viernes, 8 de febrero de 2013

Loro viejo no aprende idiomas

(Publicado en el periódico El Día el 8 de febrero de 2013)

Bufones y mazmorras. Seguro que usted se acuerda de Jack Lemmon en "El apartamento" (1960), y seguro que he conseguido que sonría con la mera evocación de los líos con la guapa Shirley MacLaine. Para mí la demostración de lo avanzado del Estados Unidos de entonces: la naturalidad con que el personaje saca un plato preparado del congelador y lo calienta en el horno, la tecnología de las pequeñas cosas. En esas películas clásicas hay algo todavía más sorprendente, no sé si usted se ha percatado: la constante presencia de personas mayores, personas mayores que trabajan, participan y hacen su vida. ¿No se ha preguntado dónde están las personas mayores en España? Porque no se las ve en las empresas ni en la política, ya tuvieron su oportunidad, o eso parece, y ahora, castigadas, a ver la tele... No sé qué pensar de una sociedad que no respeta a sus mayores, ni de unos mayores que no se respetan a sí mismos: despachar experiencia es también un ejercicio de responsabilidad.

Mariano Rajoy. Pobriño. Observo una enorme falta de tablas. Sí, tablas, de esas que se adquiere con el ejercicio libre de vivir, de viajar, resultado del sabio mecanismo del aprendizaje de prueba y error. Pensará que esto lo digo desde la barrera, y es verdad, no sé cómo hubiera reaccionado yo ante semejante panorama. Y eso que ya tengo la edad de ser ministro, que con cuarenta y uno empezó Rajoy y con cuarenta y tres fue ZP investido presidente. A mí me falta recorrido, lo confieso, a pesar de llevar más de veinte años dedicado al mundo de la empresa y en tantos sectores como me ha arrastrado el ejercicio de mi rara profesión; me falta recorrido vital, debo aclarar, todavía no he podido con el "Ulises" de Joyce ni he templado el acero. Cómo será para ellos, que empezaron a los veintiséis en la política y no han hecho otra cosa. No sé qué pensar de un país que no valora la sabiduría ni el bagaje imprescindibles en el líder.

La Tavío . No sé por qué permite que la llamen así, con su bonito nombre, Cristina, como mi madre. Habló a toda página en este periódico, marcó su territorio de clase alta y lanzó un mensaje muy retrógrado para una natalidad tan baja: que la administración financie tratamientos de fertilidad a mujeres de edad avanzada -avanzada para ser madres, se entiende- para no coartar su carrera profesional. En mi opinión, el reto para las próximas generaciones es justo el contrario, que la maternidad no suponga sacrificio alguno: copiar lo bueno de nuestros socios europeos. Empezar por los horarios laborales, la educación, etcétera. "Criar un niño competitivo", dijiste, el pobre, qué presión, confórmate con que sea feliz.

Murgas. No me hacen gracia las murgas. Tampoco entiendo el cariz reivindicativo y me da que será difícil, si no imposible, reconducir los carnavales hacia la senda del humor intrascendente, como evasión de la cruda realidad. No sé, quizás evidencian la ausencia de oposición política y ejercen la protesta ciudadana con peluca y la cara pintada: defiende como murguero aquello que te tragas como votante. Una reflexión incorrecta: la fiesta que necesita de dinero público renuncia a la participación espontánea y se convierte en espectáculo.

Oferta de empleo. Un empresario que busca personal para su nuevo negocio. Al anuncio responden cientos de personas pero solo unas pocas cumplen con el perfil solicitado, muy pocas. Ni la experiencia ni la formación que requiere el puesto. El fenómeno fruto de la desesperación, está claro, pero también indica escaso amor propio. Quien se ofrece sin cumplir pensará que esa oportunidad podría ser cuestión de suerte. Pero un proceso selectivo no es un sorteo, no te expongas al rechazo, quiérete más.

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