sábado, 17 de enero de 2009

Del interés particular al interés general

Howard Davies es el director de la London School of Economics y aficionado a la bicicleta; es entrevistado hoy en EL MUNDO, la claridad de sus ideas abruma. Hace una reflexión de largo alcance:
"Los gobiernos no deberían gastar tiempo y dinero pensando en qué sectores serán los que nazcan de la crisis sino asegurar buenos servicios públicos, impuestos bajos, inflación baja y educación. El dinamismo natural de la sociedad siempre tiene la última palabra."
En Canarias se gasta mucho tiempo de los gobernantes y dinero del contribuyente en dirigir el normal desarrollo de la economía. Protegemos con uñas y dientes actividades que fueron muy rentables en el pasado en defensa de intereses de todos sabemos quién, la tradición lo justifica todo. Desde el sector público se compite en el mercado libre produciendo, comercializando, prestando servicios, creando canales de comercialización.
Los servicios públicos adolecen de ineficiencia en los que prima el gasto frente al resultado obtenido, la fuerza sindical frente a la racionalidad; finalmente el ciudadano traga y paga lo que le echan.
A falta de ingresos para mantener la mastodóntica estructura funcionarial, se habla de incrementar los impuestos sin mencionar nada respecto a la eficacia recaudatoria o la lucha contra el fraude. Es paradójico la forma en que se grava la entrada de mercancías, por ejemplo, tributos más propios de otros tiempos, ahora que sabemos que el tráfico de mercancías no aporta riqueza por sí mismo.
Y la educación, todo esfuerzo parece escaso.
La conclusión espanta. La sociedad canaria no disfruta del natural dinamismo que menciona Davies, aquí las palabras se escriben en los círculos concéntricos del interés particular. Necesitamos actuar para el interés general, enfocar el cambio y poner en marcha la revolución.
Una última reflexión de una observación reciente en el trayecto entre El Médano y San Miguel (en Tenerife Sur): primero la playa, después los invernaderos de tomates y finalmente los campos de golf; una imagen más que mil palabras. No sé por qué futuro luchamos. Yo lo vi muy claro.

1 comentario:

CHS dijo...

Leí el artículo de tu blog. Estoy en la misma sintonía, pero como tú mismo apuntas en muchas ocasiones: "Se debe de ir a la raíz del problema".

Primero: Educar a la población o concienciar de la situación en donde estamos y cuál es nuestro mejor destino conjunto es vital. El problema de concienciar, es decir, activar en la conciencia de otros un pensamiento individual o colectivo sin que haya coacción, ni soberbia, ni intereses en el propio acto de concienciar es un arte que está dentro del hombre como ser político, pero va más allá de la política. El arte de comunicar para que las personas lleguen por si mismas a tus conclusiones y acaben siendo ideas de todos o de un conjunto importante de la población. Despejar del camino la ignorancia es un trabajo duro y con muchos lugares obscuros...
Como decía Chaun-tse: "En la vida hay muchas diferencias; en la muerte todo es lo mismo" O esta que es de mi cosecha. "La verdadera política no conquista ni lucha contra nada, porque no hay nada contra lo que luchar. Solo hay puentes que construir y voluntades que unificar"

Segundo: Una vez haya una masa crítica de personas que tomen conciencia todo es mucho más fácil, pues los movimientos revolucionarios acaban transmitiendose por una especie de ósmosis colectiva. Una vez esto ocurra las fuerzas que juegan en contra del logro común e individual (tenemos la idea equivocada de que el logro común no puede compaginarse con el individual... Hitler lo logró con fines egoistas, pero lo logró)

Cuando sucede está especie de catarsis colectiva. Ya ninguna fuerza opuesta puede parar a estas fuerzas activas. La gente dirá: ¿Qué hacemos con todas estas fincas de tomates y plátanos que no dan trabajo? ¿Por qué no gestionamos mucho más austeramente los organismos públicos y colocamos el excedente humano en áreas que sean productivas para nuestra economía?
Los políticos se han convertido en artistas de la división de las personas introduciendo en su agenda temas insustanciales en su mayoría. Nos entretienen con el valor de la cola del perenquén canario, mientras en las bambalinas de los rojos pasillos parlamentarios confabulan sin importar el color político, ni la bandera, ni la ideología. Andan preocupados en el beneficio de ellos y en el perjuicio de nosotros. Es el rostro de la vergüenza. La culpa es nuestra que se lo permitimos, pues abunda en esta sociedad el humanoide conformista, que vaga por las cornisas de la telebasura, el consumismo absurdo, el miedo a la pérdida de un status ficticio, sin dignidad, con poca estima de sí mismos, y que quiere, en muchos casos, vivir de las migajas que nos dan nuestros gobernantes, como si les hicieran el mayor favor del mundo. ¡Oiga señores, que los recursos que gestionan no son limosnas, ni limones, son recursos que salen de muchos que a esto de la vida le ponen cojones...!