sábado, 13 de junio de 2015

Y ahora qué

(Publicado en el periódico El Día el 13 de junio de 2015)

Vocación. A ponerse a trabajar, que ya toca. La atonía trasciende la política y contagia también a las personas. Confirmado: siguen los mismos que no son los mismos, con bastantes pocas novedades. Queda claro que la gente no quiere mucho cambio. También estamos seguros de que la política no se va a regenerar solo con decirlo: cien días de gracia, de acuerdo, y algo más si hiciera falta. Expectantes, los ciudadanos (en minúsculas, que todo se pervierte) por ver si hacen algo distinto para salir de este pozo de desigualdad, de parálisis inducida y de negro futuro. Bastaría con derogar las mil trabas de los expedientes administrativos y eliminar la burocracia, esa que pretende dar garantías al sistema mientras acaba con él, con el propio sistema. Qué paradoja, creamos leyes y reglamentos para afianzar el sistema hasta que colapsa. Como antídoto menos "que hay de lo mío" y más vocación de servicio público.

Servicios. A eso se dedican los ayuntamientos que se constituyen hoy. Muy poco glamour, por cierto, y mucha responsabilidad. Se trata de planificar, ajustar costes, recaudar impuestos, disponer recursos, motivar trabajadores, implantar procedimientos, tramitar contratos, escuchar al contribuyente, resolver conflictos, tantas tareas ingratas. Nuevo, nuevo, solo el gobierno, porque el equipo humano es el mismo, por lo general altamente capacitado, algo desanimado y con especial aversión al cambio. El reto (apasionante) consiste en profesionalizar la organización municipal, enfocar la acción cotidiana a mejorar la calidad de vida de los vecinos y disponer de herramientas de control como garantía. El gobierno en tres pasos: qué hay que hacer, para qué y cómo se hace. Poco más. Orden, limpieza y desinfección: pim, pam, pum. El dinero para hacer más cosas saldrá del ahorro conseguido con la buena gestión.

Mentiras. Los grandes empresarios no ven la mejoría. Las variables macroeconómicas indican que la actividad crece al 3% en Canarias, pero cada uno en su sector describe una situación estancada. Aunque ya paró la caída, que no está mal, tampoco perciben el crecimiento. No crecer, apuntan, es perder: se deprecian los bienes de inversión y limita la capacidad de competir. Deberíamos entender, y así lo sugieren, que los buenos resultados están maquillados, que podría ser. Yo aceptaría la mentirijilla; por algo dicen los expertos que la economía es un estado de ánimo, pues arriba el optimismo. En realidad, es suficiente la percepción para que cada cual siga con sus planes, se decida a consumir, a hacer su vida, para que se mueva la rueda.

Startups. Son estas nuevas empresas que surgen con los avances tecnológicos, muy vinculadas al mundo de internet y a la nueva economía global. Nuevas ideas para comercializar, para comunicar, para facilitar procesos. Van muy rápido: nacen, crecen y se venden al mejor postor, normalmente a grandes multinacionales que han visto una forma eficaz (y barata) de externalizar la I+D. Se financian con avezados inversores amantes del riesgo que hacen su apuesta todo/nada. Confieso un sentimiento encontrado: hay dinero a corto con muchísimo riesgo para mayor gloria de las compañías globales y nada para inversiones a largo que generen economía local que repercuta en las personas de nuestro propio entorno. El déficit en residencias para mayores es escandaloso, el atraso tecnológico en agricultura imperdonable, la educación claramente mejorable... Habría que indagar por qué.

Paciencia. Si un amigo te da una puñalada por la espalda, desconfía de su amistad, que decía Les Luthiers. Qué barata se vende la lealtad. Importante que solo se den por aludidos los aludidos y que no se confundan, no piensen que emplearé la misma vehemencia en desquitarme que cuando defiendo mis ideas.

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