jueves, 14 de julio de 2011

Grecia (quizás España) en suspensión de pagos

(Publicado en el periódico El Día el 14/07/2011)

LA UNIÓN Europea protege a los bancos alemanes, ¿hasta cuándo? Esperamos con curiosidad el traslado de las pérdidas a sus accionistas por tantas operaciones de préstamo fallidas y a que empiece a caer la bolsa de Frankfurt: baja el telón, fin de la función.
Los gestores públicos griegos han demostrado irresponsabilidad con el dinero dilapidado; los prestamistas alemanes aún más. Hay dos reglas de oro inquebrantables para quien se dedica al negocio bancario: que el prestatario tenga capacidad de pago y que aporte las garantías suficientes. Parece que en este caso no se cumple ninguna. Quien pide dinero y no puede devolverlo se mete en un lío; quien lo presta en tales circunstancias se pone en evidencia.
Del Egeo nos llegan noticias del abono de pensiones a funcionarios fallecidos o de las prejubilaciones de peluqueras por actividad peligrosa; picaresca light si la comparamos con nuestra vergonzosa realidad del PER, del absentismo laboral o de la retribución horaria de cualquier conductor de la basura varias veces superior a la de un ministro. Fenómenos vernáculos incompatibles con la pragmática flema de nuestros socios anglosajones.
Pero ha llegado la hora. Los diferenciales del interés de la deuda española alcanzan niveles de usura y la prima de riesgo raya el absurdo -¿qué empresa dispone de solvencia para asegurar tales emisiones de deuda?- además de resultar incomprensible (especulativa) si tenemos en cuenta la realidad de nuestro déficit público, muy por debajo del estadounidense, por poner un ejemplo paradigmático. Que un país como España se financie con deuda en época de recesión económica es lo propio, y no por ello debe pagar unos intereses desorbitados.
Gana la política liberal: la aclamada regulación del sistema financiero y la refundación del capitalismo las dejamos para otro momento, que ahora nos da la risa; vaya oportunidad perdida.
Al estado griego, instigado por los mercados que ya asoman espuma por la boca, solo le queda instar el concurso de acreedores, la antigua suspensión de pagos. Y como un país soberano no puede llegar a liquidación (bien podríamos imaginar las islas griegas bajo la soberanía del Deutsche Bank), la intervención acabará en convenio, en un acuerdo razonable para pagar lo adeudado. El administrador concursal no lo tendrá fácil, deberá oxigenar el sistema, levantar alfombras y poner a todos a trabajar. Cabría esperar escasa contestación ciudadana. Con media sonrisa confesarán: "Jamás pensamos que la avaricia de otros permitiera semejante despilfarro".
Qué importante resulta tener peso internacional, qué trascendente usar el sentido común, qué necesario anticipar un futuro cierto; qué cosa ajustar los gastos a los ingresos; qué simple luchar por la regulación de los mercados financieros; cuánta lógica en buscar el consenso para el bien común.

(Pablo Zurita Espinosa es Ingeniero Agrónomo e Interim Manager)

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