sábado, 3 de octubre de 2015

La demolición de CC

(Publicado en el periódico El Día el 3 de octubre de 2015)

Territorio. Demoler y reconstruir, por ese orden. Con la legislación territorial hay que empezar de cero. Somos pobres y no nos podemos permitir unas leyes que impiden invertir. Dar el primer paso y que los afectados por la apertura en el uso del suelo, quienes ven amenazado su "statu quo" -el "lobby", si hablamos claro-, acepten que la sociedad canaria no funciona sin trabajo para todos. Cambiar de axiomas, que parecen bobos con tanto territorio "frágil y fragmentado", tanta "capacidad de carga" o con la "moratoria turística" en defensa del medio ambiente con millones de metros cuadrados ya machacados y urbanizados. Esloganes del nacionalismo de los noventa para una manera de hacer política que nos ha traído hasta aquí. Desafinar el piano para afinarlo de nuevo, esa es la técnica. Y habrá que ver quiénes son los integrantes del grupo de expertos que tiene el encargo y qué plantea. Aunque no sé yo, ¿expertos para una ley del territorio?, ¿expertos en qué materias y con qué fin? Porque hablamos de decisiones políticas, duras y controvertidas, que (los políticos) tendrán que defender frente a la oposición de los del "statu quo" y los del "no a todo". Decisiones políticas primero, Fernando, no escurras el bulto, y después que los expertos le den el empaque técnico que deba tener.

César Manrique. Nuestro adorado artista sería hoy condenado por terrorista ambiental. Imposible ejecutar cualquiera de sus proyectos por mucho que nos fascinen, permitan rentabilizar nuestro patrimonio natural o nos transporten a una experiencia mística. Subir al Teide estaría reservado a intrépidos montañeros, echar la arena en Las Teresitas, una entelequia, que ya hemos visto la que se monta por intentar dotar a la playa de servicios y aparcamientos. La férrea protección actual, disfrazada de ecologismo fanático, solo pretende controlar la competencia, afirmo, porque lo escaso (suelo, hoteles...) vale más y los propietarios defienden lo suyo. Ahora que empieza el debate me atrevo con una contribución gratuita: dejemos en paz los espacios naturales, con garantías, y aceptemos que cualquier actuación sobre el territorio es razonablemente reversible, que demoler y restaurar son cuestiones de voluntad y dinero; alcanzado tal nivel conceptual solo faltaría determinar quién se hará cargo de la restauración llegado el momento, el promotor mediante una tasa o la Administración en compensación por los beneficios que toda inversión aporta al bien común. Y por supuesto exigir proyectos de calidad y atender las alegaciones en la exposición pública. Escrito queda.

Millones. Que vienen de la UE a Canarias para fomentar el empleo, favorecer la investigación y el desarrollo tecnológico. Gestionar ese dinero requiere otra demolición controlada y repensar el sistema. Porque no basta con canalizar subvenciones ni emplearlo en gastos de estructura propia. La búsqueda de la rentabilidad a largo plazo en sectores estratégicos, que se consolide, mediante participaciones, como capital semilla o cualquiera de los nuevos mecanismos de financiación.

Fraude. Demoler las bases que sostienen la convivencia ciudadana es mucho más difícil. Porque vivimos en un país donde proliferan las pequeñas corruptelas y la moral pública permite al individuo justificar casi cualquier conducta. Y entonces, en un bar, comentan que fulano, al que todos envidian, se saca no-sé-cuántos-mil-euros al año por alquilar en negro su apartamento a los turistas y yo ni quiero saberlo ni me hace gracia. Y me da por pensar lo que nos cuesta cobrar a los profesionales, previa liquidación del IGIC, deducción del IRPF y pago de la cuota del autónomo; entereza.

Plenilunium. Un éxito, sin duda. Queda demostrado que los chicharreros somos de natural casero y que solo salimos a la calle cuando salimos todos, todos o ninguno.


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