sábado, 5 de abril de 2014

Los casinos del régimen

Carlos Alonso lo explicó bien: como el del Puerto repite pérdidas y el de Las Américas le ha prestado
dinero, si quiebra el primero, arrastra al segundo, y eso él no lo puede permitir. No privatizarlos -que una empresa asuma el pasivo, se entiende- podría significar, afirmó, cubrir con dinero de los impuestos los veinte millones de deuda que acumula el invento, y eso él no lo puede permitir. Veinte o los que sean, que una hipotética quiebra deja también muchas obligaciones en la barra de hielo... aunque no todas las responsabilidades. Sus antecesores en el cargo -don Carlos es presidente del Cabildo de Tenerife, por cierto- sí que lo permitieron pero eso parece que no interesa mencionarlo.

No entiendo la discusión "privatizar sí" vs "privatizar no" porque no hay alternativa. Y es que si no llevan las empresas a concurso de acreedores -que puede que ya se den las causas objetivas- no les queda otra que intentar colocarlas. A Alonso le toca desmontar el tinglado de su padrino después de tantos años de patadita "pa'lante"; en el juego de la silla se acabó la música y quedó de pie, a pagar el pato, pero no es capaz de señalar a los culpables, insisto.

Y claro, la operación de saneamiento tiene sentido mientras no haya posibilidad de que otro operador obtenga licencia, quiero decir, mientras se mantenga el monopolio público de la ruleta. Melchior porfiaba cuando era tachado de bolchevique por la intervención pública directa en la actividad económica y he ahí la herencia recibida. Una pena, porque el juego es un atractivo potente para el turismo, el anglosajón es muy aficionado a dejarse los cuartos. Imposible avanzar, tanto lastre que soltar.


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