sábado, 19 de julio de 2014

Desinsularizar

(Publicado en el periódico El Día el 19 de julio de 2014)

La mente. Porque el canario es isla y así se comporta. Cree mi tocayo Martín Carbajal que es necesario
desinsularizar lo público y lo privado, trascender el hecho insular para intentar una Canarias única. Fue su respuesta racional ante la demostrada incapacidad del empresario canario para plantear la conquista de nuevos mercados, para salir al extranjero o saltar de isla. Pablo habla de tara, nuestra idiosincrasia que nos incapacita. Brillante reflexión, sin duda, que nos conduce al siguiente paso: qué hacer o cómo avanzar. Porque desinsularizar, como idea, no deja de ser una utópica declaración de intenciones que tiene un difícil encaje como plan de acción o como proyecto político.

La gente. Qué es cómo es. Aquí pensamos que las decisiones se toman en el Sanedrín de Vegueta y allí están convencidos de que la hegemonía tinerfeña en el Gobierno arrima la sardina a las faldas del Teide. Aquí, que el empresariado canarión está hecho de otra pasta y allí, que el chicharrero se lo sabe montar muy bien. Puede que sea tan solo una interpretación de la realidad fundamentada en el desconocimiento mutuo. Rivalidad que se alimenta de intereses, no de cada isla, que como tales no tienen capacidad de actuar, sino de determinadas personas que obtienen beneficios para sí mismas. La política canaria está pensada en islas y así nos aleccionan, con evidente mala intención por parte de quienes desde los cabildos pretendieron, obtuvieron y aun conservan tantísimo poder. Los cabildos como poderosas máquinas de aislamiento programado, amigo Pablo. Desinsularizar requiere desafinar el piano para poder afinarlo, deconstruir Canarias para armarla de nuevo.

Equilibrio. Mantener el poder durante tantos años sin conflictos reseñables, ni siquiera con Gran Canaria, nos ha salido carísimo a Tenerife. El pleito insular tenía ese punto desagradable de la pelea entre hermanos, pero esto de ahora, debajo de las sábanas, en fin, lo podríamos llamar sumisión consentida. Ya lo decía Fernando Clavijo, lo importante para CC de mantener el poder a cualquier precio... ¿te acuerdas, Fernando, hace tantos años ya? Antes de desinsularizar deberíamos alcanzar el equilibrio. Su ausencia, que solo percibe quien viaja de Las Palmas a Tenerife y no entiende las colas en la Autopista del Norte o en la entrada a Las Chafiras o a la salida de San Jerónimo, porque allí hay túneles, viaductos y circunvalaciones; allí y en Fuerteventura y en La Palma y en todas las demás. El anillo insular lo veremos terminado en no sé cuántos años; la vía exterior, no estoy tan seguro. Además de las inversiones en Gando o en el puerto de La Luz o en el Doctor Negrín. Desinsularizar, estoy conforme, pero si partimos todos de la misma casilla de salida.

La conducta. Pensamos en clave insular, se lamentaban los empresarios, porque está en su naturaleza, sufren como el escorpión de Esopo. Una forma ancestral de hacer negocios basada en conseguir la licencia del monopolio o la representación exclusiva o la ayuda pública, para importar, para exportar, para ocupar el suelo, para lo que sea. Así funcionan los negocios en Canarias, con engaños al consumidor que nunca supo de la verdadera libre competencia, con privilegios desde el poder, con la desconfianza de quien sabe que "todos hacen lo mismo" y que esto "siempre" ha sido así. Llegados a este punto, que los empresarios sean como quieran, pero exijamos que se comporten conforme a las reglas del mercado y que confíen en sus equipos directivos para poder crecer. Desinsularizar requiere educación cosmopolita y fomentar la fusión de experiencias vitales, con otra política menos intervencionista y caciquil.

Como reto. Al fin y al cabo, trascender el hecho insular es aceptar la globalización como el futuro cierto que nos mantendrá en el Estado del bienestar y en la felicidad. Bravo, Pablo.

martes, 15 de julio de 2014

Para qué de la financiación

Años con esta historia: lo importante de la financiación para las empresas, lo malos que son los bancos que no prestan, lo imposible de la recuperación económica sin que fluya el crédito… pero, ¿por qué?, ¿para qué quiere dinero una empresa?

Para pagar, se entiende, sí, claro, pero ¿para pagar qué? Pues lo que haga falta… las nóminas o las compras o una nueva tecnología. Veamos…

Cualquier empresa para el tráfico mercantil necesita poder pagar aquellas inversiones que requiere para el negocio, los gastos en que incurra para producir aquello que venda, incluidos los de personal, y un stock de mercancías si se trata de una actividad comercial. El dinero lo saca de lo que le cobra a sus clientes, es decir, de las ventas, de los socios como fondos propios o de una entidad financiera que se lo preste, en su caso.

Si algunos proveedores nos dan un tiempo para pagar sus facturas necesitaremos menos dinero y si nosotros le damos crédito a nuestros clientes necesitaremos más. En un momento cualquiera de la vida de una empresa el dinero entra por las ventas, sale por los gastos y debe sobrar algo como beneficio del negocio. Todo este trasiego de dinero queda reflejado en el balance: lo que le deben a la empresa y lo invertido, en el activo, y lo que debe la empresa y lo aportado por los socios, en el pasivo.

Una empresa se plantea pedir financiación externa cuando pretende:
- invertir en mejorar su capacidad productiva,
- incrementar los stocks de mercancía,
- crecer en ventas con aumento en el saldo de clientes.

Todo ello con la previsión de vender más o de incurrir en menos gastos que permitan devolver el dinero y abonar los intereses de la operación de crédito. Como se refiere a un supuesto de futuro (pago ahora para cobrar más después), el análisis de riesgos debe determinar la capacidad de generar ingresos del negocio y las garantías que aporte el solicitante en caso de impago, ambas condiciones.

También puede ocurrir que la empresa no venda lo suficiente para hacer frente a sus obligaciones de pago y haya que buscar dinero para enjugar las pérdidas, para que no dificulten la marcha del día a día. Lo propio es que de las pérdidas se hagan cargo los socios, igual que lo hacen de las ganancias... para conseguir financiación externa en estos casos, primero habrá que elaborar el plan para reorganizar la actividad, que sea creíble y ejecutable, por razones obvias.

viernes, 4 de julio de 2014

Vergüenza

(Publicado en el periódico El Día el 4 de julio de 2014)

Limosna. Que haya que habilitar comedores escolares para que este verano miles de niños reciban una comida decente al día es lamentable. Ese vaso de jugo y ese bocadillo son la evidencia de un fracaso político estrepitoso, la evidencia de la quiebra de nuestra estructura social. Que el responsable dé una rueda de prensa para contarlo y se quede tan pancho demuestra, además, una enorme indiferencia, como si ocurriera en el Sudán, y que no hay límite para tratar de conseguir la medallita. Artiles lo puso de moda con su maratón solidario: la limosna en público porque somos tan buenos. Confieso que me escandaliza, me escandaliza que haya que montar el dispositivo de emergencia, me escandaliza que nos vendan esa moto y sobre todo que a nadie se le caiga la cara de vergüenza. Y habrá que hacerlo, claro, ofrecer esos desayunos, pero con pudor y mucha humildad y sin olvidar el origen del problema.

Conducta. Paulino Rivero y José Manuel Soria se pelean por sus cosas, avivan la cortina de humo y todo lo demás les da igual; el uno alienta un populismo que se nos volverá en contra y el otro que no quiere contravenir los poderes fácticos. La gente les da igual y no les da vergüenza. Nadie entona el mea culpa ni comparece para confesar su aflicción y su incapacidad para gestionar un sistema que permita a las personas sostener a sus familias y que impida que tantos dejen de luchar. Leyes intervencionistas y enredos burocráticos que dificultan las inversiones (el fundamento de la moratoria turística, por ejemplo, que yo todavía no entiendo), la aversión a reorganizar la Administración en busca de eficiencia y las mismas recetas para cocinar un futuro que dicen será mejor...

Fraude. Qué buena la campaña de Hacienda. Qué fácil desenmascarar cualquier situación en la que se perpetra el fraude cotidiano: la factura sin IVA -sin IGIC en Canarias- y sin hospitales y sin carreteras... Mejor explicado imposible. La pérdida de conciencia del origen y la propiedad del dinero facilita dilapidarlo y allana el camino del pequeño defraudador contumaz que justifica su comportamiento. Le exigimos a los políticos que cuiden cómo se gasta y también habrá que pedir al ciudadano que cumpla su parte, pero todos, porque si pagamos todos pagaremos menos. Hay quien lo formula de otra manera: paga tú que yo paso, que a mí así ya me viene bien... Generar vergüenza, buena estrategia.

Confianza. Me llegan historias de empresarios que lidian con sus grandes problemas, de su frustración y de su soledad; la época es mala y exige trabajar el doble para intentar ganar la mitad o, al menos, intentar ganar algo. Un empresario hecho a sí mismo, desanimado, sin fe y ningunas ganas, con una organización tan familiar que compromete las relaciones personales y la propia eficacia de la gestión. Se considera imprescindible y no se atreve a delegar en su personal ni en sus propios hijos, si es que aparece alguno que muestre interés. Imposible jubilarse, no cree en los profesionales ni piensa en su empresa como generadora de valor, como un mecanismo para obtener rendimiento del capital invertido. Y también escucho el relato de tantas traiciones: trabajadores que no se percatan de que su vida -lo laboral y lo que no- depende de que el negocio vaya bien ni de que, por eso mismo, son los principales interesados en arrimar el hombro; o ese encargado que robó, que robaba durante años; o aquel directivo que utilizaba la empresa para sus propios manejos. El verdadero pacto por el empleo, para mantenerlo y para crearlo, será el pacto de la confianza.

Felicidades. A quienes sacaron el curso. Y mucho ánimo a los que no pudieron para que no abandonen. La tribu depende de ustedes.

martes, 1 de julio de 2014

Auditoría de gestión en la empresa

Nada recomendable. Eso de contratar un consultor externo que audite el trabajo cotidiano de los diferentes departamentos de la empresa y nos diga qué falla y cómo podríamos corregirlo. No es recomendable porque una cosa es que la organización intuya cierta ineficacia en algunas tareas y otra bien distinta que aparezca un informe firmado por un profesional solvente con el detalle de todo lo que funciona mal. Una cosa es que los resultados negativos del negocio nos hagan tomar conciencia que debemos cuestionar cómo se gestiona de la empresa y otra bien distinta tener pruebas fehacientes para señalar a los culpables, sobre todo si lo que pretendemos es recobrar la senda de los beneficios.

No es una herramienta útil porque infunde pesimismo y desconfianza que no son compatibles con los procesos de cambio que habrá que acometer para relanzar la actividad.Entiendo la motivación de los socios, impotentes cuando descubren que los resultados menguan de manera recurrente y quieren saber qué pasa, pedir explicaciones y exigir responsabilidades. Tengo la experiencia al presentar el informe de auditoría de gestión: un verdadero desastre, una reacción comprensible y muy humana, con reproches, condena y solicitud de penitencia; más leña al fuego, más desánimo. Y puede que haya culpables aunque, por lo general, toda situación delicada es consecuencia de un cúmulo de despropósitos de la organización en su conjunto y la falta de diligencia en la toma de decisiones. Que toda la inoperancia se destape de golpe solo consigue que la empresa no sea capaz de digerirla.

La alternativa es pedirle a ese profesional externo que se involucre durante un tiempo en el día a día de la empresa, que se entienda con directivos y mandos intermedios para conocer el negocio por dentro, con capacidad para corregir las ineficiencias en el momento que se detectan y hacer partícipe al personal de la planificación y la búsqueda de soluciones. Muchos pequeños bucles de 1) análisis, 2) solución, 3) implantación de la solución, en los que participan los implicados que se sienten útiles y parte activa del cambio.

No buscamos culpables sino que las cosas funcionen mejor, no nos centramos en lo que está mal sino en cómo arreglarlo, no pedimos explicaciones sino compromiso con la nueva organización. Al final del proceso, si la propiedad lo solicita, podemos elaborar el informe con lo que estaba mal y cómo se corrigió, que no es lo mismo, aunque no creo yo que, llegado ese momento, tuviese mayor interés.