sábado, 11 de octubre de 2014

Una dimisión más que justificada

(Publicado en el periódico El Día el 11 de octubre de 2013)

Solución. La única salida digna que le queda al Cabildo de Tenerife es intentar privatizar. Un campo de golf, una imprenta, un par de casinos, un cable submarino, una fábrica de yogures, un súperordenador, tiendas de artesanía, acciones del Teleférico, unas cuantas fundaciones ..., no solo las Bodegas Insulares. Porque el chiringuito se viene abajo con la nueva legislación que exige liquidar todas aquellas empresa públicas que no cumplan los parámetros de endeudamiento, y porque muy pocas funcionan. Aunque vender en tiempos de crisis y con la soga al cuello no es una táctica aceptable ni siquiera para obtener un mínimo precio razonable y, de hecho, las primeras subastas quedaron desiertas. Si la solución es privatizar, que estoy de acuerdo, si la actividad económica está mejor en manos de los particulares, ¿cómo justificamos la intervención pública?

Abducidos. La estrategia funcionó porque la "misión" invocada por sus promotores, tipos listos, fue absolutamente incontestable: apoyar a los agricultores y ganaderos, preservar el paisaje y luchar contra las multinacionales que vienen a saquearnos; defender "lo nuestro", en definitiva, mensaje que caló hasta el tuétano. La bandera de la "tinerfeñidad" envolvió toda una política de intervención en los mercados con la excusa de ordenar, de fomentar, de proteger. "Papá Cabildo" y su abrazo de oso hasta la asfixia. Increíble cómo, durante veinticinco años, la ciudadanía aplaudió la iniciativa pública y también cómo fallaron los controles, que no impidieron que una administración local sea titular del mayor holding de las Islas: tantísimos millones destinados a gastos impropios de la cosa pública. Carlos Alonso bien podría investigar cómo se justificó en los expedientes la salida del dinero para tales fines, qué dijo el interventor y qué vericueto legal encontró el secretario.

Incertidumbre. El castillo de naipes se desmorona delante de nuestras narices. No ahora sino desde hace tiempo, desde que cayeron las grandes cooperativas agrícolas en las que el Cabildo de Tenerife enterró inversiones, subvenciones y aportaciones, alguna en concurso de acreedores y otras salvadas in extremis al borde del precipicio. Siempre una escapada hacia adelante hacía la siguiente legislatura. No solo en el sector del vino queda todavía mucha responsabilidad que depurar. Ninguna, ninguna incertidumbre ni conjetura, los resultados son palpables: la política no funcionó y los que vengan que apechuguen. Ninguna dimisión más justificada que la de Ricardo Melchior cuando la vio venir y se quitó de en medio.

Desengaño. La situación estalla ahora con virulencia porque se ha destapado el fraude primigenio: el canto patriótico era mentira, ni nuestro campo ni nuestro acervo ni leche de machanga. Fue todo por la pasta. Y eso se llama traición.

Consecuencias. Explica el economista Tim Harford cómo el bajo precio de los coches de segunda mano se debe a que el comprador desconoce su estado y que, aunque esté dispuesto a pagar lo que haga falta, nunca estará seguro de no abonar de más por un vehículo que puede que no lo valga. Eso mismo ocurre con los vinos de Tenerife, primero por la práctica habitual de no retirar la añada anterior de los lineales (que no conserva la misma calidad), y ahora por la noticia contrastada de uvas y vino importados que se mezclan vaya usted a saber dónde y en qué proporción. Por eso las papas del país no valen nada, porque la Cooperativa de Benijos envasa con su marca tubérculos de Reino Unido y, aunque lo ponga en chiquitito, lo propio, lo que espera el consumidor, son las papitas del Valle con plena garantía de origen. Por eso las producciones agrícolas de Tenerife no valen nada, porque en el módulo de agricultores de Mercatenerife se venden productos de cualquier otra procedencia. Déjese de apoyos, luche contra el fraude y nada más, el resto es cosa del mercado.

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