viernes, 1 de octubre de 2010

Negociación o confrontación



Se refería el presidente Rivero a la relación entre Canarias y el Estado. Quizás quiso decir que prefería la negociación al enfrentamiento. Porque confrontar posiciones es siempre deseable como punto de partida para alcanzar el acuerdo. La negociación disfrazada de imposición o chantaje. Existe una sutil diferencia. La negociación requiere que ambos interlocutores comprendan la postura del otro, precisa esfuerzo y voluntad de consenso.
No puede haber una gran distancia entre lo que unos y otros pretenden para Canarias o para el conjunto de los ciudadanos del Estado, ¿o sí? Aunque en realidad no sabemos ni de las intenciones ni del modelo que ambas partes proponen para el futuro de nuestras islas y discuten sólo por cuestiones puntuales, importantes, puede ser.
Un comportamiento político alejado del interés general que no beneficia ni a nosotros ni a ellos, si supiéramos identificar quién está en qué bando. Y no es trivial la necesidad de negociar España, una responsabilidad colectiva que precisa que las partes se escuchen, un ejercicio de escucha activa: a ver qué tiene cada una que aportar. A lo mejor resulta que nos gusta lo que nuestro adversario nos propone. Y qué grandeza el que hace suyas la ideas de otros por el bien común.
Sólo podemos estar con Paulino Rivero en su voluntad de negociar. Claro que sí, las relaciones de Canarias con España y con Europa necesitan una revisión, la actualidad apremia. Percibida la necesidad del cambio, que en esto estamos todos de acuerdo, nosotros y ellos, tal conducta, la de querer negociar, obliga a redefinir ese modelo, a procurar que nuestros interlocutores nos entiendan y a estar también dispuestos a escuchar.
Quizás sea el momento de cuestionar si debemos insistir en las subvenciones, los subsidios y las compensaciones, o si nos conviene ser un pelín más rígidos en el control del fraude o si resulta más rentable luchar contra la economía sumergida que tratar con fervor de fomentar el empleo.
Toda negociación es un proceso apasionante que no sabemos a dónde nos va a llevar, una oportunidad de aprender, de aprender a conocernos, de confrontar la bondad de nuestras ideas y proyectos. Y siempre podremos decir que no, y ellos también. Y no falla: con un proyecto común siempre podremos alcanzar el mejor acuerdo.

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