viernes, 25 de abril de 2014

Porque somos especiales

(Publicado en el periódico El Día el 25 de abril de 2014)

Santos. Nuestra prostituida democracia aconfesional aguanta incólume cualquier cosa. Y allí fue la troupe
de CC en comandita, a Roma, a pedir la bula papal, no sabemos si en viaje oficial o en peregrinación particular. "Emoción contenida" declaró Carlos Alonso en su condición de presidente del Cabildo, hablaba para la parroquia y puede que usted lo entienda pero yo no. Despilfarro, devoción o electoralismo que ya toca.

Responsables. De la política diferencial que se aplica en Canarias solo escuchamos el manido calificativo ultraperiférico en referencia a lo pobrecitos que somos y lo lejos que estamos. Podría parecer que es precisa la genuflexión para mantener la limosna al plátano o la subvención al transporte, pero no es cierto. Canarias goza de instrumentos fiscales de primer nivel para competir con cualquier otro destino que sueñe el gran capital -ese ente egoísta sin corazón que mueve la economía y genera puestos de trabajo- y solo nosotros somos responsables de su fracaso; sí, un evidente fracaso de paro, pobreza e incierto futuro. El REF, claro, igual de trascendente que desconocido, que permite a cualquier empresa casi no pagar impuestos para financiar su crecimiento o, si cumple determinados requisitos de inversión y creación de empleo, repartir dividendos después de liquidar un tipo ridículo del cuatro por ciento, por poner un par de ejemplos. ¿Quién da más? Nadie da tanto en un sitio civilizado con nuestro clima, tranquilidad e infraestructuras.

Incongruentes. Porque estas herramientas están pensadas para funcionar en un entorno de libre competencia pero Canarias es un mercado intervenido. Aquí solo se atreve el incauto emprendedor, más por entusiasmo que por estricto criterio técnico, porque el enredo burocrático y la inseguridad jurídica son de tal calado que todo beneficio fiscal resulta en vano. Un debate parlamentario, el de esta semana, sobre los hoteles y sus estrellas, para una regulación que pretende condicionar las decisiones de los inversores... porque aquí mandan sus señorías y no el capricho del cliente. Todo por defender el uso del suelo, dicen, de unos terrenos que llevan una década urbanizados. La fragilidad de nuestro territorio, vaya, otro mercado nacionalizado, con la que se trató de contener el desarrollismo desaforado (sin éxito) y tanta norma que solo sirve para poner pegas a las empresas. Y aun peor, unos incentivos fiscales para determinados negocios y para otros no, para los que ya funcionan no: una absurda discriminación que impide aprovechar la rebaja fiscal a cambio de no darle chance a un hipotético competidor.

Abrir la mano. El nuevo REF no cumplirá su objetivo (generar riqueza) si no cesan la burocracia, la intervención y el proteccionismo. Tampoco si no somos capaces de aflorar un potente elemento diferencial que convierta a Canarias en objeto del deseo. Y lo tenemos delante, porque la filosofía de la Zona Especial Canaria (ZEC) ya la compró Europa y permite obtener una mejora impositiva real y significativa. Bastaría con abrir la mano, eliminar la lista y que cualquier actividad, cualquiera, desarrollada en las Islas, que justifique inversiones e incremente plantilla, pueda acogerse a la tributación reducida. Que los empresarios del turismo se quejan, pues usted les dice que si invierten y crean empleo neto, pagarán menos impuestos, mucho menos. Que los industriales ven amenazada su cuota de mercado, pues usted les recuerda el AIEM y les invita a hacer lo propio. Que los constructores reclaman más dinero para la obra pública, pues usted les refresca las sentencias del Constitucional que liberan al Estado y los invita a la colaboración público-privada con idéntico beneficio fiscal.

Valientes. Alberto Génova, director general de tributos, que se atreve con la evidencia y afirmó que sobran ayuntamientos en Canarias, bravo. Y el sufrido vecino de Santa Cruz incapaz de contactar con las oficinas municipales: "todos nuestros operadores están ocupados", y tanto.

jueves, 24 de abril de 2014

Pagar impuestos

(Publicado en Caja Siete Con tu negocio el 24 de abril de 2014)

Es lo que toca. Un deber legal y moral, sí, porque contribuir al funcionamiento del sistema significa responsabilidad y solidaridad por parte del empresario, sociedad o persona física (aunque no siempre comparta en qué se gasta el dinero recaudado). Bien pensado, pagar impuestos también es sinónimo de una adecuada marcha del negocio, de hecho ganar dinero es uno de los fines -no el único- de la aventura empresarial. Quien liquida impuestos demuestra que las ventas son las adecuadas, que su estructura de costes está equilibrada y que gestiona una actividad rentable, que no está nada mal. Además, las aseguradoras de riesgo no pondrán pegas a cubrir las operaciones comerciales, las entidades bancarias serán proclives a financiar lo que haga falta (inversiones o crecimiento) y los accionistas estarán contentos porque obtienen rentabilidad del capital invertido.

La contabilidad -una verdadera cruz para muchos empresarios por incomprendida- es una potente herramienta para la gestión que permite describir y demostrar con precisión la marcha del negocio, además de servir para calcular los impuestos, para planificar y para tomar decisiones. Hay obligación de publicar las cuentas en el Registro Mercantil y de auditarlas a partir de cierto volumen; transparencia, en definitiva. La contabilidad debe ser reflejo fiel de la actividad desarrollada; transcurrido un tiempo, la relación de los ejercicios conforma la historia de la empresa, evidencia cómo ha sido administrada y cuánto vale.

Es frecuente en empresas pequeñas que quien elabora la contabilidad pretenda consignar menos ventas a las reales (la parte no tenida en cuenta será dinero negro… si llamamos a las cosas por su nombre) y, por tanto, inste al empresario a comprar de contado (para no tener gastos a su nombre) o a pagar retribuciones sin cotizarlas. “Para pagar menos Igic”, tratará de justificar, aunque sea mentira, ya que el impuesto indirecto lo asume entero el cliente final; “para pagar menos o nada del impuesto de sociedades”, insistirá, aunque no pueda saber si el negocio funciona, si es solvente, exponga a su cliente a riesgo fiscal (manipular la contabilidad y no pagar los tributos que corresponda son conductas que no se ajustan a la ley) y renuncie a considerar las ventajas de dar resultados positivos como ya enumeramos con anterioridad. El empresario sí que sabe cuánto vale su empresa por el esfuerzo invertido, lo propio es que los papeles también lo indiquen y que esté dispuesto a pagar algo por ello.

viernes, 11 de abril de 2014

Libertad

(Publicado en el periódico El Día el 11 de abril de 2014)

Cuenta el periodista italiano Indro Montanelli su conversación con un recién nombrado director del Corriere
della Sera, nuevo en la ciudad, que le preguntaba quién era la persona más influyente del Milán de aquellos días, "Usted", respondió tajante. El peso de la prensa, sí, que tanto asusta a los de siempre, a los del poder fáctico y el poder político. "Nuestra conducta debe ser legal, ética y publicable" según decía Francisco González, presidente de BBVA; publicable, eso es, capaz de superar la valoración de la opinión pública, afirmación que llevada a la práctica de forma estricta ha hecho de su entidad un referente a nivel global. El fin último de la prensa, de la prensa no servil, que condiciona el comportamiento de particulares, empresas y administraciones. Y su papel protagonista: "Influencia de la línea editorial de La Tarde en las inversiones portuarias en Santa Cruz de Tenerife" es el título de una tesis doctoral que se defendió en la Universidad de La Laguna en los años cincuenta del pasado siglo. Impresionante capacidad de los medios cuando se implican con el futuro de la sociedad de la que forman parte.

Cuando el Pleno del Parlamento de Canarias reprobó los editoriales de este periódico le daba la razón a su director-editor, molesto para los que mandan, para quienes cualquier planteamiento díscolo supone una amenaza a su status quo y toda crítica una evidencia de su frecuente ineptitud. Cuando los responsables políticos de estas islas vetaron la publicidad institucional en la principal cabecera de la comunidad autónoma por número de lectores, intentaban acorralar y subyugar la actividad periodística para que cesara en su afán de señalar las tropelías de sus líderes de pacotilla. Y no solo la institucional sino también la promoción propia de las empresas fieles al régimen o de aquellas que por cobardía no han sabido priorizar el interés de sus accionistas -al renunciar a una potentísima plataforma publicitaria- frente al compromiso clientelar. Cuando un gerifalte de la Cosa me llama para abroncarme por las denuncias vertidas en esta columna sé que he dado en el clavo... Pablito clavó un clavito.

Como en los chistes del gran Forges y sus ejercicios de agudeza visual para identificar quiénes se despertaron el pasado miércoles con resaca y gafas de sol después de celebrar que al fin se ven libres del azote. Muchos de los que no fueron capaces ni de mostrar el más mínimo respeto por un noble adversario, un personaje público, que jugó con la dialéctica, practicó la gota china con pasión y apostó su propio dinero contra la oligarquía ramplona para mantenerla a raya. Sí, el pueblo de Tenerife y de Canarias mantiene una deuda impagable con José Rodríguez, y no por su ideología -que podremos compartir o no- sino por la defensa activa de la libertad de expresión y los efectos que tal opción permite para el necesario y obligado equilibrio de poderes. Ni un matiz de censura en ninguna de las colaboraciones de opinión que a diario enriquecen esta cabecera, ninguno, sea cual fuere el color político o la diana o el argumento propuesto; libertad hasta el punto de poder discrepar con la postura editorial... no puedo decir lo mismo de otros medios en donde he tenido la oportunidad de publicar. Mi agradecimiento infinito a título póstumo.

Y ahora una nueva etapa, la tercera -o la cuarta, según se mire- a la que se enfrenta este centenario matutino, en una época de incertidumbre para la prensa escrita, en la que coexisten tantos deseos inconfesables y tremendo empeño para que desaparezca, para que abandone la crítica y deje actuar impunes a quienes pretenden abusar del ciudadano. Y he aquí la clave: que usted y yo, y el común de los mortales, entendamos la importancia del periodismo independiente como garante de nuestra preciada libertad.

sábado, 5 de abril de 2014

Los casinos del régimen

Carlos Alonso lo explicó bien: como el del Puerto repite pérdidas y el de Las Américas le ha prestado
dinero, si quiebra el primero, arrastra al segundo, y eso él no lo puede permitir. No privatizarlos -que una empresa asuma el pasivo, se entiende- podría significar, afirmó, cubrir con dinero de los impuestos los veinte millones de deuda que acumula el invento, y eso él no lo puede permitir. Veinte o los que sean, que una hipotética quiebra deja también muchas obligaciones en la barra de hielo... aunque no todas las responsabilidades. Sus antecesores en el cargo -don Carlos es presidente del Cabildo de Tenerife, por cierto- sí que lo permitieron pero eso parece que no interesa mencionarlo.

No entiendo la discusión "privatizar sí" vs "privatizar no" porque no hay alternativa. Y es que si no llevan las empresas a concurso de acreedores -que puede que ya se den las causas objetivas- no les queda otra que intentar colocarlas. A Alonso le toca desmontar el tinglado de su padrino después de tantos años de patadita "pa'lante"; en el juego de la silla se acabó la música y quedó de pie, a pagar el pato, pero no es capaz de señalar a los culpables, insisto.

Y claro, la operación de saneamiento tiene sentido mientras no haya posibilidad de que otro operador obtenga licencia, quiero decir, mientras se mantenga el monopolio público de la ruleta. Melchior porfiaba cuando era tachado de bolchevique por la intervención pública directa en la actividad económica y he ahí la herencia recibida. Una pena, porque el juego es un atractivo potente para el turismo, el anglosajón es muy aficionado a dejarse los cuartos. Imposible avanzar, tanto lastre que soltar.