jueves, 14 de julio de 2016

La guerra de los mundos

Que la invasión del "rabo de gato" (Pennisetum setaceum) es uno de los grandes problemas
medioambientales de Canarias parece que ya está fuera de toda duda. La irreversibilidad del problema, dado el avance de la plaga, aunque dispusiéramos de recursos económicos infinitos, que no es el caso, parece también irrefutable. Diez mil semillas por planta y seis años de persistencia de la capacidad de germinación, el enemigo utiliza armas imbatibles.

Especie invasora que desplaza la flora local y con ella a toda su fauna asociada, invertebrados, reptiles y aves. He observado la convivencia pacífica con plantas propias del piso basal pero no encuentro en la bibliografía mención a qué ocurre realmente en series más largas, si el rabo de gato colapsa el desarrollo de las especies preexistentes, si impide su propagación natural hasta el exterminio, si afecta a unas especies determinadas o a todas, o si el nuevo invitado ocupa solo los espacios libres.

La alta capacidad de colonizar suelos degradados, consecuencia del pastoreo intensivo y persistente, terrenos removidos que no pueden considerarse suelo (taludes o escombreras) e incluso paredes naturales especialmente agrestes, ofrece una oportunidad que estamos obligados a investigar: su evidente adaptación para fijar o encontrar nutrientes, la mejora del sustrato con aportación de materia orgánica y las nuevas condiciones de humedad e insolación que crea a nivel del suelo.

Estas poblaciones de rabo de gato se han convertido, a empujones, en el primer estadío de la sucesión natural que ocurre en los ecosistemas cardonal-tabaibal y bosque termófilo por los biotopos que ocupan.

Y no son las únicas, el "tabaco moro" (Nicotiana glauca) es otra exótica habitual que acompaña en las primeras etapas a las gramíneas autóctonas de los géneros Hyparrhenia, Stipa, Lamarckia, Aristida o Cenchrus, a las aulagas (Launea arborescentes) o las magarzas del género Argyranthemum. Después vienen las tabaibas (Euphorbia balsamifera y E. berthelotii) y los verodes (Kleinia neriifolia), hasta el momento en que aparecen los cardones (Euphorbia canariensis) y todo su séquito de cornicales y tasaigos (Periploca laevigata y Rubia fruticosa), entre otras, los balos (Plocama pendula), tajinastes del género Echium y el resto de especies propias de ese piso de vegetación.

En espacios con más suelo y pluviometría, en los estadíos más avanzados, los sistemas naturales evolucionarían hacia el bosque termófilo, con guaydiles (Convolvulus floridus), dragos (Dracaena draco) y palmera canaria (Phoenix canariensis), como elementos más significativos.

El rabo de gato es el rey de la conquista, el más agresivo, el que emplea mejores técnicas de colonización... podría ser también una oportunidad para hacer madurar sistemas vegetales en entornos degradados. No tratar de eliminarlo por completo, misión imposible, sino solo actuar para dejar que prosperen otras especies, "hacer hueco" para que no ahogue a especies endémicas, que puedan liberar semillas y atraer a su fauna asociada. Esa tarea, la de liberar espacio requerirá, en cualquier caso, unos recursos muchos más asequibles.

Queda pendiente la investigación a fondo, ensayar cómo coexiste con otras plantas, estudiar si el rabo de gato puede ser la oportunidad de plantear reforestación de la vegetación propia del piso basal, tan importante en antiguas zonas de pastoreo de todas las islas. Mientras, mientras investigamos, al menos el suelo está protegido frente a la erosión, que no es poco.






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