martes, 15 de septiembre de 2015

Motivos éticos

Compartí experiencias con un colega compañero de profesión en la dirección de empresas. Comentábamos los conflictos que surgen cuando nos topamos con una conducta inadecuada por parte de la propiedad que afecta a la gestión del negocio. Es decir, cuando la empresa, su órgano de gobierno, pretende saltarse algún aspecto de la legislación vigente o inaplica alguna obligación, incluso moral, con alevosía, por decirlo con cautela.

Podría ser no tener en cuenta algún principio de las relaciones laborales, el pago de retribuciones, las cotizaciones, los horarios o cualquier otra cuestión que afecte a los trabajadores de la empresa. Podría ser el escaqueo de alguna obligación tributaria o la inobservancia premeditada de alguna obligación normativa. Incluso una discrecional política comercial que discrimine a unos clientes sobre otros, el empleo de ingeniería contable o el empleo de una trama de sociedades interpuestas para dar opacidad al reparto de beneficios. No solo cuestiones ilegales, que a veces también, sino comportamientos que son difíciles de explicar.

Francisco González, presidente de BBVA, sostiene que cualquier acción que realice una empresa -habla de la que él preside como una declaración de intenciones- debe ser "legal, ética y publicable", debe cumplir las tres condiciones. Una forma de moverse en el mundo empresarial que podría extrapolarse a cualquier sociedad mercantil o actividad profesional. La última de ellas, que sea publicable, una garantía autoimpuesta, en el sentido de exigir ser transparentes.

Coincidíamos en la incompatibilidad de la acción directiva cuando ocurre que la propiedad pretende reiterar esas conductas inapropiadas, no solo por el escaso interés de convertirnos en cómplices de la tropelía, sino también porque el trabajo profesional pierde interés, además de lo difícil que resulta estar alineados con un proyecto contaminado, por no decir imposible.

Coincidíamos también en lo complicado de gestionar una organización insana, porque siempre trascienden esas cuestiones inconfesables. Al final "se sabe" cómo se hacen las cosas y ese estilo acaba impregnando el día a día. Nadie admitiría un sistema de dirección por objetivos o de motivación por el logro en una organización cuyos resultados no fueran totalmente transparentes. En un negocio en el que el dueño mete la mano en la caja sin control, por poner un ejemplo, no hay seguridad de que alguna otra persona también lo haga.

El directivo que se encuentra con estas circunstancias debe intentar provocar los cambios necesarios para normalizar la situación. Si no puede, debe tomar la decisión de abandonar el proyecto, sin más, porque denunciar las irregularidades detectadas no es su responsabilidad y atentaría con el principio de confianza. La discreción es uno de los valores que se exige al directivo, la complicidad, no.

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