miércoles, 3 de septiembre de 2008

Lo anecdótico de lo rural

(Publicado en Diario de Avisos, 3 de septiembre de 2008)

En www.mma.es:
1. El Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino es el departamento encargado de la propuesta y ejecución de la política del Gobierno en materia de lucha contra el cambio climático, protección del patrimonio natural, de la biodiversidad y del mar, agua, desarrollo rural, recursos agrícolas, ganaderos y pesqueros, y alimentación.
A estos efectos, asumirá las competencias atribuidas a los Ministerios de Agricultura, Pesca y Alimentación y de Medio Ambiente, así como las que hasta ahora desarrolla el Ministerio de Fomento en materia de protección en el mar.



La decisión de fusionar los Ministerios de Medio Ambiente y de Agricultura en uno solo, el MMAMRM, sorpresiva, fulminante y a traición, abre muchos interrogantes. No hay intención a priori de hacer crítica destructiva, ni de calificar la medida de conspiratoria, ni tampoco de asumir como cierta o posible una justificación que aun no hemos escuchado. Claro está, que aparentemente, y en nuestra opinión, ni desde una visión estrictamente técnica y ni desde un análisis racional, la existencia del mastodonte administrativo tiene algún sentido práctico ni político. Aparentemente, e insisto, en nuestra humilde opinión, presenta enormes problemas conceptuales a la vez que sepulta el necesario debate de la gestión de los recursos naturales bajo las sábanas ministeriales, empapadas de sus propias reglas, usos y costumbres.
Protección y explotación son términos antagónicos, aunque se puede explotar con cuidado y de eso se trata. Efectivamente, la proliferación de ministerios de medio ambiente en los países avanzados comienza en los ochenta, cuando se pone de manifiesto –con toda la lógica del mundo- que la administración debe tener un instrumento político que garantice la protección de los valores naturales. Sus funciones fueron –y deben seguir siendo- las de legislar, vigilar, y en su caso sancionar o promover acciones correctoras, para que las actividades humanas se rijan por criterios de respeto al medio ambiente, factores que hasta ese momento no habían tenido el calado suficiente. Cuestiones éstas, las que se refieren a la sensibilidad medioambiental, en las que tiene mucho que ver el nivel de bienestar social alcanzado y la bonanza económica. La gestión de los parques nacionales, de las zonas forestales y de la vida silvestre es tarea indiscutible de un organismo público adalid en la conservación del patrimonio natural, guardián incorruptible, juez implacable. El desarrollo en su expresión más amplia, como principal consumidor de recursos naturales, debe ser controlado eficazmente hasta que alcance su punto de equilibrio. Con éxito, que podrá ser discutible en su caso, el antiguo Ministerio de Medio Ambiente atesoraba todas estas competencias, a las que puede parecer coherente sumarles el mar y la costa como partes indivisibles de esta porción del territorio que como Estado nos corresponde por la Historia proteger y gestionar.
En la jerga popular y en los medios de comunicación masivos se han colado vocablos como ecología, medio ambiente, sostenibilidad, impacto ambiental o biodiversidad que se utilizan frecuentemente al peso. También surge el llamado ‘conflicto ambiental’ que viene a definir esa sensación personal e individual de que la alteración de la naturaleza o el cambio climático son culpa de nuestro comportamiento cotidiano, es decir, que cada vez que compramos zumo en tetrabrik o tiramos de la cisterna aparece un activista de Greenpeace culpabilizándonos de la atrocidad. En cualquier caso, esa sensación de desazón no es intrínsecamente mala e identifica que ya nos hemos olvidado de cómo era nuestra vida sin la presencia de esos elementos que nos hacen la existencia más cómoda y sanitariamente más segura. No deja de ser digna de mención la excelente labor divulgativa desplegada en tan corto periodo: en España cualquier mortal considera deseable –y exigible- disponer de ecosistemas sostenibles y con alta biodiversidad.
Por otro lado, la agricultura. La maltrecha, incomprendida y subvencionada agricultura... que nos da de comer, ahí es nada. Actividad primaria, compendio de la producción agrícola y ganadera, de los cultivos y de la cría de animales. Actividad económica básica desde hace miles de años, cuando los grupos de personas errantes deciden anclarse al terreno, cultivar la tierra, domesticar las bestias e instaurar el sistema social precursor del que hoy conocemos. Actividad económica básica desde hace miles de años hasta ahora, poco ha cambiado. Las economías potentes actuales se sustentan, salvo raras excepciones coyunturales, en una agricultura potente, competitiva, excedentaria, exportadora y generadora de riqueza. Una cesta de la compra estable y variada ofrece seguridad al sistema económico y permite la diversificación sin riesgos.
La agricultura, en su evolución tecnológica, libera recursos que el sistema económico utiliza en otros sectores. Libera trabajadores a medida que se implanta la mecanización, libera territorio a medida que se intensifica la producción y se mejora los rendimientos, libera agua mediante la utilización de técnicas de riego eficiente: en definitiva, excedentes en trabajadores, territorio y agua que permiten la expansión industrial y urbana y, con ella, la del sector servicios. Esta tremenda simplificación sólo pretende poner de manifiesto que la agricultura no es algo complementario ni algo de lo que podamos prescindir, no es lujo caprichoso ni debe ser considerada una pintoresca actividad del pasado ya superada. Regiones, provincias o comarcas españolas consideradas ricas lo son por su tradicional pujanza en la agricultura, ejemplos todos.
En su pugna por los recursos naturales la actividad agraria compite con la conservación de la naturaleza que también los demanda, agua y territorio básicamente. De hecho la evolución clásica de pérdida de suelo natural pasa por una transformación (roturación) inicial para el cultivo, ocurrida en nuestro viejo mundo quizás hace quinientos, mil o dos mil años, para pasar después a ser utilizado para la construcción de infraestructuras o para su urbanización. De hecho, un terreno agrícola, considerado desde el punto de vista ecológico, es un ecosistema que sacrifica biodiversidad a cambio de productividad. Ambos conceptos son opuestos: cuanto más biodiverso es un sistema menos productivo es y viceversa. De hecho el agricultor eliminando las malas hierbas, combatiendo a los insectos y colocando espantapájaros trata de mantener baja la biodiversidad en su cultivo, ¿sorprendente?
Aunque la actividad agrícola es ciertamente contraria a la biodiversidad y por tanto, según hemos expuesto, no debería acumular simpatía popular en esta nueva era, los factores culturales que nos unen a ella, a la agricultura, son mucho más poderosos que cualquiera de las disquisiciones puramente conservacionistas.
En este contexto teórico en el que hemos presentado la conservación del medio ambiente y la agricultura como actividades antagónicas, surgirán conflictos que requieren un tratamiento exquisito y no tienen una única solución técnica ni política. Por ejemplo, cómo gestionar el agua de un embalse para compatibilizar su uso agrícola y el caudal ecológico del cauce, o cómo regular el pastoreo extensivo tradicional en territorio declarado como reserva natural. No son cuestiones complejas pero requieren consenso entre las partes afectadas, que en ambos casos somos todos: todos queremos un sistema productivo próspero que mantenga nuestro estado del bienestar y todos queremos también un patrimonio natural del que disfrutar y legar a las generaciones futuras.
La creación del MMAMRM mete a los interlocutores en la misma caja. Existe el riesgo de que este debate de consenso para los pequeños –y grandes- problemas reales que supone compatibilizar el medio ambiente y la actividad primaria pudiera tener lugar exclusivamente dentro de este único ministerio, en los despachos, en los pasillos, entre funcionarios, y no en donde sería deseable en un estado de derecho, en el Consejo de Ministros con repercusión social y sujeto a control parlamentario. Meter en la misma caja a quienes defienden intereses antagónicos además puede paralizar la acción eficaz en ambos campos.
Con la seguridad de que la motivación que dio lugar a esta polémica decisión es otra, nos aventuramos, sin embargo, a exponer una conjetura que obedece a una cierta preocupación. ¿Será posible que, según la política del nuevo Gobierno, el medio ambiente, la agricultura, el medio rural y el medio marino hayan adquirido una misma condición de bien patrimonial, etnográfico, cultural y tradicional a preservar como un gran parque temático?