jueves, 9 de febrero de 2012

Tolerancia cero

(Publicado en el periódico El Día el 9 de febrero de 2012)

NI REFORMA laboral ni reforma financiera ni control del déficit. Que ya está bien, hombre, que ya está bien, que parecemos bobos. Esto es un pacto de Estado en toda regla para no mencionar la soga en casa del ahorcado. Ya me dirá usted para qué sirven todas esas medidas si no atajamos el problema de raíz, si no erradicamos el fraude, si no luchamos contra la economía sumergida de una vez por todas.
Permítame que insista porque, por lo visto, me he quedado solo. A nadie le importa. Somos un pueblo tolerante y así nos va. Y que conste que puedo llegar a entender la alegría del beneficiario de la tropelía, la que fuera, allá cada cual con su conciencia. Ahora bien, me resulta totalmente inadmisible que pretenda hacerme cómplice; que no, que yo no quiero saber el alcance del fraude, por favor, no busque ni mi indulgencia ni mi comprensión. No estoy para reírle la gracia a nadie, no sé usted. Prefiero no enterarme.
Quizás obedezca a nuestra herencia genética, esa risotada del público, en el bar, con las hazañas del parado que cobra subsidio y que trabaja en negro. No sé qué me molesta más, que lo haga o que lo cuente. "Si no fuera por la economía sumergida la gente pasaría hambre" se atreve a afirmar algún politicucho como ofrenda y justificación a sus parroquianos. Lamentable. Y es tal el desparpajo con que se narra el fraude que duele la falta de vergüenza. ¡Qué mal nos han educado! Y qué bueno que siempre haya a quien echarle la culpa. "Yo soy así", dijo Jack el Destripador.
Es tal el nivel de corrupción y tantas las ganas de satisfacer el interés particular de algunos, que el dinero del FROB -previsto para sanear las entidades financieras en dificultades- se ha usado para poner en la calle a miles de prejubilados con jugosísimas indemnizaciones y suntuosas prebendas hasta el día del juicio final. Millonarios que cobran el paro, claro, usted qué se piensa: el ciudadano apoquina por partida doble. Y mientras, el despedido, el pobre, se ríe, se ríe de usted y de mí y se vanagloria de su suerte. Dinero público para la reestructuración, menos personas que cotizan, más que cobran el subsidio, menos ingresos, más déficit público y más recortes..., y entramos en barrena, qué esperaba.
Puestos a buscar responsables por la crisis, canalicemos toda nuestra ira hacia tal caterva de defraudadores y sus cómplices: eliminar esas conductas nos sacará del pozo. Créame, mientras haya fraude el esfuerzo reformista es inútil. ¿A cuántos conoce usted? Yo ya decidí que no les voy a pasar ni una, pero oiga, sin acritud, ¡eh!; mera voluntad de supervivencia.

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