que conste, por bien pensada). Con un poco de arrojo y la ayuda del juzgado, la comunidad se quedaría con los apartamentos de los morosos, apartamentos que podría explotar para generar ingresos, bajar las aportaciones y recuperar esplendor.

La culpa. Dicen también que hubo irregularidades en el cese de la actividad por parte de la empresa explotadora e inacción municipal. Ahora que la justicia española se ha puesto a desmontar chiringuitos que parecían bastiones inexpugnables hay esperanza, que investigue y acote responsabilidades.

La enseñanza. Tengo por costumbre consumir en los sitios que me gustan y cuando no voy los recomiendo. Puro egoísmo porque mientras tengan éxito seguirán abiertos y podré disfrutar de ellos. No quiero descuento, que ganen dinero por idéntico razonamiento, que para llegar a ser adepto acepté sin peros la calidad, el precio y el atendimiento. Acuérdese, que luego nos pasa como con Ten-Bel, que ya no es lo que era y nos entra la llantina.

(Publicado en el periódico El Día el 23 de julio de 2017)

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