jueves, 25 de agosto de 2011

El desplome bursátil y la economía de ficción

(Publicado en el periódico El Día el 25 de agosto de 2011)

CON LA CAÍDA de la Bolsa perdemos todos. Y no hablo de dinero, sino del ánimo; sigue por los suelos la autoestima patria y no hay noticias alentadoras, mi capitán. Quizás usted piense que con el mercado de valores en números rojos algún inversor incauto también puede perder mucho dinero... si vende sus acciones, claro, lo cual -liquidar en temporada baja- no es nada aconsejable, es absurdo, ridículo incluso. Cabría preguntarnos por qué las convulsiones bursátiles son titular: "Baja la Bolsa, sube el pescado", sentenciaba Tip y Coll.
Cuando después de una sonora caída del Ibex leemos que "supone que las empresas españolas han perdido cerca de 60.000 millones de euros", habría que echarse a temblar ante el inminente cierre de todas ellas, los despidos en masa y la gigantesca deuda que quedaría pendiente. En realidad, no hay nada que temer; esas compañías ganan todavía mucho dinero con su actividad mercantil y reparten puntuales e interesantes dividendos. Esa noticia requiere traducción simultánea: "Las transacciones de compraventa de acciones de hoy se han cerrado a un precio tal que si quisieran venderlas todas sería probable que quienes las vendan recibieran esos miles de millones menos". Otro absurdo que nunca va a ocurrir, y si ocurriera no me lo creería, y si me lo creyera tampoco sería a ese el precio.
Al salir a Bolsa las empresas consiguen financiación: sus propietarios venden participaciones del negocio para crecer, consolidarse o reinventarse. El proceso incluye compromiso de transparencia en la gestión (control por parte de la CNMV) y la posibilidad de repartir beneficios; a cambio, estas acciones se compran y se venden en ese mercado regulado sin preguntar a quién al precio que se pacte en cada operación.
En el otro, en el mercado de bienes y servicios -más tangible-, mandan las ventas, los aciertos o fracasos de quienes consiguen que los clientes opten por una opción y no por otra. Triunfan quienes hacen las cosas bien, quienes innovan, quienes consiguen anticipar los gustos o los deseos del ciudadano. Todo este movimiento genera empleo y permite sostener el Estado del bienestar, que de eso se trata.
El mercado de valores se aleja de esta realidad y se mueve por impulsos distintos al equilibrio oferta-demanda. Usted, taimado inversor, nada tiene que hacer frente a la influencia de las enormes corporaciones, los tiburones de las finanzas y fondos de inversión que especulan y nunca pierden. El dinero, el dinero de verdad, no se crea ni se destruye, sólo cambia de sitio.
Y he ahí el reto "acongojado-político-que-acaba-de-llegar-al-cargo-y-no-sabe-qué-hacer-para-luchar-contra-el-paro", el reto de intentar que ese dinero que ahora juega en los mercados financieros se invierta en hoteles, campos de golf, industrias de transformación, explotaciones ganaderas o fincas de hortalizas. Empiece por el principio: simplifique los trámites.


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