sábado, 28 de mayo de 2016

Qué tendría que pasar...

(Publicado en el periódico El Día el 28 de mayo de 2016)

Para formar Gobierno. Lo improbable. No creo que debamos especular con una abstención en masa en la izquierda que aúpe al PP a una nueva mayoría absoluta. Ni tampoco concluir que la inacción del amortizado Rajoy desmovilice el voto de derechas en el mismo momento en que explote la conexión venezolana, por decir algo, que desprestigie definitivamente a Unid@s Podemos, alineación planetaria que impulsaría a Pedro Sánchez al estrellato: imposible. Imposible también que cualquiera de los grandes partidos constitucionales se pliegue a cerrar acuerdo de gobierno con la izquierda integrada por declarados independentistas. Igual de inverosímil que la gran coalición a la alemana renegada tres veces por manifiesta incompatibilidad. Se acerca la segunda vuelta con los mismos actores -reflejo de la falibilidad del oráculo- y los mismos argumentos que a nadie interesan ya, ni actores ni argumentos. Más de lo mismo, por desgracia, repetiremos además sin entusiasmo alguno, todos suspenden: votaremos solo para impedir que salga ese otro candidato que nos gusta menos aun.

Para poder gobernar. Transigir como única opción. Gestionar las minorías pero sin reproches y sin acritud, que la lista más votada forme Gobierno y que someta su gestión e iniciativas legislativas al escrutinio de la Cámara, día a día. Que la oposición actúe como tal para construir, no para destruir, como viene siendo habitual. Requiere que inhibirse en la sesión de investidura sea entendido como lo que es, no como un apoyo a la causa, sino como voluntad de desbloqueo y que la responsabilidad sea asumida por todos los elegidos y no solo por parte de los integrantes de esa inalcanzable mayoría. Abandonar la cantinela electoral, ejercicio inútil a estas alturas, y empezar a buscar soluciones con acuerdos o desacuerdos sobre cuestiones concretas. Y que cada cual explique el porqué de este o aquel posicionamiento político y justifique cada bloqueo o cada consenso. Eso es democracia, de la buena, menos descalificación, menos discrepancia peregrina y más búsqueda de soluciones prácticas.

En Canarias. Treinta y cuatro años de autonomía, siete islas sobre el mismo mar, felicidades.

Para una Canarias con futuro. Valentía. Y erradicar los tópicos formulados en otras épocas, esos mensajes que conforman todavía el sustento argumental de la política canaria de los últimos años. No seríamos ultraperiféricos con la quinta libertad aérea que uniría con eficiencia tres continentes, ni dependientes de la caridad del Estado con mayores facilidades en el intercambio económico, ni somos un territorio frágil como islas volcánicas forjadas por cataclismos magmáticos, ni hay escasez de suelo, ni la actividad agrícola es estratégica muy a nuestro pesar. Erradicar esta forma ineficaz de gestión que nos sitúa a la cola en toda estadística socio-económica. Una elección política, no lo olvidemos; se optó por este modelo de dependencia, generador a la postre de pobreza y paro estructural; nadie lo diría pero ahí está. Y puede que la filosofía de aquel nuevo REF impulsado en los setenta fuera bienintencionada, pero en otra situación demográfica, cuando no éramos potencia turística y no existía el mundo digital. Valentía para revisar quiénes somos, dónde estamos y negociar unas nuevas reglas del juego para el largo plazo.

Para un futuro con ilusión. Voluntad individual. No esperemos que surja un liderazgo espontáneo que sacuda las viejas estructuras y que consiga mejorar de un plumazo los servicios públicos o la economía de las empresas. Ni siquiera con leyes o políticas concretas condenadas a fracasar si los implicados no quieren. Los avances sociales surgen de la voluntad individual, cada uno en su pequeño ámbito de influencia. El reto es encontrar motivos para que cada cual deje de actuar en beneficio propio a corto plazo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Polaridad y revolución

(Publicado en el periódico El Día el 14 de mayo de 2016)

La izquierda. La ideología cede ante el deseo de poder. Los votos de IU buscan cobijo para conseguir escaños. Qué falta de orgullo y qué rápido se perdonan las ofensas sin exigir siquiera propósito de enmienda. "Yo seré presidente y ustedes diputados", promete Iglesias a los "rancios comunistas" -he said- con cálida condescendencia. Podemos, el partido, que iba de algo nuevo, ofrece su verdadera esencia y prescinde de primarias y de asambleas, no vaya a ser qué. Igual que los demás, refutará usted con toda razón, y a eso me refiero, son iguales a los demás quienes presumen de nuevos demócratas. Quienes sean de izquierdas harán piña, votarán por la nueva coalición de izquierdas y comulgarán con independentistas, antisistema y otras hordas, porque todo suma, esa es la idea. Pero no sé yo, porque el votante tiene también sus propias líneas rojas y votar por esta nueva coalición implica transigir muchísimo.

La derecha. Insisto en pronosticar la inminente salida del presidente en funciones de la carrera electoral, por la puerta grande, con honores de gran servidor de la patria y billete de vuelta al registro de Santa Pola a preparar la jubilación. No por iniciativa propia, claro está, sino por estrategia de partido: cualquier otro candidato facilita la victoria del PP, todos lo saben, y además permitiría la gran coalición en caso necesario. Juega con ventaja, el Partido Popular se entiende, porque la abstención con la ley d'Hont le dará más diputados a mismo número de votos. Aunque el PP recibirá más, esto es una segunda vuelta.

Los otros. Están apañados porque eso tiene la segunda vuelta, que hay descarte previo, descarte mental en nuestro sistema, pero descarte al fin y al cabo. Por eso Iglesias se empeña en ser la izquierda, maniobra y consigue afianzarse en un extremo. El PP ocupa el otro sin rival, nadie se atreve. PSOE y C's ya sabían que esto iba a ocurrir, la polarización del voto, y apostaron por retrasar las elecciones, por erosionar; esperaban quizás que Podemos se autodestruyera y que se destapara la enésima corruptela en el PP, la definitiva. Error, más tiempo, más sobrexposición, más hartazgo: han perdido la bandera de la moderación y lo pagarán. El PSOE tendrá que refundarse, una vez más, y lo hará. Y Ciudadanos escapa solo si el PP los necesita, que está por ver, una pena, vaya bluf de organización con buenas ideas; igualito que UPyD, en paz descanse.

Los nacionalistas. Los más radicales lo tienen crudo con las mareas, qué paradoja. Los más moderados tendrán la oportunidad de ser llave a poco que suba la abstención, que subirá mucho, si el PP se queda a las puertas de la mayoría absoluta. "Caras nuevas", pedía un dirigente de Coalición Canaria; no les queda otra: centrar el mensaje y poner en valor su presencia.

La nueva política. En la víspera nunca pasa nada. Aunque mañana tenemos motivos para rememorar el quinto aniversario de la Spanish revolution
, la de aquel 15 de mayo de 2011, importante momento histórico. La revolución que pretendía el pueblo no es Podemos, por mucho que se afanen en aceptar la herencia y enarbolar esa bandera; la revolución no es este "quítate tú para ponerme yo", la revolución tampoco es populismo viejuno ni rescatar el comunismo ni legitimar a los ocupas. En la revolución del 15M nos levantamos contra la corrupción política, contra los privilegios de algunos, contra la injusticia del fraude, contra un sistema excluyente. Los ciudadanos dijimos basta. Y algo ha cambiado: la conciencia colectiva de que las cosas hay que hacerlas de otra manera. ¡Viva la revolución!


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