jueves, 22 de noviembre de 2012

Invertir en empresas

(Publicado en el periódico El Día el 22 de noviembre de 2012)

NADA que hacer hasta que el dinero de los ahorros no abandone el sistema financiero y se invierta en la economía real. O son los bancos quienes financian la I+D+i y los nuevos proyectos, o tendremos que ser los particulares los que apostemos por las nuevas ideas. Los mercados financieros no dan más de sí sin actividad que los sostenga, sin inversión en bienes y servicios que espabile el consumo y genere empleo. No llego a entender esta tensa espera, todos pendientes del Gobierno del PP, que no puede, no quiere o no sabe lo que hay que hacer para impulsar el crecimiento.
Inversiones, eso es. Pequeñas inversiones que generen actividad. Cien mil euros en un depósito bancario reportan cuatro mil euros anuales a su titular; ese mismo dinero en una empresa significa, al menos, cinco puestos de trabajo directos, satisfacción de clientes, incentivo para proveedores, impuestos y un valor sólido a medio y largo plazo. Pero hay que arriesgar, me dirá usted, y tiene razón, habrá que discernir entonces qué tiene más riesgo: esperar el colapso del sistema financiero o participar en la economía, y no solo como meros espectadores/especuladores. Puede que sea genética nuestra inclinación a vivir de las rentas.
Hay ejemplos que niegan esta cruel afirmación. La biografía de Sventenius -el famoso naturalista sueco, íntimamente ligado al Jardín Botánico-, además de su incalculable legado científico, contiene un pasaje con trascendencia económica para Canarias: su participación, hace cincuenta años, fue determinante para la puesta en cultivo y la explotación comercial de muchas especies de flores y plantas ornamentales desconocidas hasta ese momento, como la estrelitzia, que fuera logotipo turístico de las Islas. Un sector activo que todavía exporta a muchos países.
Sin embargo, lo más significativo de esta historia, en mi opinión, el verdadero ejemplo, es cómo se forjó el proyecto que transformó el conocimiento, en este caso, de la flora de todo el mundo, en una sólida empresa. Fue Jorge Menéndez -insigne ingeniero agrónomo de quien tendremos que hablar en otra ocasión- el que reúne y convence a unos cuantos amigos para que aportaran el capital con el que constituyeron la mercantil Orquidario Lycaste, alquilaron una finca en La Vera y arrancaron una andadura empresarial que hoy en día da empleo a ochenta trabajadores. Una compañía pionera que, además, fue escuela de tantos otros que aprendieron las técnicas y luego se establecieron por su cuenta.
Unos cuantos amigos aportaron el capital... Parece imposible. Si a usted mis argumentos le tientan y esto de invertir en la economía real le parece buena cosa, no dude en ponerse en contacto conmigo. Muchas brillantes iniciativas esperan convertirse en empresas de éxito.

No hay comentarios: