miércoles, 28 de abril de 2010

De cartuchos y del paro

(Publicado en Diario de Avisos el 28/04/2010)

Juan Nadie está en el paro. La empresa para la que trabajaba cerró. Juan Nadie es cerrajero soldador, profesional cualificado de primera. El empresario que vio venir la ola, sacó los ahorros, pagó, puso a todos en la calle y se quedó con el taller, las máquinas y las deudas.
Juan Nadie cobra la prestación por desempleo, no es mucho, pero escapa: la furgoneta la tenía pagada, la cuota de hipoteca ahora es razonable y la compra ha bajado.
Juan Nadie está que se sube por las paredes. No es lo mismo ir a pescar los fines de semana que todos los días, no es lo mismo, ya cansa. Va a buscar a la niña al colegio, la casa la tiene perfecta y a veces discute con su mujer un poco más de la cuenta. Los nervios.
Un día Juan Nadie recibe una llamada. El cuñado del amigo de su primo Antonio administra una comunidad de vecinos y le cuenta que van a cambiar todas las barandillas, por motivos de seguridad: el día menos pensado ocurre algo. Juan Nadie le dice que ya no está en la empresa, que ésta cerró y que no sabe a quién recomendarle, no vaya a ser que no le cumpla.

-Pero házmelo tú, te pagamos con un cartucho, te ganas unas perritas y a nosotros nos sale más barato...

Juan Nadie y la tentación a entrar en la economía sumergida. Se lo piensa. Ese dinerillo le viene muy bien; y trabajar, y salir de casa, todavía mejor. Echa de menos el jaleo de la cerrajería, las instrucciones del jefe, las exigencias de los clientes, el olor de los electrodos.

-Que sí, que no seas bobo -le dice su mejor amigo, albañil, también en paro-, que yo te ayudo con los remates, eso entre los dos lo terminamos en un unos cuantos meses.

Juan Nadie es un hombre de bien. Su padre era medianero. Le costó mucho sudor y una hernia que él pudiera estudiar. Su padre se mató en vida para pagar los libros, la guagua hasta Santa Cruz y algo de ropa decente. A Juan Nadie no le han regalado nada: temprano a echar de comer a los animales, luego al instituto, después a las prácticas y los fines de semana a ayudar en la huerta. Juan Nadie aprendió a ser persona, aprendió valores, a trabajar y a creer en el sistema. Él tiene una casa propia y un coche y pasa todos los años dos semanas en Bajamar. Su hija va a un colegio estupendo y estudiará lo que ella quiera, no le falta de nada. Juan Nadie es un hombre feliz.
Juan Nadie al día siguiente va dar con su antiguo jefe. Está avejentado. Se alegran de verse. Mantienen esa amistad que se fragua por efecto del logro, de haber conseguido hacer muchas cosas juntos. Se respetan. Juan Nadie le cuenta que tiene un cliente, que hay que hacer un trabajo, que le han propuesto cometer un fraude, que anoche no pegó ojo, que tiene muchas ganas de volver a la actividad, que podría ser una buena oportunidad, que su amigo lo ayudaría, que él no sabe cuánto se debe cobrar por eso, que le tienta pero que tiene miedo de tener un accidente, que no le parece bien cobrar el paro y trabajar a la vez, que todo esto a él no le parece honrado.
Juan Nadie es un hombre honrado. Su antiguo jefe le pregunta detalles. Luego van a ver el edificio, discuten el mejor diseño y por dónde empezar, después hablan con el almacén de hierro, que era proveedor habitual, con el que alquila los andamios y con la ferretería para la pintura. Por último sacan los números.
Juan Nadie habló con su primo, éste con su amigo y éste otro con su cuñado. Le comentó el presupuesto y se comprometió a un plazo. Al administrador de la comunidad le pareció perfecto, pensaba que le iba a salir más caro. Llegado al acuerdo, Juan Nadie le dijo:

-Como ninguno queremos engañar ni asumir riesgos innecesarios, por ese precio y en ese plazo el trabajo te lo va a facturar mi antigua empresa, todo legal y con todas las garantías.

Al día siguiente el paro bajó en tres personas.

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