jueves, 30 de mayo de 2013

Telemaratón

(Publicado en el periódico ABC el 30 de mayo de 2013)

        Confieso un sentimiento encontrado. Entiendo y lamento  la situación de necesidad extrema de tantas personas, pero me cuesta aceptar tanta visibilidad en el acto de la caridad. Algo obsceno tiene la limosna en público y esa (injustificada quizás) superioridad moral del “aquí tiene usted sus lentejas, pero no nos dé las gracias, es nuestro deber”. Lo peor, sin duda, el desfile de políticos para la foto, convencidos de que tienen que estar para no perder el tren de la solidaridad que es lo que vende: “próxima parada, Esperanza”. Somos secta, porque solo así podríamos explicar la ausencia de incidentes y tal adoración, capaz de justificar todas las conductas, incluso las que están en el origen de nuestros males. Las legumbres hacen milagros. Para todos estos, en el gobierno o en la oposición —para los cómplices—, protagonizar la ofrenda de alimentos es una manera de aceptar la evidencia de la pobreza y de paso aceptar también el fracaso de su propia gestión.
        Paulino no participó en el show pero se quedó con ganas. Esta semana, entretenido con la ley turística con la que pretende intervenir el sector al mejor estilo bolivariano. Insiste en un error que incentiva la no inversión y, por tanto, el paro; en esto tenemos experiencia. Tan importante es el turismo (dice) que comete con alevosía el crimen pasional: “La maté porque era mía”. Da mucho miedo que el parlamento se utilice para alterar las reglas del libre mercado, senda que conduce a más miseria, etcétera. Aclaro que no soy sospechoso de liberal a ultranza, que normas deben existir e inspección que persiga el fraude. Lo propuesto es otra cosa, han legislado para condicionar la estrategia de negocio de los operadores turísticos, ilusa pretensión, no saben que en ese tipo de decisiones mandan los deseos del consumidor.
        Para entender la motivación del desatino cabría una primera interpretación conspiratoria, que sus señorías defiendan —por dinero o por simpatía— los intereses de algún grupo de empresarios que le teme a la competencia, podría ser, ya nos enteraremos. Peor sería que estén convencidos y que de verdad se crean que la nueva regulación vaya a servir para algo bueno. Queda saber qué pasará con María del Mar Julios, que se saltó la disciplina de partido, hizo el gesto y votó en contra para contentar a sus votantes y a sus potenciales votantes, ella sí que sabe quién manda. Bien pensado, Rivero todavía está a tiempo de hacer algo grande (no se ría), porque resta negociar el nuevo REF, un reto apasionante, una oportunidad para el debate y después para el consenso. Si me lo permite, yo empezaría por eliminar la aduana y las subvenciones… que comience pues el telemaratón de ideas.

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