viernes, 29 de octubre de 2010

Lo anecdótico de lo rural en Canarias

(Publicado en Diario de Avisos el 28/10/2010)

El Gobierno de Canarias decide fusionar las Consejerías de Agricultura y Política Territorial como ya hizo el presidente Rodríguez Zapatero con los Ministerios de Medio Ambiente y de Agricultura en la primavera de 2008. Ya entonces comentábamos que la creación de aquel mastodonte administrativo (el actual MMAMRM) no tenía, en nuestra opinión, ningún sentido práctico ni político y denunciábamos los enormes problemas conceptuales de la decisión.
Desde un punto de vista técnico, protección y explotación son términos antagónicos, aunque se puede y debe explotar con cuidado. Las Administraciones Públicas crean departamentos específicos de gestión del medio ambiente cuando se pone de manifiesto, con toda la lógica del mundo, la necesidad de un instrumento político que garantice la protección de los valores naturales. La sensibilidad medioambiental que mucho tiene que ver con el nivel de bienestar social alcanzado.
La gestión de los parques nacionales, de los espacios naturales protegidos, de las zonas forestales y de la vida silvestre, es tarea indiscutible de un organismo público adalid en la conservación del patrimonio natural. El desarrollo, en su expresión más amplia, como consumidor implacable de recursos naturales, debe ser controlado.
Por otro lado, la agricultura. La maltrecha, incomprendida y subvencionada agricultura... que nos da de comer, ahí es nada. Actividad primaria, compendio de la producción agrícola y ganadera, de los cultivos y de la cría de animales. Definida como estratégica para Canarias. Las economías potentes actuales se sustentan, salvo raras excepciones coyunturales, en una agricultura potente, competitiva, excedentaria, exportadora y generadora de riqueza.
La agricultura, en su evolución tecnológica, libera recursos que el sistema económico utiliza en otros sectores. Libera trabajadores a medida que se implanta la mecanización, libera territorio a medida que se intensifica la producción y se mejora los rendimientos, libera agua mediante la utilización de técnicas de riego eficiente: en definitiva, excedentes en trabajadores, territorio y agua que permiten la expansión industrial y urbana y, con ella, la del sector servicios. La agricultura no es algo complementario ni algo de lo que podamos prescindir, no es lujo caprichoso ni debe ser considerada una pintoresca actividad del pasado ya superada.
En su pugna por los recursos naturales la actividad agraria compite con la conservación de la naturaleza que también los demanda: agua y territorio. Un terreno agrícola, considerado desde el punto de vista ecológico, es un ecosistema que sacrifica biodiversidad a cambio de productividad. Ambos conceptos son opuestos: cuanto más biodiverso es un sistema menos productivo es y viceversa. De hecho el agricultor cuando elimina las malas hierbas, combate a los insectos y coloca espantapájaros trata de mantener baja la biodiversidad en su cultivo, ¿sorprendente?
Aunque la actividad agrícola es contraria a la biodiversidad, suficiente para ganarse toda la antipatía popular en esta nueva era, los factores culturales que nos unen a ella, a la agricultura, son mucho más poderosos que cualquiera de las disquisiciones puramente conservacionistas.
En este contexto teórico en el que hemos presentado la conservación del medio ambiente y la agricultura como actividades antagónicas, surgirán conflictos que tengan una única solución técnica ni política. Por ejemplo, cómo gestionar el agua de un embalse para compatibilizar su uso agrícola y el caudal ecológico del cauce, o cómo regular el pastoreo extensivo tradicional en territorio declarado como reserva natural. No son cuestiones complejas pero requieren consenso entre las partes. Las partes que somos los ciudadanos: todos queremos un sistema productivo próspero que mantenga nuestro estado del bienestar y todos queremos también un patrimonio natural del que disfrutar y legar a las generaciones futuras.
La creación en Canarias de esa macroconsejería que unifica Agricultura y Medio Ambiente mete a los interlocutores en el mismo saco. Existe el riesgo de que este debate de consenso para los pequeños y grandes problemas reales que supone compatibilizar el medio ambiente y la actividad primaria tenga lugar dentro de esta única administración, en los despachos, en los pasillos, entre funcionarios, y no en donde sería deseable en un estado de derecho. Meter en la misma caja a quienes defienden intereses tan opuestos además puede paralizar la acción eficaz en ambos campos.
Reiteramos la pregunta que hacíamos entonces, ¿será posible que el medio ambiente y la agricultura hayan adquirido una misma condición de bien patrimonial, etnográfico, cultural y tradicional a preservar como un parque temático?

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