jueves, 30 de agosto de 2012

El peso de la culpa (por los incendios forestales)

(Publicado en el periódico El Día el 30 de agosto de 2012)

LLORAMOS la pena por la laurisilva quemada, que parecía incombustible, protegida por la nube permanente del alisio, por el manto de los amantes gomeros, ¿dónde estaban? El enfado colectivo indica que el sentimiento está arraigado, todos concienciados. Son tantas las acusaciones vertidas que procede presentar pliego de descargo:
1. Imposible prever. Imposible controlar la acción del delincuente hasta que la ciencia descubra el gen pirómano y las leyes permitan la condena preventiva. ¿Cómo vigilar a esos pocos entre un millón que, por maldad, interés o simple estupidez, inician la catástrofe?
2. Difícil de prevenir. Porque en los montes hay combustible, claro, igual que hay agua en la mar salada. Forma parte de su esencia. Poco resuelve sacar unos cientos de camiones de pinocha o unas miles de horquetas. El progreso acabó con esa penosa actividad -aunque pueda parecer bucólica- y por fortuna los aprovechamientos artesanales son cosa del pasado.
3. La naturaleza es cruel. Y la ley clasifica como espacio natural protegido la inmensa mayoría de nuestras áreas forestales. Por eso los tratamientos selvícolas que se practican en Canarias persiguen ese fin: naturalizar un monte que fue esquilmado, repoblado y después abandonado. Y el fuego forma parte del ciclo de la vida: millones de años de evolución para que el pino canario adquiera la capacidad de soportarlo.
4. Medios suficientes. Los medios de lucha contra el fuego funcionan con eficacia en los primeros momentos. La estadística así lo demuestra: detección precoz (vigilancia), capacidad de respuesta inmediata (amplio despliegue en el territorio) y contundencia en la extinción (profesionalidad y recursos).
5. Imposible detener un tsunami. Porque así actúa el frente del incendio cuando se desboca, azuzado por el viento, o peor aun, porque cambia de dirección en un instante. Ni con mil hombres más, que no hubiera quien los gobierne para evitar una desgracia, toda prudencia es poca. A los grandes fuegos se les ataca y se les vence solo con astucia cuando el viento se confía.
6. Cobardía en la comunicación. Porque ningún responsable se atreve a decir que no se puede hacer nada para parar el avance del fuego voraz, que hay que esperar a que amaine. Y todos entienden de fútbol y piden aviones y critican el operativo y echan culpas y buscan (y encuentran) culpables.
Dicen que el abandono de fincas agrícolas es causa principal, la pérdida de tradiciones y bla, bla, bla, que si no se limpian los montes y otras monsergas. No sé, quizás habría que revisar la legislación que tanto prohíbe con ánimo proteccionista, porque puede, o eso parece, que poco protege. Y no hablo de incendios, sino de gestión territorial.

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