sábado, 27 de noviembre de 2010

"El plátano está crisis por la mala política arancelaria", dice

Francisco Rodríguez Díaz, presidente de Asociación de Productores de Plátanos de Canarias Asprocan en una entrevista que publica hoy Diario de Avisos. Y no pude dejar de contestarle.


Estimado Señor Rodríguez,

Se olvida usted del origen del problema: el plátano está en crisis porque los consumidores no lo compran a su precio. Los aranceles y otras subvenciones han intentado compensar esa realidad. El plátano está crisis pero esa política de subsidio ha supuesto pingües beneficios al sector y por eso cada vez hay más producción (usted mismo lo ha comentado). Cultivar plátanos no es rentable pero es una estupenda manera de obtener dinero público y así lo han entendido los que siguen poniendo en cultivo nuevas explotaciones. Su organización (lobby) se ha convertido en una máquina perfectamente engrasada para conseguir mover las voluntades políticas a favor de sus intereses, debe ser de las más eficaces de la UE. Felicidades por el trabajo bien hecho.

Usted sabe, aunque no lo diga, que esta situación del plátano no se sostiene en el tiempo. Ustedes juegan a estirar el chicle y les ha ido bien, por cierto. Lamentablemente transmiten un mensaje a la sociedad que no ayuda a la agricultura como actividad económica generadora de riqueza. Y es que han simplificado tanto el mensaje que llegan a decir convencidos que el problema del plátano es el arancel... ahí es nada, volveremos a los fielatos yendo a pie cambiado dentro de este mundo globalizado. Y, ¿sabe lo peor? que el debate sobre el fin del cultivo del plátano aun no se está produciendo y cuando nos coja el toro lo que hoy es un problema se convertirá en una desgracia.

La agricultura, señor Rodríguez, es una actividad económica y ustedes la tratan como una rara curiosidad etnográfica. La agricultura sustenta las más prósperas economías mundiales. Aquí no. Aquí la agricultura es un lastre con el que el resto de los ciudadanos tenemos que cargar. Y se acabará, téngalo por seguro. La sociedad civil llegará el momento en que se harte de escuchar las mil patrañas una y otra vez y llegará al límite: ni los plátanos conservan el paisaje (muros y plástico), ni son beneficiosos desde el punto de vista medio ambiental (residuos químicos y contaminación de acuíferos), ni generan puestos de trabajo (ni la mitad que cualquier otro cultivo destinado al consumo interior). Los ciudadanos descubrirán que es ustedes no son agricultores sino terratenientes que cultivan plátanos persiguiendo subvenciones, aunque haya pequeños productores familiares que se han acoplado al sistema.

Y el periodista le pregunta por las alternativas de cultivo y usted elude la respuesta. Mientras el 85% de los productos agrícolas que se consumen en Canarias entran por sus muelles, nosotros subvencionamos la exportación de producciones para las que no hay mercado que pague sus costes. Estará conmigo en que es una situación un tanto absurda. Alguien, algún día, lo descubrirá, hará números y desmontará esta ficción que tan cara nos sale, insisto. Y cuando se le sume las tarifas por la emisión de CO2 que ahí están, en la puerta, la cuestión se agrava sin solución.

No han sabido distinguir la calidad del plátano canario, se ha optado por fruta de mayor tamaño (para parecernos a los americanos) cuando el mercado demanda raciones individuales, se ha descuidado la presentación del producto al consumidor final, se ha pretendido luchar con precio cuando había que haber puesto en valor la calidad, se ha saturado el mercado porque a más producción, más subvención, lo que ha hundido los precios. ¿Qué más se puede hacer mal? Y toda esa incompetencia ustedes pretenden (y de momento lo consiguen) que sea sufragada con el dinero de los contribuyentes, que somos todos.

Las subvenciones son la herramienta perfecta para sufragar la transición a otra cosa. Aprovéchenlas, aprovechen que existen para analizar alternativas. El lobby podría ser una herramienta de presión perfecta para conseguir mejorar las condiciones de mercado, para luchar contra la economía sumergida que tanto daño hace a la agricultura, para exigir cambios normativos que pongan en valor las producciones locales. Por ejemplo, fijar el precio mínimo de venta al público de los productos agrícolas, para que compita la calidad y no el precio y se estabilice la cesta de la compra. En fin, imaginación y no empeñarnos en seguir ordeñando una vaca que ya no da más.

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