viernes, 29 de diciembre de 2006

La culpa fue del rey guanche

(Publicado en periódico El Día el 29 de diciembre de 2006)

Resulta innegable la necesidad de acometer las importantes infraestructuras que nos permitan ganar algo de calidad de vida a los ciudadanos de Tenerife, sobre todo cuando pensamos en ella sentados en el atasco diario de la TF-5 o en la ducha a la que entramos cada vez más temprano para intentar llegar puntuales al trabajo. Resulta innegable que así no se puede vivir, que así se complican nuestros quehaceres cotidianos, la actividad de las empresas e incluso el disfrute de nuestros momentos de ocio. Tenerife vive en un enorme atasco y, como consecuencia de ello, en un colectivo estado de estrés.

En paralelo, en Tenerife se hace grandes esfuerzos por diversificar la economía, por avanzar en las nuevas tecnologías, por aprovechar nuestra excelente situación geográfica para el comercio, en definitiva, se trabaja activamente en intentar depender menos del turismo y de la construcción, sectores que acaparan nuestro PIB. Empresa difícil en cualquier caso.

Somos potencia mundial en la industria del turismo y nos cuesta creerlo. Un invento de hace apenas cuarenta años que proporciona pingües beneficios y con el que hemos alcanzado un envidiable bienestar social. Llegará el momento en que aceptemos esa realidad. De ser emigrantes a recibir inmigrantes, del correíllo al fast-ferry, del paro obrero a necesitar mano de obra de fuera. Esto ha cambiado, el turismo nos ha cambiado la vida. El modelo económico y social en el que andamos metidos funciona, lo cuestionamos, pero funciona, nos guste o no, funciona, ahí está.

Por este modelo hemos pagado un precio muy alto: precio pagado con muchas fanegas de territorio. Vemos la enorme cantidad de suelo destinado a hacer funcionar el modelo y sentimos culpa. Carreteras, hoteles, viviendas, centros comerciales o campos de golf, el sistema devora territorio y altera el paisaje. Y en vez de valorar mucho aquello que nos está costando tan caro -nuestro alcanzado Estado del bienestar- lo criticamos porque sentimos culpa o porque nos hacen sentir culpables. Propongo soltar lastre emocional y dotarnos de herramientas que nos permitan actuar en conciencia, sin perder el norte de nuestra misión a largo plazo de preservar nuestra calidad de vida.

El primer consumo masivo de territorio y sus valores naturales data en Tenerife de la época prehispánica en la que se deforestaron enormes superficies para dedicarlas al pastoreo. Aquella forma de organización social arrasó cientos de hectáreas de magnífica laurisilva en La Laguna y Los Rodeos para dar de comer a las cabras. Impensable tal destrucción hoy en día.

La llegada de nuestros antepasados españoles en el siglo XVI produjo una segunda inmensa devastación del territorio. Se eliminó la vegetación natural, se roturó los campos y se construyeron miles de kilómetros de muros para conseguir terreno de cultivo. En Tenerife, formaciones vegetales enteras, como los bosques de palmeras y dragos, desaparecieron prácticamente en toda la isla y millones de árboles sirvieron de combustible para procurar calidad de vida. Los campos de cultivo que hoy tanto valoramos fueron hace escasamente unos cientos de años espectaculares formaciones vegetales sobre caprichosas esculturas geológicas fruto del volcán y el paso del tiempo.

La máxima expansión de la devastación de nuestro territorio coincidió con el principio del uso generalizado de la bombona de butano y la introducción de la leche en polvo, ya avanzado el siglo XX. Ahora las cosas son distintas. Más del 50% de la superficie de la isla está protegida y la naturaleza y el hombre han conseguido recuperar territorio, es decir, volver a ser soporte de los elementos naturales que lo caracterizaron primitivamente: tenemos más masa forestal en 2006 que hace trescientos años. Terrenos de pastoreo han sido reforestados y campos de cultivo no rentables y abandonados han sido reconquistados por la vegetación natural. En definitiva, estas observaciones nos demuestran que la alteración del territorio es reversible.

En un momento de nuestra historia para procurar bienestar a la población se necesitó de pastos y a ello se destinó territorio. Cuando con ese uso no se consigue el objetivo, es posible plantear la vuelta a la situación inicial. Esta conclusión es muy poderosa. Imaginemos un desarrollo legislativo que tenga en cuenta las tres sencillas reglas siguientes:

1ª. Toda alteración del territorio se justifica únicamente si trae consecuencias positivas para el bienestar general de la población a largo plazo.

2ª. Preservar el territorio y sus valores naturales es la única posibilidad mientras no se verifiquen las consecuencias positivas a que se refiere la 1ª regla.

3ª. Cualquier alteración del territorio o de sus valores naturales es considerada siempre reversible y será corregida cuando cambien las condiciones que la justificaban.

Resolvemos una cuestión muy importante, que es nuestra íntima relación con el modelo económico, con esa sensación de culpa que nos aturde y nos hace oponernos a la consecución de nuestra misión colectiva de procurarnos bienestar. Si las alteraciones del territorio son reversibles -que lo son- nuestros hijos seguirán heredando el mismo terruño que heredamos nosotros y dependerá sólo de ellos el como quieren disfrutarlo.

La aplicación de la 3ª regla, conseguir la reversibilidad de la alteración, debe ser implacable y su coste asumido por aquellos que no cumplieron con las dos anteriores. La responsabilidad individual para el beneficio colectivo.

¿Qué hacer con Cho Vito? No sólo multar a los ocupantes de esas casetas por los muchos años de contaminar el agua del mar. No se cumple la 1ª regla ya que esa alteración del territorio antepone los intereses particulares a los generales. Por ello debería haberse preservado como estaba, atendiendo a la 2ª regla. En conclusión, según la 3ª regla, deben ser demolidas las construcciones y restaurada la costa.

¿Qué hacer con el cierre del anillo insular? ¿Está justificado que tal ocupación del territorio nos va a aportar como colectivo más calidad de vida? En la situación actual, sí, aunque sólo sea para que algunos cientos de miles de personas no pierdan los nervios en la carretera. Eso forma parte del bienestar. No sabemos lo que nos va a deparar el futuro, pero ¿qué pensaría el mencey guanche si alguien le contara que ya no tiene que conducir las cabras a la sombra del padre Teide?

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