domingo, 19 de enero de 2014

Buen tinerfeño

No sé si lo hago bien. Aunque pago mis impuestos, soy socio del Club Deportivo, me alegro cuando pierde Las Palmas, amo mi ciudad, Santa Cruz, sin rubor, conozco mi isla, pateo sus montes, disfruto de sus playas, me gustan los tintos de La Victoria y los blancos de Abona, me encanta el puchero, compro el pescado en la recova, trabajo aquí, me implico con los problemas de las personas, denuncio las injusticias, propongo ideas, ayudo a los empresarios en su difícil tarea, educo a mis hijos en valores, les enseño a querer a su tierra sin fanatismos y les hago potajes con su piña de millo.

No sé si soy un buen tinerfeño porque no comulgo con ruedas de molino. No aplaudo el intervencionismo en la economía de las instituciones públicas ni que se use dinero público para la actividad mercantil. No acepto que el criterio de unos pocos defina qué va a ser negocio en el futuro, llámeme incrédulo, pero puede que estén equivocados porque con el futuro siempre hay incertidumbre. No trago con la política del "qué hay de lo mío", del clientelismo, de los favores, de los lobbies y sus presiones, rechazo la política enfocada al interés de unos pocos en detrimento del interés general, rechazo la política del corto plazo.

No debo ser buen tinerfeño porque respeto a los empresarios y a los inversores que, con su sana ambición, se juegan sus cuartos y crean puestos de trabajo. Los respeto y los compadezco por el trato abusivo de políticos y funcionarios que los tienen tupidos a impuestos y enredados en la burocracia mientras la economía sumergida campea a sus anchas. No, no creo que sea buen tinerfeño porque no entiendo las subvenciones estructurales y permanentes sobre las que se sostiene no sabemos qué economía ficticia.

Definitivamente no soy buen tinerfeño porque denuncio la acción política de los últimos veinte años que nos deja el desempleo por encima del treinta por ciento, diez puntos por encima del resto de España, y cada vez más pobres, porque no me dejo engañar cuando la respuesta es que sin ellos, los de antes que son los mismos de ahora, que sin ellos el paro sería del treinta y siete. No lo soy porque no entiendo que permitamos gobernantes que se creen en la posesión absoluta de la verdad, que no escuchan y que actúan por mandato divino para salvarnos a todos nosotros de nuestra propia estupidez.

Fue ayer cuando me dijeron que criticar lo que hacen nuestros representantes en lo público no era de buen tinerfeño o cosa de ignorantes. Ya creo que lo tengo claro.

P.D.: No me parece correcto -llámeme como quiera- citar al interfecto. Adivine...

(Publicado también en Elblogoferoz.com)

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