miércoles, 16 de octubre de 2013

Canarias, ¿la última colonia?

Siete islas en el Atlántico con sus playas, sus volcanes y algo más de dos millones de habitantes -el cuatro y medio por ciento de la población española-. Una auténtica potencia mundial en turismo con más de diez millones de visitantes anuales (2013 en cifras récord) que no son suficientes para atajar ni reducir el paro que ya roza el treinta y cuatro por ciento. Frenazo en seco del próspero sector inmobiliario, escaso peso de la industria y un cultivo del plátano sostenido con dinero público. Ahora se debate la conveniencia de prospectar el fondo marino al este de Lanzarote y Fuerteventura en búsqueda de hidrocarburos cuyo hallazgo podría significar un cambio de suerte.
Escribía en ABC José María Carrascal del nacionalismo y lleva razón: “Cataluña parece la metrópoli, y el resto de España, la colonia” con su mayor nivel de vida, industrialización, PIB superior a la media y a casi todas las comunidades autónomas. Incontestables argumentos para desenmascarar al secesionista catalán, su reivindicación de independencia que nada tiene que ver con un movimiento de liberación sino con el afán controlador de sus elites ávidas de poder.
No es el caso de Canarias; Canarias está a la cola en todas las variables socioeconómicas y sí que tiene motivos para cuestionar su relación con España y con Europa. Son reiterados los incumplimientos con las Islas, desde el fallido plan de inversiones que el entonces presidente Rodríguez Zapatero firmó en 2009, hasta la reciente resolución del Tribunal Constitucional que exime al Estado de la obligación de invertir al menos igual que la media autonómica, tal y como recoge el REF -Régimen Económico y Fiscal- canario; obligación nunca satisfecha desde la aprobación de la Ley en 1972, dicho sea de paso. La no aplicación del IVA -sustituido por el IGIC (Impuesto general indirecto canario), varios puntos inferior- no impide que la cesta de la compra sea más cara y obliga a mantener la aduana del todo incompatible con la libre circulación de bienes y servicios que define el pacto europeo, además de obstáculo al comercio electrónico. La reserva del mercado del transporte marítimo Canarias-Península a compañías españolas, otra arcaica práctica sin mucho sentido en un mundo globalizado.
“¿Es esta una situación colonial? ¿O de discriminación?”, se preguntaba Carrascal en referencia a catalanes y vascos después de enumerar su liderazgo empresarial y político; no sabemos qué respondería en el caso de Canarias. Porque con Canarias la relación es de plena dependencia desde la sustitución de la ley de Puertos Francos que entrara en vigor en 1852; aquella era otra filosofía: comercia y búscate la vida. El REF actual, inducido y apoyado por intereses criollos, se basa en las aportaciones de los Presupuestos Generales del Estado, con ayudas directas -subvenciones y esas inversiones que no llegan-, mediante excepciones al devengo de determinados impuestos y alguna perla proteccionista que señala quiénes mueven los hilos en las Islas. Un fuero compensatorio que no funciona: en Canarias los datos estadísticos son peores en comparación con casi todas las demás regiones, diferencial que se incrementa cada ejercicio.
La concesión de la exploración a Repsol por parte del Ministerio le otorga el derecho a la extracción del petróleo si al final aparece, es decir, que las islas soportarían el riego de la actividad sin obtener ningún beneficio a cambio, ni siquiera vía recaudación de impuestos. El Gobierno de Canarias, incapaz de reconducir la situación ni de avanzar en el consenso, pretende impedir las prospecciones con trabas medioambientales. La posibilidad de que exista petróleo forma parte del ideario de la tímida corriente independentista canaria que lo ve como fuente de ingresos para el sostenimiento del nuevo Estado, según el modelo noruego. Con energía barata, moneda propia y más libertad comercial, el futuro de una Canarias independiente adquiere un nuevo matiz, una nueva posición desde la que capitanear el desarrollo pendiente del continente africano del que forma parte.
El canario se siente canario y profundamente español. Es querido allá donde va y hospitalario con quienes deciden establecerse en su jardín afortunado. Muy poco contestatario quizás por su condición de náufrago, amante apasionado de sus paisajes y de su libertad, ganada a pulso después de siglos de rancio caciquismo. Como en Cataluña, el ciudadano canario también necesita protección frente al nacionalismo, un particular “nacionalismo pedigüeño” habituado a poner la mano, necesita nuevos instrumentos para generar ilusión, inversiones y empleo, dignificar la relación con Madrid y Bruselas. Si Canarias es España, que lo sea.

(Publicado también en elblogoferoz.com)

1 comentario:

s a n d r a dijo...

Importan realmente los motivos que impulsan a una comunidad a querer independizarse? Económicos, culturales... Yo respeto y, desde mi ignorancia y, quizá, mi inocencia, admiro siempre a quién da un paso por cambiar su situación.
Si el movimiento es mayoritario, no debería de haber objeción, guste o no guste a los demás.
Dejemos hacer y admiremos. La gente de a pie nos deberíamos de preocupar de nuestros problemas mundanos, no de defender una lengua o de los presupuestos generales del Estado! Yo voto por vivir y dejar hacer.
Me consideraba de izquierdas, ya no. Me quedé sin etiquetar.

Un abrazo