sábado, 21 de marzo de 2015

Ciudadano ni de izquierdas ni de derechas

(Publicado en el periódico El Día el 21 de marzo de 2015)

De centro. Quizás, pero tampoco. Difícil representar en ese obsoleto arco bidimensional la nueva ideología basada en favorecer el libre mercado para la actividad de las empresas y en apostar por servicios públicos que permitan igualdad de oportunidades. Además, la "sana competencia" de aplicación universal molesta en ambos extremos, proclives al monopolio funcionarial o empresarial, según el caso. La libertad de decidir ni se valora ni se defiende, a pesar de sus bondades para la economía y para el desarrollo de los individuos. La competencia, en un entorno de libre elección, nos hace mejores, nos obliga a crecer como profesionales y a exigir como consumidores... Una rueda que gira hacia la excelencia.

Competencia. El pan, por ejemplo, lo compramos en cualquier esquina, con matalahúva o sin ella, blanco o integral, a diferentes precios, cada cual elige a conveniencia. El mercado del pan funciona muy bien y está regulado: quien quiera fabricarlo y venderlo que cumpla las normas de seguridad alimentaria. Y no solo productos de consumo, la competencia sirve también para los servicios públicos. Si pudiéramos elegir con total libertad el colegio a donde mandar a nuestros hijos, los maestros de cada centro estarían obligados a vendernos su férreo compromiso, las actividades extraescolares o el testimonio feliz de antiguos alumnos, en unos habría lista de espera y en otros plazas vacantes. Igual con los médicos de la Seguridad Social, a criterio del usuario, y no creo que haga falta vincular las retribuciones al número de pacientes... No ser el peor es combustible suficiente para que se pongan las pilas. Corolario: abuso en el precio y/o menosprecio al consumidor evidencian un grave déficit de competencia.

Competente. Cada administración con sus competencias y no por capricho: se acabó la fiesta. La eliminación de las Diputaciones ya está sobre la mesa, acompañada por la inaplazable fusión de ayuntamientos. Si se trata de prestar servicios, que para eso están, el tamaño importa. La propuesta viene de los nuevos partidos, sin red clientelar que sostener, a ver si al final se atreven a mandar a casa a tantos miles de cargos públicos. Y en Canarias, por analogía, sobran los cabildos, monstruos engordados de manera artificial con las transferencias del Gobierno autónomo y cuya existencia no nos ha librado de los desequilibrios insulares. En las islas pequeñas bastaría una única administración local y en las grandes con cinco o seis municipios se podría atender al ciudadano con eficacia; el tratamiento de residuos y el transporte de pasajeros como servicios mancomunados y poco más. Siete sobre el mismo mar, pues eso. Habrá quien me tache de mal tinerfeño por pretender desmontar el chiringuito, los mismos que han permitido tremenda perversión.

Contundencia. La salida de tiesto de Bravo de Laguna, el presidente tránsfuga del Cabildo de Gran Canaria, se resuelve con una moción de censura. Ni se plantea. Después dirán que no entienden por qué la gente esta harta de tanta infidelidad consentida.

Propuestas. La potente maquinaria del plátano podría comandar la transformación de la agricultura en las islas. Una forma de poner en valor la subvención en un sector en mínimos históricos, que produce solo un raquítico 1% del PIB, sin futuro ni ideas para revertir la situación. Porque el plátano tiene medios y los mejores profesionales. Porque urge incorporar tecnología al campo canario, dedicar superficie y recursos a cultivos de valor destinados al mercado interior, para crear empleo y paliar la dependencia exterior. Además de impulsar organizaciones de productores que comercialicen, garanticen la trazabilidad y den cobertura a tanta actividad fuera del sistema. Ni izquierdas ni derechas, ideas para avanzar de frente.

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