viernes, 6 de noviembre de 2009

Proyecto país

(Publicado en Diario de Avisos el 6 de noviembre de 2009)

Me animo a escribir sobre la independencia de Canarias para que Diario de Avisos –cabecera que acepta publicar mis colaboraciones- no quede rezagado en este asunto de candente actualidad. Quizás deba empezar por matizar eso de la independencia, usada mil veces como eslabón final del autogobierno con sus himnos y banderas. Yo me refiero a la otra, más práctica y menos polémica, me refiero a la independencia para actuar en cuanto a que los canarios somos un pueblo con identidad que goza de la libertad suficiente para articular nuestro propio futuro. Ningún interés en la parafernalia.
Obligada esta aclaración previa, sostengo que la independencia de Canarias –esa que no tiene bucio ni estrellas verdes- fue promulgada ya hace décadas y que la hemos venido disfrutando sin darnos mucha cuenta. Aunque esto de la libertad funciona como el amor que hay que azuzarlo a cada rato para que el deseo no se transforme en otra cosa: el amor en hábito o la libertad en llevadera servidumbre. Pero vaya, así vivimos en estas tierras atlánticas tan prolijas en tortuosas pasiones y hondos desengaños propios de nuestra condición de náufragos.
Fruto de mi deseo de reivindicarnos, podríamos afirmar que la declaración de independencia de Canarias fue escrita y defendida por Bravo Murillo en 1852, a la sazón ministro de la reina Isabel II (de España) en la exposición de razones que precede al Real Decreto de Declaración de Puertos Francos de Canarias. Describe la ultraperificidad con precisión y realismo, la humildad de lo isleño y constata una realidad de pobreza ya entonces inexplicable dada nuestra condición de nexo entre tres mundos: “de los buques que cruzan por aquellas aguas, apenas hay quien deje allí resultados mercantiles de su tránsito: los más saludan de lejos al pico Teide, como si Dios hubiera levantado aquella maravilla para la estéril admiración de los hombres”.
Describe también la situación desesperada que se vivía en las islas como a ninguno de nosotros –canarios de ahora o canarios de entonces- el orgullo patrio nos hubiera permitido: “entre tanto el país va precipitándose en una decadencia visible, los cultivos se abandonan, la especulación desaparece, la miseria cunde, el azote del cólera morbo vino el año pasado a agravar los males y va tomando ya alarmantes proporciones la emigración, que es síntoma de la próxima muerte de los pueblos.” Salvo el cólera, felizmente superado, todo lo demás suena muy contemporáneo.
A la propuesta y a su justificación no le falta nada: “Declárense puerto franco las Islas Canarias y todos estos inconvenientes desaparecerán. Sueltas las trabas que embarazan ahora la acción mercantil, se formará allí naturalmente un centro de contratación; acudirán los capitales, se crearán establecimientos, se fomentará el trabajo y aquellas islas ahora olvidadas serán el enlace y el punto de comunicación de apartados continentes.”
Bravo Murillo no fue un gurú de la economía ni tenía una bola de cristal, tampoco se contuvo la emigración ni acabó con las epidemias. Aunque sí mejoró ostensiblemente el bienestar de la población respecto a los países de nuestro entorno, baste mirar hoy a nuestra África cercana, y también respecto a la España peninsular que tardó mucho más en incorporarse al progreso. Aquí se instaló la primera refinería de petróleo del Estado, inaugurada en 1927 y que fue la única hasta 1969, ahí es nada; también las grandes multinacionales del tabaco… en fin, y todos recordamos la pujanza de nuestro comercio minorista.
Canarias independiente, vaya idea, con nuestra hora menos y detrás del murito ficticio en el que nos representan en los mapas del tiempo, con nuestro régimen de puertos francos y dedicados al comercio, atrayendo a la industria y finalmente desarrollando uno de los destinos turísticos más potentes del mundo, más de diez millones de turistas anuales nos respaldan. Esto último no lo tuvo en cuenta Bravo Murillo en su decreto… ni que serían aviones los que vieran aparecer al padre Teide en el horizonte.
Tampoco se pensó en ello pausadamente, en mi opinión, cuando se propuso en 1972 la abolición de los puertos francos y la negociación del régimen económico y fiscal para Canarias, el REF, que sigue vigente. Imagino que sería posible descifrar la trama de intereses y favores que dio lugar a la promulgación por parte del Generalísimo de esta ley que tanta influencia ha tenido y tiene en la vida cotidiana de las islas. Imagino que podríamos encontrar también quien defienda la necesidad de entonces y de ahora de ese cambio de modelo. Pero no es mi intención polemizar y nada aporta al futuro de Canarias el escarnio de los responsables (o culpables).
Ni el legislador en 1852 ni el dictador en 1972 pudieron imaginar que la combinación de los dos elementos –turismo y libre comercio- pudiera darse simultáneamente en estas peñas oceánicas. Ni el primero superado por la evolución de la tecnología del transporte y con un turismo que en esa época era anécdota, ni el segundo que vio, o le hicieron ver, la puerta fácil para conseguir un estatus subvencionado ante la inminente entrada de España en el Mercado Común Europeo que se estaba fraguando en ese momento. Son filosofías contrapuestas: Bravo Murillo hablaba de conceder una herramienta (legal) y el REF de conseguir ayuda para compensar nuestra idiosincrasia ultraperiférica. Puede que sea simplista pero a veces conviene dejar en las espinas los temas complejos para contemplar el esqueleto que los sustenta.
A los canarios que aspiramos a ser hombres libres nos atrae mucho más que nos dejen hacer; perseverar en nuestra independencia, en nuestra capacidad de acción. Lo de ahora, este REF, nos obliga a luchar para que un tercero tenga a bien cumplir lo pactado, el gobierno de España o la UE, además con qué escaso éxito… que de nada vale que se fije la inversión para Canarias en la media del Estado si éste no la cumple. Surge entonces una gran paradoja: nuestros representantes públicos se lanzan a luchar por obtener lo que en justicia nos pertenece -REF dixit- y dejan de trabajar por el próspero futuro para nuestras islas, ¡cuánto esfuerzo malogrado en reclamar la limosna cuando podríamos estar concentrados en el proyecto! Tomo con permiso una expresión que no es mía pero que describe el sentido de esta argumentación: Canarias necesita un proyecto país… y entonces, volcados en salir adelante con nuestro propio esfuerzo, volvemos irremediablemente a los postulados de Bravo Murillo que nos anima a luchar por nuestra libertad, a disponer de la herramienta y no de la subvención. Sí, sí que hablo de volver a retomar la idea de los puertos francos, dar el adiós definitivo a los fielatos (nótese que los fielatos desaparecieron de nuestros caminos y aquí no ha pasado nada) y buscar la fórmula de sustituir esa recaudación de impuestos indirectos por la tributación sobre beneficios. Y entiendo que no debemos entrar ahora en los detalles para no perder el enfoque en la argumentación de fondo, hablamos de ese proyecto país, de moldear una visión a largo plazo. En definitiva, propongo aprovechar la combinación explosiva turismo-comercio recuperando las condiciones de puerto franco, toda una garantía de éxito.
Llegados a este punto habrá quien me tache de loco, irresponsable e idealista… y a lo mejor se destapan ellos solos, los que vieron la oportunidad y se aprovecharon y aprovechan de esta ley franquista que nos ha llevado al 26% de paro -un 9% más que en el resto de España- y lo que es aun peor, nos ha conducido a la inacción por efecto de la sopa boba: nos hemos convertido en un pueblo subsidiado que espera pasivamente a que venga alguien a ayudarnos, postura que no ayuda a generar empleo ni a dar estabilidad a la economía y a la sociedad de nuestras islas.

Hoy en día, un estadista de la talla de Bravo Murillo con visión y los pies en el suelo volvería a defender con los mismos argumentos y contundencia dar a Canarias su independencia dentro de España y dentro de Europa.


2 comentarios:

Angel Cabrera dijo...

Estimado Pablo,

Si bien suscribiría tu escrito, lo cierto es que a lo que más temo es a mi propia gente. Entre las muchas razones para afirmar esto, por ejemplo, cómo el enchufismo ha pasado a formar parte de nuestra vida.

Últimamente dudo mucho de nuestra capacidad como colectivo y como pueblo. No como individuos. Hay muchísima gente muy válida y muy preparada y en nada tenemos nada que envidiar a lo externo, pero... aquí, si no es para Carnavales, defender al Tete o al CD LPs... no se interesa ni se espabila ni el gato.

En fin... quizás deberíamos de aceptar que es lo que somos. Unos conformistas (mayoritariamente, no hablo de manera individual).

RafaMesa dijo...

Angel, te animaría a que esta respuesta la trasaladaras a la RCC.
Me apena escuchar de alguien que se le supone inteligente haga una declaración de rendición, que quienes quieren ver a este país canario sumido en la dependencia, el atraso y la subvención ha conseguido que se interiorice.
Canarias y los canarios somos una de los paises con más posibilidades de desarrollo, riqueza, e importancia en este continente africano y en el mundo. Te lo digo con el conocimiento de quien viaja al exterior a impartir conferencias y cursos. Pero es importante que nos lo creamos y arranquemos de nuestra mente el estudiado proceso de acomplejamiento que han ejercido sobre nosotros como un arma sutil de dominación, por parte de intereses internos y externos.