miércoles, 6 de abril de 2011

La hora de la verdad


OCURRE cada cuatro años. Vaya suerte. Los ciudadanos podemos ejercer en libertad nuestro derecho al voto. Y es secreto, íntimo, como sólo lo son otras pocas acciones de nuestra mundana existencia. Para mí siempre fue así, que de Franco y su régimen sólo me acuerdo del día sin colegio que tuvimos aquel noviembre y cómo en la tele -la única entonces- no pararon de poner dibujos animados. Qué buen epílogo a cuarenta años de dictadura: una jornada solemne de dibujos animados.
Ahora toca elegir a quien queremos que nos gobierne de entre los que se presentan, claro. Toca actuar con responsabilidad, castigar al que lo ha hecho mal y dar una oportunidad al que viene con las ideas claras, con ganas de hacer cosas. En esto debemos ser pragmáticos: como ciudadanos debemos considerar el interés general como única fórmula de llegar a satisfacer el interés propio. Sí, un juego de abstracción quizás, un ejercicio de respeto a tus vecinos y a ti mismo. La democracia se sustenta en la actitud responsable de los votantes, todos.
Necesario ejercicio de evaluación basada en premio y castigo. Premiamos a quienes lo hacen bien y castigamos a los que lo hacen mal. O así debería ser. Premiamos a quienes nos transmiten optimismo e ilusión y castigamos a quienes enredan, a quienes piensan en sus cosas en vez de en las cosas de todos. El derecho al voto nos hace personas libres, nos permite opinar, opinar de verdad: una decisión simple y trascendente.
Y va más allá de la pura ideología. Esto va de conducta; qué hacer ante los problemas que presenta nuestra existencia colectiva. Esto va de liderazgo; líderes reales que toman decisiones que nos atañen a todos, que nos afectan a todos. Esto va de capacidad; personas que conocen de lo que hablan, de cómo enfrentar los retos que impone la gestión de lo público. En definitiva, esto va en serio; trabajo ingrato, no apto para aficionados con buena voluntad; la buena voluntad no basta.
En esta época preelectoral resultan habituales tantas promesas de amor. Pero no hablamos de amor, sino de responsabilidad. El amor no trata de estas cosas terrenales; la política sí. Y nos confunden; como seres emocionales nos confunden. La política es algo mucho menos glamuroso de lo que nos hacen creer: el servicio público y la entrega, ingrato destino.
Votar. La participación ciudadana en estado puro. El deber individual. Tantos derechos adquiridos después de siglos de autoritarismo. La base del Estado del bienestar, que requiere un comportamiento honrado por nuestra parte, por parte de todos los mayores de dieciocho. Somos un pueblo afortunado, brillante futuro.


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