jueves, 10 de abril de 2008

Pados

Nuestra unidad familiar no podría ser calificada de especial, aunque ciertamente es distinta a la estructura tradicional de mamá, papá y los niños. Es producto de la separación de mi mujer ocurrida hace cinco años. Es una familia con dos casas, dos estilos, dos grupos no relacionados de parientes cercanos, que gestiona satisfactoriamente la custodia compartida de dos niños pequeños.
En los primeros años hubo algo de desorganización que poco a poco se fue corrigiendo. Los niños viven con cada uno de los progenitores en semanas alternas, los periodos de vacaciones están repartidos equitativamente, la ropa está duplicada y se ejerce un control sobre su educación no exento de un importante esfuerzo de coordinación.
Para nuestro niño pequeño que tiene siete años –me conoció antes de cumplir los tres- yo siempre he estado presente en su vida. La niña, ahora con nueve, sí guarda algún vago recuerdo de su situación familiar anterior, pero realmente ha crecido conmigo. Mantenemos una relación excelente de segundo padre, conmigo aprendieron a montar en bici, a bucear, ... y ejerzo también autoridad sobre ellos. En los primeros años recuerdo que hubo algo de confusión (un día del padre en el que hicieron regalos para ambos), aunque ya está superado, papá es papá y yo soy yo.
Y aquí está el problema. A mí en casa me llaman por mi nombre de pila y en nuestro entorno familiar también, pero hemos detectado la dificultad de nombrarme con los compañeros del colegio o con otros niños de su otro entorno. A veces mienten por no tener que dar más explicaciones.
Eso de decir ‘mi padrastro’ no encaja con la idea perversa que el vocablo transmite, culpa quizás de los cuentos infantiles. Tampoco utilizan ‘el marido de mi madre’ porque claro, yo ya soy algo más, soy también algo a ellos, si me acabaran de conocer sería correcto, pero no es el caso. Optar por llamarme ‘papá’ como a veces se fuerza a otros niños en esta situación, tampoco es adecuado pues entendemos importante, o más bien imprescindible, que la figura de su padre exista independiente y con todo su significado, papá es papá y yo soy yo, insisto. Entonces, ¿qué alternativa nos queda? Ninguna. Que hayamos podido detectar no hay otra palabra en el español para esta nueva figura familiar.
Nuestra propuesta para resolver este conflicto es crear dos nuevas palabras para nombrar a las madres y a los padres consortes que mantienen un vínculo afectivo con los hijos de su pareja: la mados y el pados.
- Hoy viene mi pados a buscarme al cole –diría el niño con total tranquilidad-.
Para esta camada quizás ya sea un poco tarde, o quizás no, si nos esmeramos en darle difusión.

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